miércoles, 23 de septiembre de 2009
Agonía
La imaginación funcionaba, en aquella situación, como único refugio ante el incansable dolor, que lo perseguía día y noche para recordarle su mortalidad; pero él no necesitaba de aquel recordatorio; desde su juventud la muerte se interponía en su vida, llevándose a sus seres queridos, quitándole de a poco las ganas de seguir adelante; sin embargo, había recorrido un trecho tanto más largo del que había previsto 30, quizás 40 años atrás. No sabía exactamente que era lo que lo había movido a permanecer tanto tiempo en este mundo; no era su fe, por lo pronto; si bien había asistido cuando chico a un colegio católico, nunca le había interesado demasiado la religión. Se quedaba dormido en las clases de catecismo unas veces; otras, jugando a la pelota a unas cuadras de su casa. En fin, siempre había creído que en aquel instante en que el cuerpo dijera basta, ninguna religión sería capaz de acercar una solución al respecto.
Ya no estaban sus hijos alrededor suyo. Pero, para su sorpresa, no estaba solo. Una voz femenina le susurraba al oído. Le decía que lo amaba, que desde que nació supo que sería su hijo preferido. El buscaba la palabra adecuada para esa anciana que lo había parido, mas sobraba decir algo. La anciana le tapaba la boca dulcemente, con esas manos arrugadas, de pellejo flojo, y le besaba la frente. El la contemplaba con ojos resignados, cual si quisiera darle a entender que no valía la pena resistir, no en ese estado, no en esa cama que le hacía doler la espalda, no en ese hospital con ese olor nauseabundo. Ella no le hacía caso; al fin y al cabo, era su madre y no podía alentar a su hijo a abandonarse de esa manera. Por eso esta vez no podía apoyar su decisión. Es más, casi que le indignaba aquella actitud pasiva, un tanto cobarde.
_ ¿Como te sentís Mario?
_ Un poco mejor, no te preocupes.
_ ¿Cómo no querés que me preocupe, hombre? No te ves nada bien. Casi no tocas la comida, prácticamente no hablás…
_ ¿No querés ir a casa a descansar un poco?
_ Prefiero quedarme acá con vos, haciéndote compañía. ¿Te molesta que me quede con vos? Decímelo y me voy.
_ No, mujer. No exageres. Vení, sentate, estás incómoda ahí parada.
Su esposa se sentó en la silla ubicada al lado de la cabecera de la cama. Mario la observaba beber una botella de agua, no pudiendo reconocer en esa mujer que ahora le apretaba la mano y lo tapaba con las sábanas para que no tomara frío, a esa otra con la que se había casado 50 años atrás. Esa imagen lo angustiaba de manera tal que apartaba bruscamente sus ojos hasta detenerlos en el techo de la habitación. Buscaba en el cielorraso alguna mancha en la que concentrarse, acaso deseando olvidar rápido esa horrorosa escena. No tanto por su mujer, claro está; más bien, por él. ¿Cómo se vería él entonces? ¿Cómo lo verían los demás? ¡Como a un pobre tipo, carajo!; no, no, en ese estado no era posible continuar. Algún recuerdo, la imaginación, algo, si, algo, que lo arrancara de ahí y le diera una miguita de calma. Tal vez la muerte. ¿Por qué no? Tal vez.
Viajaba en el tiempo para reencontrarse con esa perrita callejera que lo había acompañado durante su niñez; si, nada menos que 10 años, hasta que quedó aplastada por la rueda de aquel camión. Le tiraba la pelota, ella corría, saltaba para atraparla, el sonreía, comprobaba que la agilidad de su mascota estaba intacta, que sus ojos, un tanto achinados pero vivaces, seguían brindándole esa paz que creía haber perdido hacía tiempo. Necesitaba que su perra estuviese ahí con él, en el hospital, entonces la alzaba, le daba algunas instrucciones para que no molestara a los demás pacientes (menos aún a sus familiares y a los médicos) y la dejaba corretear por la habitación. En algún momento hacía mucho ruido, más del aconsejado en un lugar así, y era en ese instante cuando Mario lanzaba una mirada apenas correctiva, y la perrita se acostaba junto a la puerta del dormitorio, en silencio, apoyando su babosa trompa sobre el suelo. De pronto, escuchaba que alguien se acercaba por el pasillo, y pensaba que venían a retarlo por la conducta de su perra. Aunque él, anticipando la situación, ya había preparado una respuesta contundente para aquel acechante reclamo: Tiene razón, es un poco revoltosa, pero es fiel como ninguna. Le prometo que se va a quedar quietita ¿Verdad que si, Manchita? Si no funcionaba esa táctica, habría que sacar un plan B de la galera; algo así como: es lo único que tengo, por favor, déjela quedarse, al mismo tiempo que un par de improvisadas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
_ ¿Cómo se encuentra, Mario?, preguntó la enfermera con tono amistoso.
