¿Y si de una vez por todas somos quienes deseamos ser? ¿Y si de una vez por todas luchamos por sacar algo de lo que llevamos dentro? No te escribo para lavarte el cerebro con discursos vacíos, con palabras desconectadas de la realidad, con letras muertas. Tampoco pretendo convencerte de nada, me conformo con que leas esto, con que quede flotando en tu cabeza algo de lo que siento como verdadero en este momento. Quizás te parezca estúpido el hecho de perder tiempo en esta tarea un tanto pura, utópica dirías. Más si es lo que sale naturalmente de adentro mío, ¿por qué reprimirlo? ¿Por qué negar eso que contienen mis tripas? ¿Por miedo? ¿A la incomprensión, a las reglas establecidas, a qué?
Me voy para nunca volver. Aún no tengo decidido el destino. Lo más lejos posible de todo. De todos. No creas que es resentimiento lo que me mueve a tomar esta decisión. No le llamaría así. Más bien impotencia, inconformismo, búsqueda. Acaso sea una actitud evasiva, porque escapar no significa resolver, porque huir no es enfrentar. Es probable. También hay otra posibilidad: que este sea mi camino, el que yo elijo, no el que me imponen (voy a ser claro en esta ocasión: estoy agobiado por las imposiciones del resto, me asfixian, me sacan el aire, me acorralan, no me dejan ser).
Me pregunto que intento conseguir con estas líneas y dudo. Tal vez no persiga otro fin que el de reafirmar mis convicciones. Cierto es que en un mundo así hablar de convicciones es hablar de algo difuso, extraño, insignificante.
¿Servirá de algo mi viaje? ¿Qué me propongo encontrar durante esta marcha? Por lo pronto, espero conectar con lo más íntimo de mi ser, indagarme, ponerme a prueba, proyectarme hacia el futuro. Porque si todos somos proyectos, todos estamos en condiciones de transformarnos, de acertar, de equivocarnos, de tachar y arrancar de nuevo.
No estoy seguro de llegar a dar con aquello que tengo como meta, mas la sola oportunidad de atravesar ese proceso justifica mi decisión. Puede resultar raro que hable de procesos cuando todo en este mundo está regido por resultados.
Si lograras entenderme quizás este viaje no me encontrase solo. Si te esforzaras por captar mi mensaje, quizás algo nuevo comenzaría a gestarse alrededor nuestro. No puedo ofrecerte la fórmula del éxito; no puedo prometerte el manual para ser feliz. No solo porque no los tengo; también (pequeño detalle) porque odio la palabra éxito, todo lo que lo rodea, esa cáscara sin contenido. En cuanto a la felicidad, cada cual tiene la libertad de elegir el boleto para arrimarse a ella. Sería más fácil decir que yo tengo la llave; sería falso; aunque si puedo poner esto sobre la mesa: respondo con todas mis armas a lo que soy, a lo que intento ser.
Evalúo la forma de ser otro sin negar a aquel que fui, que está siendo. Trato de construir ese hombre futuro aprendiendo de ese otro que estuvo en mí, que está aún, que me ha dado satisfacciones, momentos inolvidables, también dolores de cabeza, situaciones incómodas.
Estoy harto de este estilo de vida, de esta sociedad, de las presiones, de los mandatos familiares, de vivir como dicen, como se debe. Me produce náuseas tanta falsedad disfrazada, tanto lujo vulgar, tanto humano robotizado. Demasiado intelectual de pacotilla, solo algunos hombres de acción. Y cuando hablo de estos últimos hago alusión a los que se juegan lo que no tienen por cambiar aquello que detestan.
Quizás me vaya para diferenciarme del resto, quizás sea solo un acto de protesta burgués, quizás yo represente solo un engranaje de esta horrible máquina que funciona mecánicamente todos los días sin importar cuanta gente muere en cada pestañeo, sin detenerse en cuanta otra disfruta a costa de los demás.
Claro que me voy. No obstante muchos digan que soy apenas un joven iluso, que dentro de unos años la mirada acerca de las cosas va a presentarse diferente, que con los años las ilusiones se van al carajo, que corresponde al proceso natural de todo ser humano transar sueños por experiencia. Dejame soñar al menos. Permitime dudar de lo natural, de lo establecido. De aquello que nos vienen repitiendo desde hace miles de años para encadenarnos más y más. No me siento yo mismo dentro de esta caverna. Sigo mi propia luz, esa única luz que puede iluminarme solo a mí, que seguramente no encienda al posarse sobre otros. O tal vez si. Tal vez esa luz pueda prender en alguien más. No lo se. No depende de mi decisión. Sería maravilloso, claro. Porque ya ahí estaríamos hablando de otra cuestión. De una empresa colectiva. De un proyecto común. Palabras que suenan anticuadas en el presente, que han caído en desuso. Si, leíste bien. Hago referencia al conjunto. Y como ya se lo que me vas a decir, me permito anticiparme a tu respuesta. Mi plan contiene en su origen una falla fatal: ¿de qué me sirve tanta búsqueda, tanto replanteamiento de mi vida, si en definitiva, vaya donde vaya, el entorno me succionará, me atrapará en sus redes hasta que un día negro y lluvioso como el de hoy, diga para mis adentros que ya no es posible ir contra la corriente, grite con angustia que la batalla está perdida, que todo aquel bello sueño había pertenecido a la imaginación, no pudiendo salir nunca de allí? Claro está que sería más cómodo ese tipo de razonamiento; me permitiría llevar una vida monótona, tranquila, sin grandes alteraciones, sin inconvenientes mayores. Prefiero desandar otros senderos. Aunque nunca alcance lo anhelado. Con perseguirlo me basta.
Me despido de vos con alegría, con esperanza, sabiendo que en alguna estación nos podremos encontrar. Y si esto nunca pasara, aparecerán casi misteriosamente los recuerdos, encargados de entrelazarme nuevamente con vos, con mi pasado, con lo que fui.
BARRETO
jueves, 29 de octubre de 2009
lunes, 5 de octubre de 2009
En el camino
Camino por las calles de Potosí, un poco abrumado por la altura (los 4100 mts de la ciudad no me han dejado dormir de corrido la última noche), mascando coca y con la mochila de mano sobre mis hombros. Mientras entro a una agencia de turismo (en realidad, no se si le puedo llamar agencia pero es el único nombre que me viene a la mente en este momento), mis amigos se encargan de sacarle algunas fotos a la plaza central, muy pintoresca por cierto, manteniendo en su arquitectura la herencia de nuestros ancestros. Los llamo a los chicos para decidir que excursión haremos al otro día (el resto de ese jueves lo dedicaremos a recorrer museos), me pongo a hablar con dos argentinas que habíamos conocido en Uyuni, examino mi billetera, haciendo cálculos respecto del tipo de cambio. Como era de esperarse, debido a nuestro proclamado compromiso social, optamos por realizar la excursión a las minas del Cerro Rico. Ya estoy recuperado del dolor de cabeza, no necesito más de esas hierbas en mi boca, guardo la bolsa de coca en un bolsillo, miro detenidamente el paisaje que nos rodea. Nos llama la atención los buses importados que transitan las calles, nos subimos a uno de ellos, solo para averiguar que se siente, y claro, alguien puede decirnos que se siente lo mismo que en cualquier transporte público, pero estamos de vacaciones, lejos de casa, aunque en nuestra Latinoamérica querida, debe ser por eso que tiene otro sabor; debe ser por eso que dejamos atrás la compañía del reloj cárcel, esa sombra que nos acecha el resto del año y nos lleva a ser solo uno más dentro de esa vorágine que solemos denominar vida; debe ser por eso que nuestros celulares han dejado de ser una mercancía preciada, y como si quisiéramos darle una cachetada a la sociedad de consumo, habitan en algún lugar de nuestros bolsos, juramentándonos olvidarlos para siempre, al menos hasta que termine esta travesía. Mis viejos saben que los llamaré cada dos o tres días para ponerlos al tanto de las últimas novedades, de los próximos destinos, así que no hay nada de que preocuparse. Porque si uno elige hacer un viaje así, debe tener en cuenta que algunas comodidades burguesas deben ser resignadas, a tal punto de compartir un baño con 30 personas o dormir en el mismo cuarto que un tipo que desde varios días atrás realiza malabares para no ser alcanzado por el agua de la ducha. Es en esos momentos donde uno se pregunta (lo comentaba esta mañana con los chicos): de todas las necesidades que tiene el hombre del siglo XXI, ¿cuántas son verdaderamente suyas y cuántas impuestas desde fuera?
Es viernes ya. Nos espera la visita a las minas. Subimos a una combi con otros argentinos (nos cruzamos con compatriotas por todas partes, de nuestra edad fundamentalmente, entre 20 y 30 años, y nos parece que estamos en casa, no logro describir del todo este sentimiento mas es como si cuando uno está lejos le brotara un cierto patriotismo que lo empuja a una valorización de su país, a un amor por sus raíces, descubriendo un sentido de pertenencia antes escondido).
Escribo en los ratos que puedo. Por un lado, el tiempo dedicado a la escritura me priva de ciertos detalles o acontecimientos que merecen ser vividos, al menos observados. Por el otro, me permite registrar lo que pienso en ese instante, las sensaciones que emanan de mi cuerpo, esas cosas que solo pueden ser volcadas a la hoja en el tiempo presente, ya que en el futuro aparecerán en nuestra memoria fragmentadas, recortadas, indescifrables.
Detengo mi mano derecha, la cual empuñaba un segundo atrás la lapicera y pongo atención a las palabras del guía: habla acerca de la historia de Potosí, de su importancia en los siglos XV y XVI como centro económico y cultural del mundo. Es inevitable que me quede reflexionando, con la voz del guía escuchada desde lejos. Es razonable también que me acuerde de Galeano y sus venas abiertas, de su definición de Potosí, de esta Potosí, no de la vieja, no de esa que supo ser. Ciudad pobre de la pobre Bolivia, escribía Don Eduardo. Y esas letras que al estar adormecidas en un libro parecen perder algo de valor, de pronto se llenan de sentido, despiertan, tienen luz propia.
Llegamos al lugar donde debemos ponernos la vestimenta que usa diariamente el minero. Pantalón, botas, casco con linterna. Creo que no me olvido de nada. La combi no puede subir más; el terreno es muy empinado y la carga del vehículo considerable. Recorremos los últimos metros a pie, esforzándonos por mantener el equilibrio, ayudándonos con el peso del que tenemos al lado. La mina esta ahí, enfrente nuestro; es una cueva, más bien, lo cual infunde una pizca de temor a los futuros visitantes. Alguien huye a último momento, no animándose al reto. El resto seguimos camino (yo no tengo miedo, me da gracia estar pensando en este momento en la cara que pondrían mis viejos, un tanto claustrofóbicos, una vez dentro de esa oscuridad subterránea).
Todo parece andar de maravillas. Tengo que avanzar agachado, mi altura no encaja con el lugar, pero me adapto rápido, camino casi en cuatro patas, el olor a arsénico ingresa por la nariz, es allí el primer momento en que tomo relativa conciencia de los pobres mineros que aún trabajan allí, bajo esas condiciones; me distraigo con un amigo que luce pálido, le falta un poco el aire, y si, es espeso, hay que concentrar la cabeza en otro lado, porque si no te pones blanco como un papel. La psicología es fundamental, incluso en estas situaciones, hay que relajarse, respirar profundo. Mi amigo se recupera de a poco. Todo perfecto entonces. Pero no. Porque veo al minero trabajando y ya nada es lo mismo; mis ojos observan como algunos turistas le ofrendan cigarrillos y anís, la manera en que otros le sacan fotografías, y ya nada es lo mismo; la escena me impacta, me sacude. Llega a mi cerebro la imagen de un circo, de un espectáculo atroz, ya que esta vez no son animales los que animan la función, son los mismos seres humanos, humillados casi imperceptiblemente por otros seres semejantes. Ya nada es igual. Mis amigos me miran, y a pesar de que no dicen nada, me doy cuenta de que advierten lo mismo, menos mal, no estoy tan solo, me digo para mis adentros que no pertenezco a esta locura, me lo repito para convencerme, no lo logro, soy parte de este juego y no puedo escapar, soy parte del show y no hago nada por salirme, por pegar un portazo, no soy mejor que el resto, tan solo uno más, solo uno más.
Ahora estamos en el final del recorrido por las minas. El guía, un ex minero de nombre Roberto, nos habla acerca de la figura del Tío, una especie de diablo (para nosotros simplemente un muñeco) creado por los españoles en la época de la conquista para retener a los mineros dentro de las minas. Me quedo pensando entonces en la religión, en cómo ha sido utilizada a lo largo de la historia para oprimir al hombre, para dominarlo. Antes de salir de la cueva alguien pregunta (creo que es uno de mis amigos, no veo bien porque estoy un tanto relegado) cuál es la edad promedio de vida de un minero. Treinta y cinco años, contesta con naturalidad Roberto, casi como cierre de excursión. Se baja el telón y cada uno sigue con su normalidad cotidiana.
Ya son las nueve de la noche pero esa experiencia en la mina es difícil de olvidar. Me baño al tiempo que algo dentro mío me dice que ese espíritu crítico que parece estar cobrando forma, ese asomo de responsabilidad social, se diluirá en pocos horas. Me resisto a los dictados de mi conciencia, evaluando la posibilidad de que al término de ese viaje pueda surgir un hombre nuevo, que reemplace al viejo, convirtiéndose en algo menos superficial, privilegiando el contenido por sobre el envase, ya no quejándose de la realidad (en actitud pasiva, desesperanzada) sino poniendo lo que hay que poner para transformarla, para mejorarla.
Nos dirigimos hacia nuestro próximo destino: Vallegrande. Aunque nos dijeron que la excursión es bastante comercial (no dudamos de que así lo sea) tenemos como premisa pisar el mismo suelo que hace cuarenta años atrás pisó Ramón. Si bien es cierto que desde que pusimos el primer pie en este querido país nos preguntamos cómo pudo ser posible que alguien más o menos sensato creyera en la posibilidad de una revolución socialista aquí mismo, de nada sirven estos análisis si no tenemos en cuenta el contexto histórico (frase que le he escuchado a mi viejo en reiteradas ocasiones, muchas de las cuales la utiliza para ganar la discusión). La mayoría duerme dentro del colectivo; yo aprovecho para volcar algún contenido sobre el papel. En toda nuestra estadía en el país, hemos tratado de congeniar con el indígena, mas resulta una tarea al menos de prolongada duración en el tiempo. Surgen distintas hipótesis dentro del grupo de amigos, tratando de encontrar una explicación a esa falta de interacción, a esa impenetrabilidad. ¿No somos todos latinoamericanos acaso? Una respuesta probable está relacionada con el color de nuestra piel. Que se entienda bien. A nosotros (pongo solo las manos en el fuego por mí y por mis amigos) nos importan un bledo las diferencias raciales. Mas ellos, parecen ver en nuestras personas (de tez blanca, europeizadas) el color de la opresión. Y está más que justificada su desconfianza. Luego de siglos de explotación, decir blanco es decir opresor. Es tan solo una hipótesis, deslizada con un mate y unas galletitas dulces de por medio, mas si esto fuera así se derrumbaría quizás eso que ha dado por llamarse a lo largo de las décadas como unión latinoamericana (proclamada por todo tipo de políticos, llevada a cabo con convicción por muy pocos), convirtiéndose solo en una bella ficción. Un amigo lo plantea en estos términos: ¿cómo es posible que haya unión entre tipos que desconfían entre si? Hay que construir ese eslabón, responde un cordobés que para en el mismo hotel que nosotros, con los ojos brillosos, con esa chispa en la mirada que nos hace creer que eso es verdaderamente alcanzable. Y si. ¿Por qué no? Me pregunto eso al escribir estas líneas. Luego recuerdo una frase y la adapto un poco: El futuro encontrará a los latinoamericanos unidos o dominados. No queda otra alternativa.
Llegando a Vallegrande, pienso en Ramón. En su vida, en su lucha. No en el mito, sino en el hombre de carne y hueso, ese que murió como vivió, ese que predicó con el ejemplo. También pienso en Luis, aunque estoy seguro que la historia no le guardará el mismo lugar. Y es lógico que así sea, porque se quedó con el traje de político, poniéndose el de revolucionario solo para llegar a la meta. Ramón el idealista, Ramón el odiado por miles, Ramón el amado por otros tantos, Ramón el que nunca pasa desapercibido, Ramón el que despierta sentimientos contradictorios, Ramón el que le incomodaba la vestimenta de político (simplemente porque no lo era), Ramón el argentino. El chofer del micro grita que ya llegamos, yo sigo escribiendo, ganado por la emoción de dejar sentado en algún lado mis pensamientos. Ya bien lo decía Don Roberto: cuando se tiene algo que decir se escribe en cualquier parte. Luego pienso en el primer presidente indígena de la historia de este país; en su revolución, en esa utopía convertida en realidad. Coloco el anotador en la mochila y empiezo a recorrer Vallegrande.
El viaje está llegando a su fin. En la terminal de San salvador de Jujuy, aguardamos por el micro que nos llevará de regreso a Buenos Aires. Considerando que hemos pasado los últimos dos días viajando (micro, tren, ahora de nuevo micro), la ropa se nos pega al cuerpo, necesitando una ducha urgente (hay ciertos lujos burgueses que están tan arraigados en uno que resulta trabajoso despojarse de ellos). En todo el trayecto de vuelta mi cabeza retoma la idea del nacimiento de un hombre nuevo. Es cómico porque en un momento me duermo y de repente estoy soñando. Alrededor de una mesa redonda están sentados el hombre nuevo y el hombre viejo. Se miran como estudiándose, atentos a los movimientos del otro. El hombre viejo parece más seguro de sí mismo, cual si se sintiera protegido por una superestructura. Aunque el nuevo no se queda atrás, propone pelea, llevando en su pecho la llama de la esperanza, de la rebelión, de la transgresión. Su figura es un tanto borrosa, no se ha conformado del todo. Es allí mismo, sentado en esa silla de madera, que advierte que la convivencia entre ambos nunca será pacífica, que para poder soñar con un futuro propio, deberá vencer a su contrincante; solo así podrá empezar a cambiar la historia (al menos la suya).
BARRETO
Es viernes ya. Nos espera la visita a las minas. Subimos a una combi con otros argentinos (nos cruzamos con compatriotas por todas partes, de nuestra edad fundamentalmente, entre 20 y 30 años, y nos parece que estamos en casa, no logro describir del todo este sentimiento mas es como si cuando uno está lejos le brotara un cierto patriotismo que lo empuja a una valorización de su país, a un amor por sus raíces, descubriendo un sentido de pertenencia antes escondido).
Escribo en los ratos que puedo. Por un lado, el tiempo dedicado a la escritura me priva de ciertos detalles o acontecimientos que merecen ser vividos, al menos observados. Por el otro, me permite registrar lo que pienso en ese instante, las sensaciones que emanan de mi cuerpo, esas cosas que solo pueden ser volcadas a la hoja en el tiempo presente, ya que en el futuro aparecerán en nuestra memoria fragmentadas, recortadas, indescifrables.
Detengo mi mano derecha, la cual empuñaba un segundo atrás la lapicera y pongo atención a las palabras del guía: habla acerca de la historia de Potosí, de su importancia en los siglos XV y XVI como centro económico y cultural del mundo. Es inevitable que me quede reflexionando, con la voz del guía escuchada desde lejos. Es razonable también que me acuerde de Galeano y sus venas abiertas, de su definición de Potosí, de esta Potosí, no de la vieja, no de esa que supo ser. Ciudad pobre de la pobre Bolivia, escribía Don Eduardo. Y esas letras que al estar adormecidas en un libro parecen perder algo de valor, de pronto se llenan de sentido, despiertan, tienen luz propia.
Llegamos al lugar donde debemos ponernos la vestimenta que usa diariamente el minero. Pantalón, botas, casco con linterna. Creo que no me olvido de nada. La combi no puede subir más; el terreno es muy empinado y la carga del vehículo considerable. Recorremos los últimos metros a pie, esforzándonos por mantener el equilibrio, ayudándonos con el peso del que tenemos al lado. La mina esta ahí, enfrente nuestro; es una cueva, más bien, lo cual infunde una pizca de temor a los futuros visitantes. Alguien huye a último momento, no animándose al reto. El resto seguimos camino (yo no tengo miedo, me da gracia estar pensando en este momento en la cara que pondrían mis viejos, un tanto claustrofóbicos, una vez dentro de esa oscuridad subterránea).
Todo parece andar de maravillas. Tengo que avanzar agachado, mi altura no encaja con el lugar, pero me adapto rápido, camino casi en cuatro patas, el olor a arsénico ingresa por la nariz, es allí el primer momento en que tomo relativa conciencia de los pobres mineros que aún trabajan allí, bajo esas condiciones; me distraigo con un amigo que luce pálido, le falta un poco el aire, y si, es espeso, hay que concentrar la cabeza en otro lado, porque si no te pones blanco como un papel. La psicología es fundamental, incluso en estas situaciones, hay que relajarse, respirar profundo. Mi amigo se recupera de a poco. Todo perfecto entonces. Pero no. Porque veo al minero trabajando y ya nada es lo mismo; mis ojos observan como algunos turistas le ofrendan cigarrillos y anís, la manera en que otros le sacan fotografías, y ya nada es lo mismo; la escena me impacta, me sacude. Llega a mi cerebro la imagen de un circo, de un espectáculo atroz, ya que esta vez no son animales los que animan la función, son los mismos seres humanos, humillados casi imperceptiblemente por otros seres semejantes. Ya nada es igual. Mis amigos me miran, y a pesar de que no dicen nada, me doy cuenta de que advierten lo mismo, menos mal, no estoy tan solo, me digo para mis adentros que no pertenezco a esta locura, me lo repito para convencerme, no lo logro, soy parte de este juego y no puedo escapar, soy parte del show y no hago nada por salirme, por pegar un portazo, no soy mejor que el resto, tan solo uno más, solo uno más.
Ahora estamos en el final del recorrido por las minas. El guía, un ex minero de nombre Roberto, nos habla acerca de la figura del Tío, una especie de diablo (para nosotros simplemente un muñeco) creado por los españoles en la época de la conquista para retener a los mineros dentro de las minas. Me quedo pensando entonces en la religión, en cómo ha sido utilizada a lo largo de la historia para oprimir al hombre, para dominarlo. Antes de salir de la cueva alguien pregunta (creo que es uno de mis amigos, no veo bien porque estoy un tanto relegado) cuál es la edad promedio de vida de un minero. Treinta y cinco años, contesta con naturalidad Roberto, casi como cierre de excursión. Se baja el telón y cada uno sigue con su normalidad cotidiana.