_ En mi mejor momento. ¿No parezco un pibe acaso?
La enfermera no contestó, sintiéndose seguramente ofendida por su humor sarcástico. El, advirtiendo lo poco atinadas que habían sido sus palabras, trató de recomponer la charla.
_ Es probable que le parezca un viejo frío y odioso. Puede ser que lo sea. Pero no he sido toda mi vida así, eh. Me fui insensibilizando de a poco. Acostumbrándome con los años a toda esta mierda.
_ Usted ahora tiene que preocuparse por descansar. Nada más. Relájese y no piense en cosas feas.
_ No puedo dejar de pensar, querida. Las ideas se me amontonan, desordenadas, caprichosas, van y vuelven cuando quieren. Y lo peor es que no se achican ante el dolor. Se reproducen todo el tiempo, para joderme en las pocas horas que me quedan.
La joven tomó cuidadosamente su brazo y le aplicó una inyección. Quizás de esa forma podía descansar un rato.
Dormía, despertaba, había alguien en el cuarto además de él, en una cama parecida a la suya, con cables y aparatos por todos lados, no podía distinguir su cara, pero si su voz, era su voz, su inconfundible voz, esa que le repetía que tenía que seguir estudiando, que no se juntara con esos vagos, que si no fuera por su madre le hubiese metido una patada en el culo, mas el no quería escuchar, no en ese estado, ya había pasado mucho tiempo, no estaba para aguantar a nadie, se cubría los oídos con la almohada, ¿por qué tenía que soportar eso?, de ninguna manera, de ninguna manera.
El hombre recostado a su lado, preguntó:
_ ¿Necesita algo? Se lo nota muy afiebrado.
Se contuvo para no responder ácidamente, con esa ironía que se hacía carne en su cuerpo.
_ Le agradezco. No hay nada que pueda hacer por mí. Mucho gusto, Mario.
_ El gusto es mío. Mi nombre es Domingo. Por el general, vio. En casa éramos todos peronistas.
Lo seguimos siendo, en realidad.
_ ¿Ah, si? Y digame una cosa (sin poder manejar su temperamento). ¿Qué mierda significa ser
peronista hoy en día? Porque, una de dos: ¿O me volví pelotudo de viejo o me quieren hacer pasar por pelotudo?
_ No se enoje hombre. Si sabía que se iba a poner así, le decía que me llamaba Hipólito.
_ ¿Hipólito? Ah, mire que bien. Parece que es especialista en elegir nombres usted. Hipólito… El peludo tampoco se salva eh.
_ Pero con usted no se salva nadie.
_ Y claro. Si son todos iguales. Pensándolo bien, uno solo merece mi respeto.
_ A ver, diga. Vamos hombre, diga.
La entrada del médico interrumpió el diálogo. Mientras le realizaba una serie de exámenes a Mario, le indicaba al otro paciente que aguardara unos minutos, que en breve sería atendido.
_ No puedo más doctor. ¿Por qué no me da algo para dormir y no despertar más? Es en vano tanto esfuerzo.
_ Vamos, Mario, piense en su familia que está sufriendo por usted. Ponga un poco de voluntad.
_ ¿Están afuera, ahora?
_ Si, están su mujer y sus hijos. ¿Falta alguien?
_ El hijo de puta de mi ex jefe. ¿Puede creer que ni se dignó a pasar, aunque sea de compromiso, ese cretino? Trabajé 20 años como un esclavo en su empresita de cuarta. Así es la gente, doctor. Lo usan a uno hasta que no sirve más. Te exprimen, te sacan todo el jugo que tenés y después se cagan en vos. ¿Para qué sirve vivir de esta manera, doctor? Explíquemelo usted, porque yo, a mi edad, no lo entiendo todavía.
El doctor se retiraba pero los dolores seguían ahí, cada vez más punzantes, cada vez más frecuentes. No encontraba posición en la cama que le brindara un mínimo reposo. Y aunque su estadía en el hospital se veía convertida en un calvario, su lucidez se mantenía firme. Por lo menos, así lo creía él. Siempre había pensado que cualquier persona, en una situación semejante a la suya, perdería la razón, comenzaría a desvariar, a decir estupideces, pero no ocurría eso con él: sus pensamientos se acumulaban constantemente en su cabeza, como si persiguieran un solo objetivo: demostrarle que estaba vivo, que la gente que lo quería de veras merecía que peleara contra la muerte, pero no, no era justo ese argumento, no era justo que lo acusaran de cobarde, si tan solo supieran lo que él estaba sufriendo, si tan solo supieran el agujero que se siente en el corazón cuando se sabe que se está a punto de desaparecer y vivir no ha valido la pena, no en este mundo tan podrido, lleno de ratas escondidas bajo trajes caros, repleto de mierda, de basura que nos llega hasta el cuello.
Una mujer de cara angular y cuerpo voluptuoso caminaba hasta su cama y le tendía la mano; luego de levantarse enérgicamente, Mario rozaba su mano, la estrechaba y se dejaba llevar. En cuestión de segundos aparecían en una isla desierta, cubierta de arena y de palmeras, de cocos y de flores. El solo hecho de estar allí, alejado de la telaraña de la civilización, lo llenaba de esperanzas, cual si desde aquel pequeño lugar pudiese cambiar el mundo, como si desde aquel pedazo de tierra volviese a nacer.
BARRETO
sábado, 8 de agosto de 2009
Contrarreloj
si no corremos y llegamos antes y
comprendemos que ya no importa” *
Julio Cortázar
*
*
Son las 19:43 y Bruno putea entre dientes, porque revisó hasta el más recóndito lugar de su casa
y, no hay caso, no encuentra las llaves. Se repite constantemente, a modo de fijarlo en su cabeza: “A las ocho en punto, en la fuente de la Estación”. Esa muchacha tan simpática, que había conocido el sábado pasado, estaría esperándolo y, sin más remedio, sale a la calle. Cómo entrar a casa a la vuelta… ¿a quién le importa, mientras alguien espera?*
Cuando se encuentra en apuros tiene la sensación de que el jorobado, que aceita los engranajes que mueven al mundo, rehusó de su tarea para echarse sobre un pozo que se amolde a su camélida anatomía. ¿Alguien puede culparlo? ¿Acaso éste no puede abusar de sus momentos de ocio? ¿Quién va a castigarlo por ello?
Son, sea minutero o segundero, estoques cual gladiador se valdrá para amainar las tormentas (encarnadas en arrugas) que arrastra el insoluble espejismo del tiempo presente. Tal figuración violenta su charco gris, lo desplaza de su eje. Es evidente: él está a contratiempo. Tan evidente como las tantas criaturas de pasos pesados que apuntalan el cemento con desdeñoso frenesí y como las tantas otras brisas que acarician las ramas del palisandro. Es aun más evidente, cuando las nubes se entrelazan ofreciendo, en el cielo, un espectáculo digno del sello dantiano, correspondiéndose, a su vez, con su intermitente pulso. Las nubes a mil, su corazón a mil y la ciudad en reposo bajo un trance hipnótico…
*
Entretanto, Celeste aguarda en la fuente. Se relame los labios y balancea su cabeza en busca del pibe que tan responsable se mostró unos pocos días atrás. “Son todos iguales, les demostrás un poquito de interés y cagaste”, masculla enfurecida. Mal o bien, se permite cederle unos minutos más: “quizá le haya pasado algo”.
*
Bruno conoce lo que le espera. Cada uno de sus movimientos se ajusta a una rigurosa revisión matemática: metódica, cruel, lapidaria. Son, los segundos, caníbales despiadados que atosigan su planta. Gotas de sudor manan de su frente como ríos de sal. Todo un sacrificio para que vaya a su encuentro un gélido y punzante “llegaste tarde”.
*
martes, 4 de agosto de 2009
Situación límite
Esperó unos segundos el resultado del evatest. Temblando. Más nerviosa que cuando rendía sus exámenes orales. ¡Por favor, que no de positivo! Era en vano. Estaba embarazada.
Observó de nuevo el resultado. No podía ser cierto. No podía tener tanta mala suerte.
No había caso. Lo hecho, hecho estaba.
Ahora lloraba. Desconsoladamente. Las lágrimas caían de sus ojos como lluvia.