Ya son las nueve de la noche pero esa experiencia en la mina es difícil de olvidar. Me baño al tiempo que algo dentro mío me dice que ese espíritu crítico que parece estar cobrando forma, ese asomo de responsabilidad social, se diluirá en pocos horas. Me resisto a los dictados de mi conciencia, evaluando la posibilidad de que al término de ese viaje pueda surgir un hombre nuevo, que reemplace al viejo, convirtiéndose en algo menos superficial, privilegiando el contenido por sobre el envase, ya no quejándose de la realidad (en actitud pasiva, desesperanzada) sino poniendo lo que hay que poner para transformarla, para mejorarla.
Nos dirigimos hacia nuestro próximo destino: Vallegrande. Aunque nos dijeron que la excursión es bastante comercial (no dudamos de que así lo sea) tenemos como premisa pisar el mismo suelo que hace cuarenta años atrás pisó Ramón. Si bien es cierto que desde que pusimos el primer pie en este querido país nos preguntamos cómo pudo ser posible que alguien más o menos sensato creyera en la posibilidad de una revolución socialista aquí mismo, de nada sirven estos análisis si no tenemos en cuenta el contexto histórico (frase que le he escuchado a mi viejo en reiteradas ocasiones, muchas de las cuales la utiliza para ganar la discusión). La mayoría duerme dentro del colectivo; yo aprovecho para volcar algún contenido sobre el papel. En toda nuestra estadía en el país, hemos tratado de congeniar con el indígena, mas resulta una tarea al menos de prolongada duración en el tiempo. Surgen distintas hipótesis dentro del grupo de amigos, tratando de encontrar una explicación a esa falta de interacción, a esa impenetrabilidad. ¿No somos todos latinoamericanos acaso? Una respuesta probable está relacionada con el color de nuestra piel. Que se entienda bien. A nosotros (pongo solo las manos en el fuego por mí y por mis amigos) nos importan un bledo las diferencias raciales. Mas ellos, parecen ver en nuestras personas (de tez blanca, europeizadas) el color de la opresión. Y está más que justificada su desconfianza. Luego de siglos de explotación, decir blanco es decir opresor. Es tan solo una hipótesis, deslizada con un mate y unas galletitas dulces de por medio, mas si esto fuera así se derrumbaría quizás eso que ha dado por llamarse a lo largo de las décadas como unión latinoamericana (proclamada por todo tipo de políticos, llevada a cabo con convicción por muy pocos), convirtiéndose solo en una bella ficción. Un amigo lo plantea en estos términos: ¿cómo es posible que haya unión entre tipos que desconfían entre si? Hay que construir ese eslabón, responde un cordobés que para en el mismo hotel que nosotros, con los ojos brillosos, con esa chispa en la mirada que nos hace creer que eso es verdaderamente alcanzable. Y si. ¿Por qué no? Me pregunto eso al escribir estas líneas. Luego recuerdo una frase y la adapto un poco: El futuro encontrará a los latinoamericanos unidos o dominados. No queda otra alternativa.
Llegando a Vallegrande, pienso en Ramón. En su vida, en su lucha. No en el mito, sino en el hombre de carne y hueso, ese que murió como vivió, ese que predicó con el ejemplo. También pienso en Luis, aunque estoy seguro que la historia no le guardará el mismo lugar. Y es lógico que así sea, porque se quedó con el traje de político, poniéndose el de revolucionario solo para llegar a la meta. Ramón el idealista, Ramón el odiado por miles, Ramón el amado por otros tantos, Ramón el que nunca pasa desapercibido, Ramón el que despierta sentimientos contradictorios, Ramón el que le incomodaba la vestimenta de político (simplemente porque no lo era), Ramón el argentino. El chofer del micro grita que ya llegamos, yo sigo escribiendo, ganado por la emoción de dejar sentado en algún lado mis pensamientos. Ya bien lo decía Don Roberto: cuando se tiene algo que decir se escribe en cualquier parte. Luego pienso en el primer presidente indígena de la historia de este país; en su revolución, en esa utopía convertida en realidad. Coloco el anotador en la mochila y empiezo a recorrer Vallegrande.
El viaje está llegando a su fin. En la terminal de San salvador de Jujuy, aguardamos por el micro que nos llevará de regreso a Buenos Aires. Considerando que hemos pasado los últimos dos días viajando (micro, tren, ahora de nuevo micro), la ropa se nos pega al cuerpo, necesitando una ducha urgente (hay ciertos lujos burgueses que están tan arraigados en uno que resulta trabajoso despojarse de ellos). En todo el trayecto de vuelta mi cabeza retoma la idea del nacimiento de un hombre nuevo. Es cómico porque en un momento me duermo y de repente estoy soñando. Alrededor de una mesa redonda están sentados el hombre nuevo y el hombre viejo. Se miran como estudiándose, atentos a los movimientos del otro. El hombre viejo parece más seguro de sí mismo, cual si se sintiera protegido por una superestructura. Aunque el nuevo no se queda atrás, propone pelea, llevando en su pecho la llama de la esperanza, de la rebelión, de la transgresión. Su figura es un tanto borrosa, no se ha conformado del todo. Es allí mismo, sentado en esa silla de madera, que advierte que la convivencia entre ambos nunca será pacífica, que para poder soñar con un futuro propio, deberá vencer a su contrincante; solo así podrá empezar a cambiar la historia (al menos la suya).
BARRETO
jueves, 24 de septiembre de 2009
El jardín prolífico
No basta con entrelazar nubes y propinar caricias sin tiempo para comprenderlos: los segundos son años luz para ellos; la parsimonia con la que se desenvuelven les vale nuestra compasión y, a su vez, la admiración de los caracoles ¡Horribles hermafroditas! (travestis del amor, colonos de ideas). Van, de jardín en jardín, profiriendo visiones a los ojos irritados; aunque sea su languidez de exquisita antipatía. No los quiero acá. Prurito. Nimbada virgen de los fuegos, te figuro como pedo de vieja, como sexo sin orgasmo. Yo, que fui muchos, te figuro como sexo sin orgasmo, como brisa sin caricia, como prisa sin estulticia, como viento sin aliento. Te figuro como el prolífico jardín donde se funden los abrazos del no amor. Párpados en los oídos. Y en la ruina, el hilo de baba se aloja en una cápsula de grasa como árbol caído ¡Hermoso arce! Fecundas bacterias lo atiborraron de mariposas (esas polillas que resisten a toda moda) en espiralados dibujos de extraña procedencia. Desconfío del plomizo firmamento donde se abotonan esas pecas luminosas que llaman estrellas. Sed de piel en la caverna. Van, de jardín en jardín, profanando el candor de los huérfanos...
(Voz del interior)
Seressinalasnosabenserconalasnosabensersinprimaveralaprimaveraessuhogar
Prima la vida, la primavida, en los frondosos senderos de la luna gris
Aves de corral, a los cuatro vientos, se dan sus hazañas
Beban de los jugos, fúndanse en los pálidos claros del bosque
Él, que ya fue muchos, será guadaña
(Voz del exterior)
Seressconalasnosabensersinalasnosabensersinotoñoselotoñoessuocaso
Dejo una rosa, en el septiembre de las momias, para que el tiempo la corrompa…

Profecía: flor marchita.
**************
(Voz del interior)
Seressinalasnosabenserconalasnosabensersinprimaveralaprimaveraessuhogar
Prima la vida, la primavida, en los frondosos senderos de la luna gris
Aves de corral, a los cuatro vientos, se dan sus hazañas
Beban de los jugos, fúndanse en los pálidos claros del bosque
Él, que ya fue muchos, será guadaña
(Voz del exterior)
Seressconalasnosabensersinalasnosabensersinotoñoselotoñoessuocaso
Dejo una rosa, en el septiembre de las momias, para que el tiempo la corrompa…

Profecía: flor marchita.
**************
Parió Sanrod.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
Agonía
Recostado en la cama del hospital, aguardaba por su muerte. Sabía que no tardaría demasiado en llevárselo, y eso lo tranquilizaba. No pretendía pertenecer a esa clase de gente que luchaba en forma heroica contra un hecho consumado, tratando de vencer inútilmente un destino ya escrito. El dolor aumentaba con el correr de los minutos; desde hacía dos semanas su cuerpo ya no era el mismo; parecía solo una sombra de aquel que corría de joven, ya fuera con la pelota en los pies o en aquellos meses del servicio militar. La piel se había teñido de un color verdáceo, el vientre lucía hinchado, la movilidad de las piernas, cada vez menor. Ahora trataba de resistir ante las puntadas que le aquejaban en el bajo vientre; su cara se ponía de un colorado furioso, como si las venas le fueran a reventar en cualquier instante. Luego el malestar desaparecía por un rato, y así, sucesivamente, la escena se repetía una y otra vez. Cierto es que no solo su vientre quedaba sometido a tamaños padecimientos; también su garganta (apenas podía tragar, ingiriendo solamente alimentos líquidos), su pecho, y hasta sus testículos.
La imaginación funcionaba, en aquella situación, como único refugio ante el incansable dolor, que lo perseguía día y noche para recordarle su mortalidad; pero él no necesitaba de aquel recordatorio; desde su juventud la muerte se interponía en su vida, llevándose a sus seres queridos, quitándole de a poco las ganas de seguir adelante; sin embargo, había recorrido un trecho tanto más largo del que había previsto 30, quizás 40 años atrás. No sabía exactamente que era lo que lo había movido a permanecer tanto tiempo en este mundo; no era su fe, por lo pronto; si bien había asistido cuando chico a un colegio católico, nunca le había interesado demasiado la religión. Se quedaba dormido en las clases de catecismo unas veces; otras, jugando a la pelota a unas cuadras de su casa. En fin, siempre había creído que en aquel instante en que el cuerpo dijera basta, ninguna religión sería capaz de acercar una solución al respecto.
Ya no estaban sus hijos alrededor suyo. Pero, para su sorpresa, no estaba solo. Una voz femenina le susurraba al oído. Le decía que lo amaba, que desde que nació supo que sería su hijo preferido. El buscaba la palabra adecuada para esa anciana que lo había parido, mas sobraba decir algo. La anciana le tapaba la boca dulcemente, con esas manos arrugadas, de pellejo flojo, y le besaba la frente. El la contemplaba con ojos resignados, cual si quisiera darle a entender que no valía la pena resistir, no en ese estado, no en esa cama que le hacía doler la espalda, no en ese hospital con ese olor nauseabundo. Ella no le hacía caso; al fin y al cabo, era su madre y no podía alentar a su hijo a abandonarse de esa manera. Por eso esta vez no podía apoyar su decisión. Es más, casi que le indignaba aquella actitud pasiva, un tanto cobarde.
_ ¿Como te sentís Mario?
_ Un poco mejor, no te preocupes.
_ ¿Cómo no querés que me preocupe, hombre? No te ves nada bien. Casi no tocas la comida, prácticamente no hablás…
_ ¿No querés ir a casa a descansar un poco?
_ Prefiero quedarme acá con vos, haciéndote compañía. ¿Te molesta que me quede con vos? Decímelo y me voy.
_ No, mujer. No exageres. Vení, sentate, estás incómoda ahí parada.