Todo su mundo parecía venirse abajo en un instante. Todos sus sueños, sus planes, tirados a la basura. ¿Qué haría ahora? ¿A quién contárselo? Sus padres la mirarían con desprecio. Como si fuera una puta. ¡Dios mío! ¿Qué hice?
Decidió no pensar más. Hacer como si no hubiese pasado nada. Salió del baño, directo para su cuarto. Se puso un jean, dos remeras, un pulóver. Faltaban las zapatillas. ¿Dónde las había dejado? Ah, en el living. Las había dejado el día anterior, después de llegar de la facultad.
Tomó una de las lapiceras amontonadas al lado del teléfono de la cocina. Sobre un papelito, escribió: Ma, no me esperes para comer. Fui a estudiar de Flor.
Cerró la puerta del garage con llave. Una vez en la calle, se dejó llevar. Necesitaba un poco de aire puro. Si es que se le puede llamar aire puro a esto, murmuró en voz baja, luego de fumarse el caño de escape de un colectivo de línea.
Caminaba sin rumbo, con el cuerpo liviano y la mente en blanco. Por lo menos, eso intentaba. Vaciar su cabeza, no pensar en nada, solo caminar.
Se detuvo en un puesto de diarios. Luego de hojear algunas revistas, compró una de tapa dorada. Sacó cinco pesos de su cartera y se los dio al diarero. Siguió camino.
Al cruzar la calle, sintió una vibración en uno de los bolsillos del pulóver. Miró su celular: tenía dos llamadas perdidas. No tenía ganas de responder. No estaba para nadie. Ni siquiera para su novio.
Sin darse cuenta, hacía unos segundos que estaba parada en el medio de la calle. Los automovilistas la esquivaban, le tocaban bocina, le gritaban. Pero ella no reaccionaba. Era como si no estuviera ahí. Como si su cuerpo y su mente se hubiesen separado. Su cuerpo estaba ahí, pero su mente volaba por otro lugar. De repente, volvió en si. Un taxista le hacía gestos con la mano para que se corriera. Un chico de su edad le ayudaba a cruzar la calle y le decía:
- ¿Estas bien? ¿Te pasó algo? ¿Querés que te compre una botella de agua?
Ella respondía que estaba bien, que solo se había mareado un poco. Y luego de agradecerle al chico su gesto, seguía caminando, con la cara fría y las manos entumecidas.
Se detuvo en una confitería. Necesitaba comer algo. Desde la noche anterior no probaba bocado. El estómago parecía habérsele cerrado. Quizás comiendo algo se me aclaren un poco las ideas, se dijo para si misma.
Se sentó en una de las mesas cercanas a la ventana. Luego de pedir un café con medialunas, sus ojos quedaron detenidos en la gente que pasaba por la vereda. Un niño le pedía a su madre que le comprara un juego de computadora. La zamarreaba del tapado, casi llorando, con la cara colorada y el pelo alborotado. Pero la madre no cedía. Seguía caminando, al mismo tiempo que hablaba desde su teléfono celular. Un viejito pasaba arrastrando un bastón. Aunque le costaba infinitamente cada paso, su esfuerzo era admirable. Y conseguía su objetivo. Con un poco de voluntad todo se puede lograr, pensó.
Ahora su atención se concentraba en una mujer embarazada. Un muchacho que iba de la mano junto a ella, le acariciaba y besaba la panza. Una sensación de ternura le subió por todo el cuerpo. Ya no sentía angustia. Tampoco temor. La posibilidad de tener un hijo debía ser recibida como una bendición. No importaba lo que pensaran sus padres ni su novio. Lo tendría sola, si fuera necesario.
El café con las dos medialunas ya estaba en la mesa. Se quitó el pulóver y devoró su desayuno en tiempo récord. ¿Cuándo le daría la noticia a sus padres? ¿Y a su novio? ¿A quién decírselo primero? Dudaba; luego se sonaba los dedos y se estiraba contra el respaldo de la silla. Lo más justo era que él lo supiese primero. En definitiva, siendo el padre del futuro bebé, tenía la prioridad. ¿Y si se enojara con ella? ¿Si no quisiera hacerse cargo del nene? No modificaba en absolutamente nada su decisión.
Aparte, ¿de qué la podía culpar? La responsabilidad era de ambos. En esos casos, siempre era así. Cincuenta y cincuenta. ¿Por qué el hombre debería ser menos responsable que la mujer?