Su esposa se sentó en la silla ubicada al lado de la cabecera de la cama. Mario la observaba beber una botella de agua, no pudiendo reconocer en esa mujer que ahora le apretaba la mano y lo tapaba con las sábanas para que no tomara frío, a esa otra con la que se había casado 50 años atrás. Esa imagen lo angustiaba de manera tal que apartaba bruscamente sus ojos hasta detenerlos en el techo de la habitación. Buscaba en el cielorraso alguna mancha en la que concentrarse, acaso deseando olvidar rápido esa horrorosa escena. No tanto por su mujer, claro está; más bien, por él. ¿Cómo se vería él entonces? ¿Cómo lo verían los demás? ¡Como a un pobre tipo, carajo!; no, no, en ese estado no era posible continuar. Algún recuerdo, la imaginación, algo, si, algo, que lo arrancara de ahí y le diera una miguita de calma. Tal vez la muerte. ¿Por qué no? Tal vez.
Viajaba en el tiempo para reencontrarse con esa perrita callejera que lo había acompañado durante su niñez; si, nada menos que 10 años, hasta que quedó aplastada por la rueda de aquel camión. Le tiraba la pelota, ella corría, saltaba para atraparla, el sonreía, comprobaba que la agilidad de su mascota estaba intacta, que sus ojos, un tanto achinados pero vivaces, seguían brindándole esa paz que creía haber perdido hacía tiempo. Necesitaba que su perra estuviese ahí con él, en el hospital, entonces la alzaba, le daba algunas instrucciones para que no molestara a los demás pacientes (menos aún a sus familiares y a los médicos) y la dejaba corretear por la habitación. En algún momento hacía mucho ruido, más del aconsejado en un lugar así, y era en ese instante cuando Mario lanzaba una mirada apenas correctiva, y la perrita se acostaba junto a la puerta del dormitorio, en silencio, apoyando su babosa trompa sobre el suelo. De pronto, escuchaba que alguien se acercaba por el pasillo, y pensaba que venían a retarlo por la conducta de su perra. Aunque él, anticipando la situación, ya había preparado una respuesta contundente para aquel acechante reclamo: Tiene razón, es un poco revoltosa, pero es fiel como ninguna. Le prometo que se va a quedar quietita ¿Verdad que si, Manchita? Si no funcionaba esa táctica, habría que sacar un plan B de la galera; algo así como: es lo único que tengo, por favor, déjela quedarse, al mismo tiempo que un par de improvisadas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
_ ¿Cómo se encuentra, Mario?, preguntó la enfermera con tono amistoso.
_ En mi mejor momento. ¿No parezco un pibe acaso?
La enfermera no contestó, sintiéndose seguramente ofendida por su humor sarcástico. El, advirtiendo lo poco atinadas que habían sido sus palabras, trató de recomponer la charla.
_ Es probable que le parezca un viejo frío y odioso. Puede ser que lo sea. Pero no he sido toda mi vida así, eh. Me fui insensibilizando de a poco. Acostumbrándome con los años a toda esta mierda.
_ Usted ahora tiene que preocuparse por descansar. Nada más. Relájese y no piense en cosas feas.
_ No puedo dejar de pensar, querida. Las ideas se me amontonan, desordenadas, caprichosas, van y vuelven cuando quieren. Y lo peor es que no se achican ante el dolor. Se reproducen todo el tiempo, para joderme en las pocas horas que me quedan.
La joven tomó cuidadosamente su brazo y le aplicó una inyección. Quizás de esa forma podía descansar un rato.
Dormía, despertaba, había alguien en el cuarto además de él, en una cama parecida a la suya, con cables y aparatos por todos lados, no podía distinguir su cara, pero si su voz, era su voz, su inconfundible voz, esa que le repetía que tenía que seguir estudiando, que no se juntara con esos vagos, que si no fuera por su madre le hubiese metido una patada en el culo, mas el no quería escuchar, no en ese estado, ya había pasado mucho tiempo, no estaba para aguantar a nadie, se cubría los oídos con la almohada, ¿por qué tenía que soportar eso?, de ninguna manera, de ninguna manera.
El hombre recostado a su lado, preguntó:
_ ¿Necesita algo? Se lo nota muy afiebrado.
Se contuvo para no responder ácidamente, con esa ironía que se hacía carne en su cuerpo.
_ Le agradezco. No hay nada que pueda hacer por mí. Mucho gusto, Mario.
_ El gusto es mío. Mi nombre es Domingo. Por el general, vio. En casa éramos todos peronistas.
Lo seguimos siendo, en realidad.
_ ¿Ah, si? Y digame una cosa (sin poder manejar su temperamento). ¿Qué mierda significa ser
peronista hoy en día? Porque, una de dos: ¿O me volví pelotudo de viejo o me quieren hacer pasar por pelotudo?
_ No se enoje hombre. Si sabía que se iba a poner así, le decía que me llamaba Hipólito.
_ ¿Hipólito? Ah, mire que bien. Parece que es especialista en elegir nombres usted. Hipólito… El peludo tampoco se salva eh.
_ Pero con usted no se salva nadie.
_ Y claro. Si son todos iguales. Pensándolo bien, uno solo merece mi respeto.
_ A ver, diga. Vamos hombre, diga.
La entrada del médico interrumpió el diálogo. Mientras le realizaba una serie de exámenes a Mario, le indicaba al otro paciente que aguardara unos minutos, que en breve sería atendido.
_ No puedo más doctor. ¿Por qué no me da algo para dormir y no despertar más? Es en vano tanto esfuerzo.
_ Vamos, Mario, piense en su familia que está sufriendo por usted. Ponga un poco de voluntad.
_ ¿Están afuera, ahora?
_ Si, están su mujer y sus hijos. ¿Falta alguien?
_ El hijo de puta de mi ex jefe. ¿Puede creer que ni se dignó a pasar, aunque sea de compromiso, ese cretino? Trabajé 20 años como un esclavo en su empresita de cuarta. Así es la gente, doctor. Lo usan a uno hasta que no sirve más. Te exprimen, te sacan todo el jugo que tenés y después se cagan en vos. ¿Para qué sirve vivir de esta manera, doctor? Explíquemelo usted, porque yo, a mi edad, no lo entiendo todavía.
El doctor se retiraba pero los dolores seguían ahí, cada vez más punzantes, cada vez más frecuentes. No encontraba posición en la cama que le brindara un mínimo reposo. Y aunque su estadía en el hospital se veía convertida en un calvario, su lucidez se mantenía firme. Por lo menos, así lo creía él. Siempre había pensado que cualquier persona, en una situación semejante a la suya, perdería la razón, comenzaría a desvariar, a decir estupideces, pero no ocurría eso con él: sus pensamientos se acumulaban constantemente en su cabeza, como si persiguieran un solo objetivo: demostrarle que estaba vivo, que la gente que lo quería de veras merecía que peleara contra la muerte, pero no, no era justo ese argumento, no era justo que lo acusaran de cobarde, si tan solo supieran lo que él estaba sufriendo, si tan solo supieran el agujero que se siente en el corazón cuando se sabe que se está a punto de desaparecer y vivir no ha valido la pena, no en este mundo tan podrido, lleno de ratas escondidas bajo trajes caros, repleto de mierda, de basura que nos llega hasta el cuello.
Una mujer de cara angular y cuerpo voluptuoso caminaba hasta su cama y le tendía la mano; luego de levantarse enérgicamente, Mario rozaba su mano, la estrechaba y se dejaba llevar. En cuestión de segundos aparecían en una isla desierta, cubierta de arena y de palmeras, de cocos y de flores. El solo hecho de estar allí, alejado de la telaraña de la civilización, lo llenaba de esperanzas, cual si desde aquel pequeño lugar pudiese cambiar el mundo, como si desde aquel pedazo de tierra volviese a nacer.
BARRETO
La imaginación funcionaba, en aquella situación, como único refugio ante el incansable dolor, que lo perseguía día y noche para recordarle su mortalidad; pero él no necesitaba de aquel recordatorio; desde su juventud la muerte se interponía en su vida, llevándose a sus seres queridos, quitándole de a poco las ganas de seguir adelante; sin embargo, había recorrido un trecho tanto más largo del que había previsto 30, quizás 40 años atrás. No sabía exactamente que era lo que lo había movido a permanecer tanto tiempo en este mundo; no era su fe, por lo pronto; si bien había asistido cuando chico a un colegio católico, nunca le había interesado demasiado la religión. Se quedaba dormido en las clases de catecismo unas veces; otras, jugando a la pelota a unas cuadras de su casa. En fin, siempre había creído que en aquel instante en que el cuerpo dijera basta, ninguna religión sería capaz de acercar una solución al respecto.
Ya no estaban sus hijos alrededor suyo. Pero, para su sorpresa, no estaba solo. Una voz femenina le susurraba al oído. Le decía que lo amaba, que desde que nació supo que sería su hijo preferido. El buscaba la palabra adecuada para esa anciana que lo había parido, mas sobraba decir algo. La anciana le tapaba la boca dulcemente, con esas manos arrugadas, de pellejo flojo, y le besaba la frente. El la contemplaba con ojos resignados, cual si quisiera darle a entender que no valía la pena resistir, no en ese estado, no en esa cama que le hacía doler la espalda, no en ese hospital con ese olor nauseabundo. Ella no le hacía caso; al fin y al cabo, era su madre y no podía alentar a su hijo a abandonarse de esa manera. Por eso esta vez no podía apoyar su decisión. Es más, casi que le indignaba aquella actitud pasiva, un tanto cobarde.
_ ¿Como te sentís Mario?
_ Un poco mejor, no te preocupes.
_ ¿Cómo no querés que me preocupe, hombre? No te ves nada bien. Casi no tocas la comida, prácticamente no hablás…
_ ¿No querés ir a casa a descansar un poco?
_ Prefiero quedarme acá con vos, haciéndote compañía. ¿Te molesta que me quede con vos? Decímelo y me voy.
_ No, mujer. No exageres. Vení, sentate, estás incómoda ahí parada.
Su esposa se sentó en la silla ubicada al lado de la cabecera de la cama. Mario la observaba beber una botella de agua, no pudiendo reconocer en esa mujer que ahora le apretaba la mano y lo tapaba con las sábanas para que no tomara frío, a esa otra con la que se había casado 50 años atrás. Esa imagen lo angustiaba de manera tal que apartaba bruscamente sus ojos hasta detenerlos en el techo de la habitación. Buscaba en el cielorraso alguna mancha en la que concentrarse, acaso deseando olvidar rápido esa horrorosa escena. No tanto por su mujer, claro está; más bien, por él. ¿Cómo se vería él entonces? ¿Cómo lo verían los demás? ¡Como a un pobre tipo, carajo!; no, no, en ese estado no era posible continuar. Algún recuerdo, la imaginación, algo, si, algo, que lo arrancara de ahí y le diera una miguita de calma. Tal vez la muerte. ¿Por qué no? Tal vez.