En todo caso, la mujer es la más perjudicada. Porque el bebé crece en la panza de la mujer, no en la del hombre. Solo ella es la que sufre con los mareos, las nauseas, los cambios de ánimo. Y ni que hablar del dolor del parto. Mmm… El parto. Espero no sufrir mucho.
Una imagen iba ganando su pensamiento: ella, con la cara sudorosa y la piel arrugada, pujando con todas las fuerzas depositadas dentro suyo para dar a luz a su primer hijo. Un súbito escalofrío le heló los huesos. Todo va a salir bien. Hay que tener fe. Todo va salir bien, se repetía, notando que le temblaba el labio inferior de la boca. Otra vez el miedo volvía a jugarle una mala pasada. Intentó serenarse. Respiró profundo unas cuantas veces, pagó el desayuno, dejándole una propina al mozo, y salió de la confitería.
Buenos Aires lucía siempre igual a esa hora. Gente por todos lados, amontonada, llena de preocupaciones, apurada por llegar a equis lugar. Tan cerca y a la vez tan lejos de los demás. Cada uno en su mundo. Cargando con sus problemas, sus angustias, sus desdichas.
Necesitaba compartir su secreto con alguien antes de enfrentar a su novio. Paró un taxi con la mano y se subió en su parte trasera. Unos segundos atrás había pensado ir caminando hasta el departamento de su amiga, pero tardaría mucho. Y lo que tenía que contar ella era urgente.
Apoyó la cabeza en uno de los cabezales del auto. El taxista escuchaba un CD de folclore; ella recordaba.
Su novio y ella entrando en su casa; la cara de su madre desencajada; la de su padre indiferente. Ella sabía como eran las cosas, pero había decidido revertirlas. Conocía la opinión de su madre:
-Vos te mereces algo mejor, Vicky. No está a tu altura. ¿No te das cuenta?
También la de su padre:
- Dejala Elena, ya se va a aburrir. Son cosas de chicos. ¿Cuánto le puede durar ese pobrecito?
Y ahí estaba nuevamente la voz de su madre retumbando en sus oídos:
- Ni se te ocurra traerlo acá. No es bienvenido. Que lo sepa. Terminá esta relación cuanto antes que me estás dando un gran disgusto.
Su novio estaba ahí, transpirando. Y ella miraba con los ojos brillosos a su madre, buscando un poco de compasión. No, de compasión, no. De comprensión.
Pero Elena no modificaba su actitud y le decía a su hija, con la mirada rebasada de odio:
- Ni sueñes con que se quede a comer. ¿Le dejaste en claro lo que pienso de él?
- Pero mamá, ya hablamos de esto…
- Si, ya hablamos. Ya sabés lo que tenés que hacer. Me estás defraudando.
- Pero mamá, yo lo amo y…
- Dejá que hable con tu mamá Victoria, dijo su novio con la voz firme, seca.
Todos miraban atentamente al joven. Incluso el padre, que hasta ese momento parecía poco interesado por la conversación.
- Mire, señora, se lo digo con el mayor de los respetos. Yo la amo profundamente a su hija y no estoy dispuesto a perderla. No entiendo por qué me odia. Ni siquiera me conoce. Déme una oportunidad, al menos.
Elena no podía creer la insolencia del muchacho, su atrevimiento.
- No necesito conocerte. Porque conozco muy bien a la gente de tu clase. Se quieren salvar a toda costa. Y si lo pueden hacer engañando a una chica fina, bonita y de buenos modales, mejor aún.
- Disculpe señora, pero no le puedo permitir que diga eso. Que no venga de una familia de plata, no significa nada. No todos tienen esa suerte. Mis padres se han roto el alma para darme lo mejor. Y me han educado como a una persona honrada. Eso es lo que cuenta.
- ¿Cómo te atrevés a contradecirme en mi propia casa? No tenés nivel para mi hija. Metetelo en esa cabecita grasosa. Por favor, retirate de mi vista. Y no vuelvas a pisar esta casa.
- Pero mamá…
- Ni una palabra más. Con vos voy a hablar más tarde.
- Vos, papá, ¿no decís nada?; ¿te vas a quedar callado como siempre?
- Ya lo dijo todo tu madre, hija. ¿Para qué agregar algo?
El taxista estacionó frente al departamento de su amiga. Cruzó la calle, tocó el portero, planta baja, segundo.