Viajaba en el tiempo para reencontrarse con esa perrita callejera que lo había acompañado durante su niñez; si, nada menos que 10 años, hasta que quedó aplastada por la rueda de aquel camión. Le tiraba la pelota, ella corría, saltaba para atraparla, el sonreía, comprobaba que la agilidad de su mascota estaba intacta, que sus ojos, un tanto achinados pero vivaces, seguían brindándole esa paz que creía haber perdido hacía tiempo. Necesitaba que su perra estuviese ahí con él, en el hospital, entonces la alzaba, le daba algunas instrucciones para que no molestara a los demás pacientes (menos aún a sus familiares y a los médicos) y la dejaba corretear por la habitación. En algún momento hacía mucho ruido, más del aconsejado en un lugar así, y era en ese instante cuando Mario lanzaba una mirada apenas correctiva, y la perrita se acostaba junto a la puerta del dormitorio, en silencio, apoyando su babosa trompa sobre el suelo. De pronto, escuchaba que alguien se acercaba por el pasillo, y pensaba que venían a retarlo por la conducta de su perra. Aunque él, anticipando la situación, ya había preparado una respuesta contundente para aquel acechante reclamo: Tiene razón, es un poco revoltosa, pero es fiel como ninguna. Le prometo que se va a quedar quietita ¿Verdad que si, Manchita? Si no funcionaba esa táctica, habría que sacar un plan B de la galera; algo así como: es lo único que tengo, por favor, déjela quedarse, al mismo tiempo que un par de improvisadas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
_ ¿Cómo se encuentra, Mario?, preguntó la enfermera con tono amistoso.
_ En mi mejor momento. ¿No parezco un pibe acaso?
La enfermera no contestó, sintiéndose seguramente ofendida por su humor sarcástico. El, advirtiendo lo poco atinadas que habían sido sus palabras, trató de recomponer la charla.
_ Es probable que le parezca un viejo frío y odioso. Puede ser que lo sea. Pero no he sido toda mi vida así, eh. Me fui insensibilizando de a poco. Acostumbrándome con los años a toda esta mierda.
_ Usted ahora tiene que preocuparse por descansar. Nada más. Relájese y no piense en cosas feas.
_ No puedo dejar de pensar, querida. Las ideas se me amontonan, desordenadas, caprichosas, van y vuelven cuando quieren. Y lo peor es que no se achican ante el dolor. Se reproducen todo el tiempo, para joderme en las pocas horas que me quedan.
La joven tomó cuidadosamente su brazo y le aplicó una inyección. Quizás de esa forma podía descansar un rato.
Dormía, despertaba, había alguien en el cuarto además de él, en una cama parecida a la suya, con cables y aparatos por todos lados, no podía distinguir su cara, pero si su voz, era su voz, su inconfundible voz, esa que le repetía que tenía que seguir estudiando, que no se juntara con esos vagos, que si no fuera por su madre le hubiese metido una patada en el culo, mas el no quería escuchar, no en ese estado, ya había pasado mucho tiempo, no estaba para aguantar a nadie, se cubría los oídos con la almohada, ¿por qué tenía que soportar eso?, de ninguna manera, de ninguna manera.
El hombre recostado a su lado, preguntó:
_ ¿Necesita algo? Se lo nota muy afiebrado.
Se contuvo para no responder ácidamente, con esa ironía que se hacía carne en su cuerpo.
_ Le agradezco. No hay nada que pueda hacer por mí. Mucho gusto, Mario.
_ El gusto es mío. Mi nombre es Domingo. Por el general, vio. En casa éramos todos peronistas.
Lo seguimos siendo, en realidad.
_ ¿Ah, si? Y digame una cosa (sin poder manejar su temperamento). ¿Qué mierda significa ser
peronista hoy en día? Porque, una de dos: ¿O me volví pelotudo de viejo o me quieren hacer pasar por pelotudo?
_ No se enoje hombre. Si sabía que se iba a poner así, le decía que me llamaba Hipólito.
_ ¿Hipólito? Ah, mire que bien. Parece que es especialista en elegir nombres usted. Hipólito… El peludo tampoco se salva eh.
_ Pero con usted no se salva nadie.
_ Y claro. Si son todos iguales. Pensándolo bien, uno solo merece mi respeto.
_ A ver, diga. Vamos hombre, diga.
La entrada del médico interrumpió el diálogo. Mientras le realizaba una serie de exámenes a Mario, le indicaba al otro paciente que aguardara unos minutos, que en breve sería atendido.
_ No puedo más doctor. ¿Por qué no me da algo para dormir y no despertar más? Es en vano tanto esfuerzo.
_ Vamos, Mario, piense en su familia que está sufriendo por usted. Ponga un poco de voluntad.
_ ¿Están afuera, ahora?
_ Si, están su mujer y sus hijos. ¿Falta alguien?
_ El hijo de puta de mi ex jefe. ¿Puede creer que ni se dignó a pasar, aunque sea de compromiso, ese cretino? Trabajé 20 años como un esclavo en su empresita de cuarta. Así es la gente, doctor. Lo usan a uno hasta que no sirve más. Te exprimen, te sacan todo el jugo que tenés y después se cagan en vos. ¿Para qué sirve vivir de esta manera, doctor? Explíquemelo usted, porque yo, a mi edad, no lo entiendo todavía.
El doctor se retiraba pero los dolores seguían ahí, cada vez más punzantes, cada vez más frecuentes. No encontraba posición en la cama que le brindara un mínimo reposo. Y aunque su estadía en el hospital se veía convertida en un calvario, su lucidez se mantenía firme. Por lo menos, así lo creía él. Siempre había pensado que cualquier persona, en una situación semejante a la suya, perdería la razón, comenzaría a desvariar, a decir estupideces, pero no ocurría eso con él: sus pensamientos se acumulaban constantemente en su cabeza, como si persiguieran un solo objetivo: demostrarle que estaba vivo, que la gente que lo quería de veras merecía que peleara contra la muerte, pero no, no era justo ese argumento, no era justo que lo acusaran de cobarde, si tan solo supieran lo que él estaba sufriendo, si tan solo supieran el agujero que se siente en el corazón cuando se sabe que se está a punto de desaparecer y vivir no ha valido la pena, no en este mundo tan podrido, lleno de ratas escondidas bajo trajes caros, repleto de mierda, de basura que nos llega hasta el cuello.
Una mujer de cara angular y cuerpo voluptuoso caminaba hasta su cama y le tendía la mano; luego de levantarse enérgicamente, Mario rozaba su mano, la estrechaba y se dejaba llevar. En cuestión de segundos aparecían en una isla desierta, cubierta de arena y de palmeras, de cocos y de flores. El solo hecho de estar allí, alejado de la telaraña de la civilización, lo llenaba de esperanzas, cual si desde aquel pequeño lugar pudiese cambiar el mundo, como si desde aquel pedazo de tierra volviese a nacer.
BARRETO
Amor, rutina, amor
Entro a la oficina y la veo a ella, con ese rodete que le recoge el pelo y la hace más fresca aún. La saludo con un beso en la mejilla (huidizo y mezquino, demasiado correcto para mi gusto, pero bueno, algo es algo). Saludo con la cabeza al resto de mis compañeros y me siento en mi escritorio. Son las 10 de la mañana, estoy un poco atrasado con el trabajo que me pidió el jefe, tengo que entregárselo el lunes, cuatro días es bastante, ya estoy acostumbrado a hacer las cosas bajo presión, si, voy a llegar, tendré que trabajar en casa también, al menos dos o tres horas extras por día esta semana, si, llegaré, justo en el límite como siempre, pero llegaré. Hoy está elegante, con esa corbata que le combina con su camisa a rayas, con el color del traje, hasta con los zapatos. No sucede todas las veces lo mismo. En ciertas ocasiones luce cada saco ridículo; y si por lo menos se lo pusiera con una camisa que hiciese juego; pero no, parece empeñado en meter la pata con la ropa. Y yo, ahí, enfrente de su computadora, queriéndole dar un consejo (Mauro, trata de no usar esa corbata con ese saco o, ¿por qué no elegís colores más sobrios para venir a la oficina?), aunque callando luego de reflexionarlo un poco, quedándome en silencio por miedo a que se ofenda. Si no estuviese allí, a pocos metros míos, mi concentración no sufriría de tantos baches, de tantos espacios en blanco en los que solo ella está presente, sonriéndome como lo hace en esos días en que se la nota feliz, acomodándose el pelo casi obsesivamente cada cinco minutos, mordiendo el capuchón de la lapicera cuando está nerviosa o algo no le sale como ella pretende. Y pensar que no hablamos mucho: charlas monótonas e impersonales, si (que lindo día hoy, especial para tomar sol al lado de una piscina o, cómo llueve hoy, ideal para estar durmiendo tapado hasta el cuello con frazadas), mas nada profundo, en definitiva. El debe pensar que soy un poco antipática, arisca quizás, histérica dirían los hombres; ahora los hombres adoran utilizar esa palabra: las mujeres son todas histéricas, no hay nada que hacer, exclamarían burlonamente rodeados de cervezas y partidos de fútbol. El día que entiendan que no todas somos así; el día que logren comprender (en ese cerebro un tanto primitivo que Dios les dio) que debajo de esa coraza, debajo de ese cuerpo de mujer fatal, hay una criatura sensible, que sufre, que llora, que ama, que se desilusiona, que tiene miedo; ¿miedo a qué, preguntan?; la lista es larga: a fracasar, a no colmar las expectativas de la otra persona, a no sentirse indispensable, única, importante, querida, cuidada, contenida, protegida. Seguramente piensa que soy muy formal; debe estar acostumbrada a tipos bohemios, con calle, esos que se las saben todas con las minas; yo intento relajarme un poco, meter algún chiste en medio de las contadas conversaciones que tenemos, pero no me sale naturalmente. El otro día, por ejemplo, buscando hacerme el gracioso, quedando como un tonto, ni me miró siquiera. El miércoles dijo algo divertido, no recuerdo exactamente sus palabras aunque si que casi suelto una carcajada; me contuve para que no crea que estoy pendiente de sus comentarios; seguí trabajando en mi computadora como si no hubiese pasado nada, y él bajó la cabeza e hizo lo mismo. Recuerdo la primera vez que lo vi: yo ya trabajaba en la empresa desde hacía un año; él, recién contratado, llegaba con su mochila, su paraguas y su cara de buen tipo a cuestas; no se porque, pero desde el primer momento esa cara me brindó seguridad; sentí que podía confiar en él, que era honesto, transparente; nunca me animé a decírselo pero eso no cambia nada; o si, en verdad, cambiaría completamente la situación, pero bueno, soy orgullosa; no siempre fui así, con los años me fui convirtiendo en esto, en esta mujer que parece de hierro y que muere por dentro, sin que nadie lo sepa, en silencio.
La semana pasada sucedió algo inesperado. Yo salía de la oficina, llovía intensamente, como si fuera a acabarse el mundo; ella estaba allí, sin paraguas, esperando que algún taxi se dignara a llevarla, pero no, ninguno paraba. Dudé unos segundos, luego me acerqué a ella y le ofrecí alcanzarla hasta su casa. Estaba parada bajo la lluvia, mientras aguardaba por un taxi. No había llevado el abrigo adecuado ese día: apenas un pilotín que mojaba más de lo que reparaba del agua. De repente lo veo a Mauro que viene hacia mi y me pregunta si quiero que me lleve; yo contesto que no, que espero un taxi, pero después de insistirle de que no era ninguna molestia, terminó aceptando. Caminamos hasta el estacionamiento, ese que queda a una cuadra de la empresa, yo la cubría con el paraguas mientras él quedaba con la cara al descubierto, solo para que yo no fuera alcanzada por la tormenta. Subimos a su automóvil, él prendía la calefacción, activaba el limpiaparabrisas, encendía la radio. Sorpresivamente, no estaba nervioso; más bien asombrado de la seguridad con que había resuelto tal situación. Parecía estar saliendo todo de maravillas, encima en la radio sonaba esa canción que tanto me gustaba. Yo le decía que la letra de la canción era poesía pura, y él me respondía que si, que no faltaban ni sobraban palabras, que todo estaba puesto allí por alguna razón. Ella cantaba y a mí se me venía el mundo abajo; su voz era una poción para mis oídos, no quería interrumpirla, se animaba a cantar conmigo, desafinaba en los estribillos, pero esa no era la cuestión, lo fascinante era que los dos, él y yo, compartíamos algo más que el lugar de trabajo, de una vez por todas, bajo esa lluvia invernal que no infundía temor sino esperanza y risas; porque esos chaparrones, que en cualquier otro día habrían sido motivo de malhumores e insultos al aire, ahora se convertían en la excusa perfecta para unir dos almas solitarias. Me indicó que doblara en la cuadra de la plaza, lo hice lentamente, con cuidado, estaba inundado y el agua acumulada en la calle llegaba a tapar casi por completo las ruedas del automóvil. Al llegar a su casa, Victoria tardó unos segundos en bajar, yo entonces abrí mi puerta y con el paraguas en la mano corrí hasta la suya, haciendo lo posible para que no se mojara. Me acompañó hasta la puerta de entrada, bien caballero el hombre; demoraba unos segundos en regresar a su automóvil, era una señal, debía ser una señal; me invitó a pasar, a tomar un café, algo caliente para combatir el frío. Saqué las llaves de la cartera, abrí la puerta, frotamos los calzados en la alfombra de la entrada, y al tiempo que ella prendía la estufa del living, yo revisaba los libros de la biblioteca.
Hoy llegó antes que yo a la oficina; claro que no lo vi hasta el mediodía (el jefe lo había mandado a una reunión), cuando entró por la puerta sonriendo y haciendo chistes, para luego darme un beso en la boca delante de todos, si, por primera vez delante de todos. Y si, porque al verla con ese vestido ajustado, con ese pelo suelto que flameaba con estilo y con esa boca tan suya, me dieron ganas de besarla y me dije: ¿por qué, no?, ya es hora de que todos lo sepan, y al que no le gusta que mire para otro lado. Me sonrojé un poco, y es lógico, no me esperaba que actuara así, no hacía ni dos meses que estábamos saliendo, creí que íbamos a esperar un tiempo, no, ¿para qué esperar?, ella me quiere, yo a ella, es lo que cuenta, el resto es puro decorado, simple adorno; me sorprendió con su reacción, pensé que le daba un poco de vergüenza, que prefería manejarse con cuidado, sus mejillas se pusieron coloradas, no creí que se fuera a poner así, ella es de esas mujeres que se muestran seguras ante el resto; después de la oficina me dijo que le había encantado el beso, menos mal, en un momento creí que me había equivocado, quizás apresurado, porque no me dirigió la palabra durante el resto del día; le dije que fue el beso más lindo que me habían dado y más inesperado también, que me disculpara si no le había hablado después de eso, él tenía que entender, estaba un tanto aturdida por la situación; ya estaba todo en orden, y para demostrárselo lo abrazaba, lo besaba, lo invitaba a cenar a casa, si, me cocinaría algo casero, para hacerme saber que no se había enojado, al contrario, estaba feliz, se lo repetía por si no me había escuchado, ¡estoy feliz!
Esta noche no tengo ganas de cocinar, estoy cansada, voy a pedir comida; que no se piense que voy a cocinar todos los días, al principio si, pero ya llevamos prácticamente dos años de convivencia, ya está, ya hice buena letra, ahora me quiero relajar un poco. Le digo no hay problema amor, llamá al delivery, el número lo dejé encima de la heladera, si, ahí. Me responde de una forma que no me hace gracia, no por lo que dice, más bien por su cara, por ese gesto que pone cuando me lo dice, como indicándome de que por esta vez si, porque es una excepción, que no me malacostumbre. Sigo mirando la televisión, como si no hubiese advertido la cara que puso cuando le dije donde estaba el número de la casa de comidas; pierde la paciencia con facilidad últimamente. No quiero discutir, por eso elijo callarme y buscar el teléfono para hacer el pedido, aunque ciertas actitudes suyas me enervan la sangre y quiero revolearle algo por la cabeza para que reaccione nomás. El otro día también me puso esa cara de pocos amigos, igual que recién; no recuerdo que le había dicho, pero no creo que haya sido tan tremendo para que se le soltara de ese modo la cadena, cerrando la puerta del cuarto con ese portazo. Deja todo tirado, no levanta la tapa del baño (se lo dije mil veces ya y lo sigue haciendo); no soy su sirvienta, lo tiene que entender; tampoco su madre, no puedo tratarlo como si fuese un nene porque no lo es. Ya no tiene una mirada tan positiva de todo, al punto de contagiarme esa mala energía, porque la mala vibra es así, funciona por medio de un efecto contagio del que es difícil mantenerse inmune. Ayer le pedí que nos sentáramos a hablar, que así no se podía seguir. Yo la miré y le dije que si, que nos debíamos una charla, no en ese momento, estaba cansado, el fin de semana, si, el fin de semana sería mejor.
A la tarde visitamos a mamá; Mauro me acompañó sin chistar esta vez; y claro, de qué sirve decirle que no tengo ganas de ir a la casa de su madre, que prefiero quedarme en casa viendo una película, si en definitiva voy a terminar yendo, y toda la discusión previa, ¿para qué?, es mejor ahorrar energías para los buenos momentos. Yo me doy cuenta de que tal vez no se muere por llevarme de mamá, pero valoro que lo haga, porque significa que resigna cosas por mí, que cede, y una pareja que dura es una pareja que cede. Y si, hay que ceder; en esta ocasión lo hago yo por ella, en la próxima lo hará ella por mi, es un ida y vuelta. Porque una pareja es esto: algunos momentos muy buenos, otros muy malos y el resto (la mayoría de los días) normales. El me lo dice siempre: lo más difícil en la vida es encontrar el equilibrio, y tiene razón, la felicidad absoluta no existe, así que conformémonos con aquellos instantes en que creemos que somos felices y que durarán por siempre. Últimamente no se le da por poner esas caras que tanto me irritan; bah, en realidad, a veces las pone, pero no tanto, o capaz que ya me acostumbré, que se yo. El otro día me regaló un ramo de flores, y eso que faltaban tres meses para nuestro aniversario. Llegó a casa con el ramo en la mano y yo no salía de mi asombro. En una época le regalaba flores todas las semanas. Lo hacía porque lo sentía, no por el simple hecho de buscar agradar. Las compraba generalmente en el mismo lugar, a unas cuadras del departamento de mi hermano. Justamente el sábado lo fui a visitar a Gonzalo, y al pasar por el puesto, casi de casualidad, me dije que sería una buena idea, que hacía tiempo que no la sorprendía con algo de ese tipo. ¿Cuánto hacía que no me regalaba unas rosas?, me preguntaba mientras las colocaba en una jarra con agua. ¿Cuánto tiempo? Desde el aniversario pasado, me parece. Y bueno, ya no estoy en esos detalles, uno se va achanchando a medida que avanza la relación, se relaja demasiado quizás. Eso no tiene importancia ahora; se acordó de mí, tuvo un gesto romántico, listo, a disfrutar de las pequeñas cosas. No podía disimular su alegría; y pensar que con tan poco puedo hacerla feliz a mi mujer, debería intentarlo más seguido, claro que me tengo que acordar para eso, se verá. A pesar de nuestras discusiones, nuestros olvidos, nuestros defectos, nos seguimos queriendo. Capaz que no de la misma forma que al principio, es un amor más estable, sin tantos altibajos, sin tanta adrenalina, pero es amor al fin, que se construye día a día cual si fuera una casa, ladrillo por ladrillo.
BARRETO
La semana pasada sucedió algo inesperado. Yo salía de la oficina, llovía intensamente, como si fuera a acabarse el mundo; ella estaba allí, sin paraguas, esperando que algún taxi se dignara a llevarla, pero no, ninguno paraba. Dudé unos segundos, luego me acerqué a ella y le ofrecí alcanzarla hasta su casa. Estaba parada bajo la lluvia, mientras aguardaba por un taxi. No había llevado el abrigo adecuado ese día: apenas un pilotín que mojaba más de lo que reparaba del agua. De repente lo veo a Mauro que viene hacia mi y me pregunta si quiero que me lleve; yo contesto que no, que espero un taxi, pero después de insistirle de que no era ninguna molestia, terminó aceptando. Caminamos hasta el estacionamiento, ese que queda a una cuadra de la empresa, yo la cubría con el paraguas mientras él quedaba con la cara al descubierto, solo para que yo no fuera alcanzada por la tormenta. Subimos a su automóvil, él prendía la calefacción, activaba el limpiaparabrisas, encendía la radio. Sorpresivamente, no estaba nervioso; más bien asombrado de la seguridad con que había resuelto tal situación. Parecía estar saliendo todo de maravillas, encima en la radio sonaba esa canción que tanto me gustaba. Yo le decía que la letra de la canción era poesía pura, y él me respondía que si, que no faltaban ni sobraban palabras, que todo estaba puesto allí por alguna razón. Ella cantaba y a mí se me venía el mundo abajo; su voz era una poción para mis oídos, no quería interrumpirla, se animaba a cantar conmigo, desafinaba en los estribillos, pero esa no era la cuestión, lo fascinante era que los dos, él y yo, compartíamos algo más que el lugar de trabajo, de una vez por todas, bajo esa lluvia invernal que no infundía temor sino esperanza y risas; porque esos chaparrones, que en cualquier otro día habrían sido motivo de malhumores e insultos al aire, ahora se convertían en la excusa perfecta para unir dos almas solitarias. Me indicó que doblara en la cuadra de la plaza, lo hice lentamente, con cuidado, estaba inundado y el agua acumulada en la calle llegaba a tapar casi por completo las ruedas del automóvil. Al llegar a su casa, Victoria tardó unos segundos en bajar, yo entonces abrí mi puerta y con el paraguas en la mano corrí hasta la suya, haciendo lo posible para que no se mojara. Me acompañó hasta la puerta de entrada, bien caballero el hombre; demoraba unos segundos en regresar a su automóvil, era una señal, debía ser una señal; me invitó a pasar, a tomar un café, algo caliente para combatir el frío. Saqué las llaves de la cartera, abrí la puerta, frotamos los calzados en la alfombra de la entrada, y al tiempo que ella prendía la estufa del living, yo revisaba los libros de la biblioteca.
Hoy llegó antes que yo a la oficina; claro que no lo vi hasta el mediodía (el jefe lo había mandado a una reunión), cuando entró por la puerta sonriendo y haciendo chistes, para luego darme un beso en la boca delante de todos, si, por primera vez delante de todos. Y si, porque al verla con ese vestido ajustado, con ese pelo suelto que flameaba con estilo y con esa boca tan suya, me dieron ganas de besarla y me dije: ¿por qué, no?, ya es hora de que todos lo sepan, y al que no le gusta que mire para otro lado. Me sonrojé un poco, y es lógico, no me esperaba que actuara así, no hacía ni dos meses que estábamos saliendo, creí que íbamos a esperar un tiempo, no, ¿para qué esperar?, ella me quiere, yo a ella, es lo que cuenta, el resto es puro decorado, simple adorno; me sorprendió con su reacción, pensé que le daba un poco de vergüenza, que prefería manejarse con cuidado, sus mejillas se pusieron coloradas, no creí que se fuera a poner así, ella es de esas mujeres que se muestran seguras ante el resto; después de la oficina me dijo que le había encantado el beso, menos mal, en un momento creí que me había equivocado, quizás apresurado, porque no me dirigió la palabra durante el resto del día; le dije que fue el beso más lindo que me habían dado y más inesperado también, que me disculpara si no le había hablado después de eso, él tenía que entender, estaba un tanto aturdida por la situación; ya estaba todo en orden, y para demostrárselo lo abrazaba, lo besaba, lo invitaba a cenar a casa, si, me cocinaría algo casero, para hacerme saber que no se había enojado, al contrario, estaba feliz, se lo repetía por si no me había escuchado, ¡estoy feliz!
Esta noche no tengo ganas de cocinar, estoy cansada, voy a pedir comida; que no se piense que voy a cocinar todos los días, al principio si, pero ya llevamos prácticamente dos años de convivencia, ya está, ya hice buena letra, ahora me quiero relajar un poco. Le digo no hay problema amor, llamá al delivery, el número lo dejé encima de la heladera, si, ahí. Me responde de una forma que no me hace gracia, no por lo que dice, más bien por su cara, por ese gesto que pone cuando me lo dice, como indicándome de que por esta vez si, porque es una excepción, que no me malacostumbre. Sigo mirando la televisión, como si no hubiese advertido la cara que puso cuando le dije donde estaba el número de la casa de comidas; pierde la paciencia con facilidad últimamente. No quiero discutir, por eso elijo callarme y buscar el teléfono para hacer el pedido, aunque ciertas actitudes suyas me enervan la sangre y quiero revolearle algo por la cabeza para que reaccione nomás. El otro día también me puso esa cara de pocos amigos, igual que recién; no recuerdo que le había dicho, pero no creo que haya sido tan tremendo para que se le soltara de ese modo la cadena, cerrando la puerta del cuarto con ese portazo. Deja todo tirado, no levanta la tapa del baño (se lo dije mil veces ya y lo sigue haciendo); no soy su sirvienta, lo tiene que entender; tampoco su madre, no puedo tratarlo como si fuese un nene porque no lo es. Ya no tiene una mirada tan positiva de todo, al punto de contagiarme esa mala energía, porque la mala vibra es así, funciona por medio de un efecto contagio del que es difícil mantenerse inmune. Ayer le pedí que nos sentáramos a hablar, que así no se podía seguir. Yo la miré y le dije que si, que nos debíamos una charla, no en ese momento, estaba cansado, el fin de semana, si, el fin de semana sería mejor.
A la tarde visitamos a mamá; Mauro me acompañó sin chistar esta vez; y claro, de qué sirve decirle que no tengo ganas de ir a la casa de su madre, que prefiero quedarme en casa viendo una película, si en definitiva voy a terminar yendo, y toda la discusión previa, ¿para qué?, es mejor ahorrar energías para los buenos momentos. Yo me doy cuenta de que tal vez no se muere por llevarme de mamá, pero valoro que lo haga, porque significa que resigna cosas por mí, que cede, y una pareja que dura es una pareja que cede. Y si, hay que ceder; en esta ocasión lo hago yo por ella, en la próxima lo hará ella por mi, es un ida y vuelta. Porque una pareja es esto: algunos momentos muy buenos, otros muy malos y el resto (la mayoría de los días) normales. El me lo dice siempre: lo más difícil en la vida es encontrar el equilibrio, y tiene razón, la felicidad absoluta no existe, así que conformémonos con aquellos instantes en que creemos que somos felices y que durarán por siempre. Últimamente no se le da por poner esas caras que tanto me irritan; bah, en realidad, a veces las pone, pero no tanto, o capaz que ya me acostumbré, que se yo. El otro día me regaló un ramo de flores, y eso que faltaban tres meses para nuestro aniversario. Llegó a casa con el ramo en la mano y yo no salía de mi asombro. En una época le regalaba flores todas las semanas. Lo hacía porque lo sentía, no por el simple hecho de buscar agradar. Las compraba generalmente en el mismo lugar, a unas cuadras del departamento de mi hermano. Justamente el sábado lo fui a visitar a Gonzalo, y al pasar por el puesto, casi de casualidad, me dije que sería una buena idea, que hacía tiempo que no la sorprendía con algo de ese tipo. ¿Cuánto hacía que no me regalaba unas rosas?, me preguntaba mientras las colocaba en una jarra con agua. ¿Cuánto tiempo? Desde el aniversario pasado, me parece. Y bueno, ya no estoy en esos detalles, uno se va achanchando a medida que avanza la relación, se relaja demasiado quizás. Eso no tiene importancia ahora; se acordó de mí, tuvo un gesto romántico, listo, a disfrutar de las pequeñas cosas. No podía disimular su alegría; y pensar que con tan poco puedo hacerla feliz a mi mujer, debería intentarlo más seguido, claro que me tengo que acordar para eso, se verá. A pesar de nuestras discusiones, nuestros olvidos, nuestros defectos, nos seguimos queriendo. Capaz que no de la misma forma que al principio, es un amor más estable, sin tantos altibajos, sin tanta adrenalina, pero es amor al fin, que se construye día a día cual si fuera una casa, ladrillo por ladrillo.
BARRETO
sábado, 19 de septiembre de 2009
Carta a un amigo en Capilla del Monte
Buenos Aires, 19 de Septiembre de 2009
*
Si dejo de ser facilista, conformista y extravagante, pierdo ese olor a puerto que despiden mis fauces. Si empiezo a ser oblicuo, contestatario y sencillo, gano en amor. De todas formas, no voy a dejar ni empezar a ser, porque ya soy… esto es lo que piden, esto es lo que les doy: mi persona y mi sombra. Mi persona, a todo el mundo. Mi sombra... a unos pocos.
*
Lanús quedó como la dejaste: ese pozo infecundo, ese turbio escenario donde se desplaza la masa inerte sin dejar huella. Hace poco que te fuiste, pero ya deben haber levantado unos diez o quince edificios más… ¡esos hijos de puta están sepultando los barrios con sus torres! Antes no se sentía la transición entre Valentín Alsina y la Estación, hoy salgo de casa en remera pero con un pulóver en mano, porque se que cuando baje del bondi me voy a cagar tanto de frío como si estuviera en Balvanera. Iberlucea fue calle de quinceañeras, pero ahora se la denomina “Las Lanusitas” (obviamente, pretenden emular a la zona más paquete de Lomas). Creéme, más que asco, da bronca. No se puede estar tranquilo… ¡hasta el sentido de pertenencia nos quitaron!
Ruego al universo que te hayas llevado la fotografía del Viejo Lanús. A este paso, no me sorprendería que encierren en jaulas a los personajes autóctonos –tales como Hugo, Puchito, Travolta, el Hombre-huevo y otros tantos más- para exhibirlos en esas ferias berreta que brinda cada tanto la Municipalidad. El Jefe es para mí lo que un oso panda es para los japoneses. Me da gusto verlo, cuando lo cruzo, porque es una excelente persona, pero a la vez me produce una angustia tremenda porque lleva consigo la insignia del barrio (barrio que ya no existe).
Y si, me cansé de escuchar tantas boludeces: “es impresionante como está creciendo Lanús”. Pero ¿de qué crecimiento hablan? Lanús creció en número, pero por lo demás cada vez está peor. Me contentaría con que no vengan más “extranjeros” y que el crecimiento sea cosa individual. En definitiva, otra de mis utopías…
*
Estoy comiendo un cigarrillo tras otro, mientras escucho a Tom Waits (que va a hacer que reviente mi corazón), el moco es que en el breve intervalo entre tema y tema se alza el rumor de una música colombiana que se siente como un dedo en el culo ¡Tom Waits! Creo que te hablé de él hasta el hartazgo… es mi nuevo Jesús. Me recuerda a esas noches en “el bar de Beba” -el último bar- donde jugábamos a analizar (casi con rigor científico) el cuadro y la droga en particular bajo la que estaban sumidos los clientes. Eramos unos enfermos encantadores cuando prestábamos nuestra oreja a esos enternecedores cocainómanos que mangueaban puchos a mansalva, como si se hubieran escapado de un neuropsiquiátrico ¡Cómo reíamos cuando se rascaban la nariz y miraban a los costados como comadrejas! Los porreros eran todos “rollingas” que hacían señas extrañas, danzas rituales y patéticas teatralizaciones de las canciones vacías que escupía la rocola. Las mujeres, la mayor parte a mediohacer, eran como un collage de resacas de domingo a la espera de un poco de diversión... Todo un acontecimiento era encontrar una mujer entera en esa cervecería ¡Por todos los santos! ¿Qué mierda hacíamos en ese antro? Era un barsucho de mala muerte, atestado de amanecidos, minas servidas en bandeja y, ahí detrás, la misteriosa simpatía de Beba y su eterna sonrisa. Creo que nos gustaba ver la otras caras de la noche, lo que no conocíamos, ser parte por momentos de lo ajeno. Supongo que, inconscientemente, nos encerrábamos en las muertes de las noches porque era (el bar de Beba) escenario de magníficas charlas filosóficas: crecimos mucho ahí dentro.
*
Me estoy yendo de mi centro, te escribía para saber cómo estabas y terminé haciendo un terrible tango con todo lo que se perdió. Me resulta gracioso el hecho de que cuando estabas a diez minutos de mi casa, quizá pasábamos meses sin siquiera telefonearnos. Ahora, que hace sólo un par de semanas que te fuiste, estamos como unas "carmelitas descalzas" recordándonos cuánto nos queremos y las tantas ganas que tenemos de vernos. Pero, bueno, es un escollo de la distancia: los medios de comunicación cada vez son menos humanos (de paso, te recomiendo que leas “El asesino” de Ray Bradbury, está en "Las doradas manzanas del sol", te va a encantar). Cara a cara –o como se dice ahora por estos pagos: Face to face- podemos valernos de otras demostraciones, no intencionales, implícitas accidentalmente.
*
Ya te conté como anda mi vida personal: estoy siguiendo una rutina que aterra; no por ser rutina, sino porque sea justo yo el que la siga. Sólo me quedó atragantado esto de ilustrarte el nuevo paisaje con mis armas (las palabras). Lo hago para darte fuerzas desde acá, para que te quedes tranquilo, para que te convenzas sobre tu elección de vida. Fue la decisión más acertada que podrías haber tomado. Como ya te dije, podría ser egoísta y garabatear un dibujo para que sigamos yirando por ahí, pero es un capítulo que cerró: cumplió su ciclo. Vos estás bien en tu nuevo lugar, que no importa sí es permanente o de paso. Me llena de orgullo que hayas tenido los huevos para tomarte el palo solo a hacer vida de montañés... ¡ni por capricho lo haría! Tenés que disfrutarlo.
Me voy despidiendo, porque tengo otras cosas que hacer y, además, no va a faltar oportunidad de volver a escribirnos. Este verano nos estaremos viendo, seguramente voy con el Jefe para allá.
*
Un fuerte abrazo,
*
*
PD: Abro la carta con un fragmento del libro “On the road” (En el camino) que no puede describir de mejor manera el estado en el que me encuentro. Pertenece al capítulo cuarto de la segunda parte. Se que te llevás como el culo con el inglés, así que me atrevo a traducirlo: “Me gustan demasiadas cosas y me confundo y altero corriendo detrás de una estrella fugaz a otra hasta que caigo. Así es la noche, lo que te produce. No tengo nada que ofrecer a nadie excepto mi propia confusión.”
*
"… I like too many things and get all confused and hung-up running from
one falling star to another till I drop. This is the night, what it does to you.
I had nothing to offer anybody except my own confusion."
Jack Kerouac
*
¿Qué hacés, hermano? Acá las cosas están más que bien. Vos me entendés, así se estila decir en las grandes ciudades cuando todo está para la mierda. Sólo que esa expresión alude, en guisa un tanto oscura, a la constancia. Sería, más o menos, como decir “está todo como siempre, está todo como el orto”; pero también sabrás comprender que, viviendo en este agujero, uno no puede –o no quiere- desarraigarse de ciertas costumbres por más estúpidas que resulten. Podría ahorrarme el paso de hacer una vaga traducción de las muletillas que empleo, valiéndome de determinadas aclaraciones a continuación de éstas, pero de esa manera estas líneas no serían más que eso: sólo líneas. Las muletillas le dan el “aire” argentino (que debe permanecer intacto), aunque las aclaraciones se lo quitan… se las quedan mirando como diciendo “no pueden ser más que lo que son”. Qué paradoja hablar de “aire argentino”… ¿alguna vez nos sentimos argentinos?*
Si dejo de ser facilista, conformista y extravagante, pierdo ese olor a puerto que despiden mis fauces. Si empiezo a ser oblicuo, contestatario y sencillo, gano en amor. De todas formas, no voy a dejar ni empezar a ser, porque ya soy… esto es lo que piden, esto es lo que les doy: mi persona y mi sombra. Mi persona, a todo el mundo. Mi sombra... a unos pocos.
*
Lanús quedó como la dejaste: ese pozo infecundo, ese turbio escenario donde se desplaza la masa inerte sin dejar huella. Hace poco que te fuiste, pero ya deben haber levantado unos diez o quince edificios más… ¡esos hijos de puta están sepultando los barrios con sus torres! Antes no se sentía la transición entre Valentín Alsina y la Estación, hoy salgo de casa en remera pero con un pulóver en mano, porque se que cuando baje del bondi me voy a cagar tanto de frío como si estuviera en Balvanera. Iberlucea fue calle de quinceañeras, pero ahora se la denomina “Las Lanusitas” (obviamente, pretenden emular a la zona más paquete de Lomas). Creéme, más que asco, da bronca. No se puede estar tranquilo… ¡hasta el sentido de pertenencia nos quitaron!
Ruego al universo que te hayas llevado la fotografía del Viejo Lanús. A este paso, no me sorprendería que encierren en jaulas a los personajes autóctonos –tales como Hugo, Puchito, Travolta, el Hombre-huevo y otros tantos más- para exhibirlos en esas ferias berreta que brinda cada tanto la Municipalidad. El Jefe es para mí lo que un oso panda es para los japoneses. Me da gusto verlo, cuando lo cruzo, porque es una excelente persona, pero a la vez me produce una angustia tremenda porque lleva consigo la insignia del barrio (barrio que ya no existe).
Y si, me cansé de escuchar tantas boludeces: “es impresionante como está creciendo Lanús”. Pero ¿de qué crecimiento hablan? Lanús creció en número, pero por lo demás cada vez está peor. Me contentaría con que no vengan más “extranjeros” y que el crecimiento sea cosa individual. En definitiva, otra de mis utopías…
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Estoy comiendo un cigarrillo tras otro, mientras escucho a Tom Waits (que va a hacer que reviente mi corazón), el moco es que en el breve intervalo entre tema y tema se alza el rumor de una música colombiana que se siente como un dedo en el culo ¡Tom Waits! Creo que te hablé de él hasta el hartazgo… es mi nuevo Jesús. Me recuerda a esas noches en “el bar de Beba” -el último bar- donde jugábamos a analizar (casi con rigor científico) el cuadro y la droga en particular bajo la que estaban sumidos los clientes. Eramos unos enfermos encantadores cuando prestábamos nuestra oreja a esos enternecedores cocainómanos que mangueaban puchos a mansalva, como si se hubieran escapado de un neuropsiquiátrico ¡Cómo reíamos cuando se rascaban la nariz y miraban a los costados como comadrejas! Los porreros eran todos “rollingas” que hacían señas extrañas, danzas rituales y patéticas teatralizaciones de las canciones vacías que escupía la rocola. Las mujeres, la mayor parte a mediohacer, eran como un collage de resacas de domingo a la espera de un poco de diversión... Todo un acontecimiento era encontrar una mujer entera en esa cervecería ¡Por todos los santos! ¿Qué mierda hacíamos en ese antro? Era un barsucho de mala muerte, atestado de amanecidos, minas servidas en bandeja y, ahí detrás, la misteriosa simpatía de Beba y su eterna sonrisa. Creo que nos gustaba ver la otras caras de la noche, lo que no conocíamos, ser parte por momentos de lo ajeno. Supongo que, inconscientemente, nos encerrábamos en las muertes de las noches porque era (el bar de Beba) escenario de magníficas charlas filosóficas: crecimos mucho ahí dentro.
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Me estoy yendo de mi centro, te escribía para saber cómo estabas y terminé haciendo un terrible tango con todo lo que se perdió. Me resulta gracioso el hecho de que cuando estabas a diez minutos de mi casa, quizá pasábamos meses sin siquiera telefonearnos. Ahora, que hace sólo un par de semanas que te fuiste, estamos como unas "carmelitas descalzas" recordándonos cuánto nos queremos y las tantas ganas que tenemos de vernos. Pero, bueno, es un escollo de la distancia: los medios de comunicación cada vez son menos humanos (de paso, te recomiendo que leas “El asesino” de Ray Bradbury, está en "Las doradas manzanas del sol", te va a encantar). Cara a cara –o como se dice ahora por estos pagos: Face to face- podemos valernos de otras demostraciones, no intencionales, implícitas accidentalmente.
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Ya te conté como anda mi vida personal: estoy siguiendo una rutina que aterra; no por ser rutina, sino porque sea justo yo el que la siga. Sólo me quedó atragantado esto de ilustrarte el nuevo paisaje con mis armas (las palabras). Lo hago para darte fuerzas desde acá, para que te quedes tranquilo, para que te convenzas sobre tu elección de vida. Fue la decisión más acertada que podrías haber tomado. Como ya te dije, podría ser egoísta y garabatear un dibujo para que sigamos yirando por ahí, pero es un capítulo que cerró: cumplió su ciclo. Vos estás bien en tu nuevo lugar, que no importa sí es permanente o de paso. Me llena de orgullo que hayas tenido los huevos para tomarte el palo solo a hacer vida de montañés... ¡ni por capricho lo haría! Tenés que disfrutarlo.
Me voy despidiendo, porque tengo otras cosas que hacer y, además, no va a faltar oportunidad de volver a escribirnos. Este verano nos estaremos viendo, seguramente voy con el Jefe para allá.
*
Un fuerte abrazo,
*
Sanrod.
*
PD: Abro la carta con un fragmento del libro “On the road” (En el camino) que no puede describir de mejor manera el estado en el que me encuentro. Pertenece al capítulo cuarto de la segunda parte. Se que te llevás como el culo con el inglés, así que me atrevo a traducirlo: “Me gustan demasiadas cosas y me confundo y altero corriendo detrás de una estrella fugaz a otra hasta que caigo. Así es la noche, lo que te produce. No tengo nada que ofrecer a nadie excepto mi propia confusión.”
A llorar a la iglesia
Señora mía, pido un momento para decir algo en mí defensa, si me es posible, y antes que nada, por supuesto alego i-no-cen-cia... debería comenzar diciendo que, realmente, pudo haber parecido que yo lo hice, es más, todas la pruebas apuntan hacia mi, pero no hay nada más alejado de la realidad.
¿Quién, dígame, podría ser capaz de semejante acto de mala fe?
Desde luego que yo no. Yo no podría...bueno podría pero no lo haría… desde luego, desde luego… Más aún sabiendo lo que usted me advirtió anteriormente ¿no?
Digo... ¿Qué clase de rufián sería yo? ¿Qué bárbaro indómito y osado, valiente por demás y apuesto…? Disculpe me dejé llevar… de todos modos, sabe usted muy bien que eso nunca estuvo en un lugar muy seguro que digamos y, muy a mi pesar, debo librarme, al menos, de esa culpa. Pero ¿Quién decide quién es culpable y quién no? Jajaja...
A lo que voy con esto es: no nos echemos culpas... ya… ¡YA lo dijo Luis Miguel!
No culpes a la playa ni a la lluvia ni a la noche ni a… mí que es lo importante ¿no?
…
Tal vez… es posible. Puede ser que yo accidentalmente haya golpeadoconmicodoelobjetoencuestióneinevitablementehaya-caídodesdeunaalturaconsiderableporlocualindefectiblementehayaquedado-
hechoañicos... (recupera el aire)
¡Pero juro que fue sin querer...!
(Se aclara la garganta) Sin embargo entiendo que mis acciones merecerían un castigo ya que su... coso... era muy valioso ¿debo asumir? y dígame; ¿De qué manera, yo, podré resarcirla por lo acontecido? Digo… si un “perdón” no le basta. Porque a mí me sobraría con una mirada. Míreme; ¿éstos son los ojos de un maleante? ¿Acaso no ve arrepentimiento infinito en ellos?
Ah…
Con que esas tenemos... encerrado. ¿¿Un mes??... ¿no le parece excesivo? Es que creo que no fue tan... sí, ya sé. ¿Pero no podría ir...?
En serio es usted muy cruel, ¿lo sabía?
!¿Cómo puede hacerme esto?¡
En serio…¡Mamá, no! Yo quería ir... ¡Vos me dijiste! (berrinche)
¿Quién, dígame, podría ser capaz de semejante acto de mala fe?
Desde luego que yo no. Yo no podría...bueno podría pero no lo haría… desde luego, desde luego… Más aún sabiendo lo que usted me advirtió anteriormente ¿no?
Digo... ¿Qué clase de rufián sería yo? ¿Qué bárbaro indómito y osado, valiente por demás y apuesto…? Disculpe me dejé llevar… de todos modos, sabe usted muy bien que eso nunca estuvo en un lugar muy seguro que digamos y, muy a mi pesar, debo librarme, al menos, de esa culpa. Pero ¿Quién decide quién es culpable y quién no? Jajaja...
A lo que voy con esto es: no nos echemos culpas... ya… ¡YA lo dijo Luis Miguel!
No culpes a la playa ni a la lluvia ni a la noche ni a… mí que es lo importante ¿no?
…
Tal vez… es posible. Puede ser que yo accidentalmente haya golpeadoconmicodoelobjetoencuestióneinevitablementehaya-caídodesdeunaalturaconsiderableporlocualindefectiblementehayaquedado-
hechoañicos... (recupera el aire)
¡Pero juro que fue sin querer...!
(Se aclara la garganta) Sin embargo entiendo que mis acciones merecerían un castigo ya que su... coso... era muy valioso ¿debo asumir? y dígame; ¿De qué manera, yo, podré resarcirla por lo acontecido? Digo… si un “perdón” no le basta. Porque a mí me sobraría con una mirada. Míreme; ¿éstos son los ojos de un maleante? ¿Acaso no ve arrepentimiento infinito en ellos?
Ah…
Con que esas tenemos... encerrado. ¿¿Un mes??... ¿no le parece excesivo? Es que creo que no fue tan... sí, ya sé. ¿Pero no podría ir...?
En serio es usted muy cruel, ¿lo sabía?
!¿Cómo puede hacerme esto?¡
En serio…¡Mamá, no! Yo quería ir... ¡Vos me dijiste! (berrinche)
Mini monólogo por da rabbit.
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