Esperó unos segundos impaciente. Con la garganta contraída. Se movía de un lado a otro, formando un círculo con sus pasos ¡Al fin! Allí estaba Flor, con camisón, pantuflas y un rodete en el pelo. Al observar su cara, su amiga descubrió que algo andaba mal. Se conocían desde muy chicas; con solo mirarse sabían lo que estaba sucediendo.
-Que carita, nena. ¿Qué te pasa?
Victoria no alcanzó a contener sus lágrimas. Abrazaba a su amiga y lloraba.
Entraron al departamento. No había nadie; estaban solas. Podían hablar con tranquilidad. Pero las palabras no salían de su boca. Le costaba respirar. El corazón le palpitaba a gran velocidad.
- Por favor, Vicky. Decime que pasa. Me estás asustando.
- Estoy… estoy embarazada.
- ¿Embarazada?
- Si, no se que hacer. Sos la primera en saberlo.
- Pará, si vos siempre te cuidás, ¿cómo puede ser?
- La semana pasada no me cuidé. No sé donde tenía la cabeza. Ahora ya está.
- ¿Cuándo te hiciste el evatest?
- A la mañana temprano.
- Hagamos una cosa. Voy rápido hasta la farmacia de la esquina, compro otro y lo hacemos de nuevo.
- No hay caso. Estoy embarazada.
Su amiga se cambió en cuestión de segundos y salió por la puerta. Ella se quedó recostada en el sillón del living. Había varios diplomas allí. El título de abogado del padre de Flor (una copia debe ser; el original lo debe tener en el estudio); el de dermatóloga de la madre; un poco más arriba, aparecía el nombre de su hermano, acompañado de la palabra arquitecto.
Prendió la televisión. Cambiaba los canales sin prestar demasiada atención. Como si estuviera en otro lado.
Al oír las llaves de la puerta, se levantó de un salto. Su corazón se volvía a acelerar al notar que su amiga traía el evatest en su mano derecha.
Tomadas de la mano, entraron las dos juntas al baño. Mientras Victoria se sentaba en el inodoro, Flor apoyaba su cuerpo en la punta de la bañadera. Esperaron unos minutos.
- ¿Y? ¿Qué salió?
La cara de Victoria parecía despejar la duda que podía quedar.
- De nuevo una rayita. Estoy embarazada.
- ¿Cómo de nuevo una rayita? ¿A la mañana te salió una rayita también?
- Si, ¿por?
Una repentina carcajada brotó de las cuerdas vocales de Flor. Victoria pensó que su amiga se había vuelto loca, pero no. Eran risas de alegría. La rayita que aparecía en el evatest confirmaba que Victoria no estaba embarazada. El evatest había dado negativo. Las indicaciones así lo decían: una raya, negativo; dos rayas, positivo. Ahora Victoria reía también. ¡Cómo podía haberse confundido con una cosa así! Ya no importaba. Se abrazaba con su amiga y gritaba; y volvía a vivir. Aunque unos minutos después, sus sentimientos se tornaban contradictorios. Ya no era felicidad lo que sentía. Una parte de ella sentía alivio, pero la otra no; la otra pensaba en ese hijo que creía tener dentro de su panza unos minutos atrás; esa parte no estaba aliviada; estaba vacía; casi como si le faltara algo, o alguien.
BARRETO
jueves, 23 de julio de 2009
Los otros; yo.
Preparaba un guiso. Mezclaba lo poco que había en la heladera. Un poco de carne, queso fresco, arroz, aceitunas. ¡Que mezcla! Y pensar que antes tenía paladar delicado. Su aguda observación dibujó una sonrisa en su rostro.
Miró detenidamente el departamento. Libros tirados por el suelo. Papeles de diario por todos lados. Hasta había un pantalón colgando de la manija de la puerta de entrada. ¿Cuándo me volví tan desordenado?
Volvió la mirada al guiso. Estaba casi listo. Un poco de sal. Otro poco de mayonesa. Ya está. A comer.
El living y la cocina parecían una sola cosa. Y, en realidad, lo eran. A veces, comía en la cocina. Otras, en el living.
Esta vez, se dejó llevar por el sentido común. Comió en el living.
Aunque no era un experto cocinando, se las rebuscaba. No le quedaba otra opción. Era el único que vivía allí. ¿Quién iba a cocinar, si no?
Terminó de comer el guiso. Con el estómago hinchado, se despatarró en la silla y tomó el paquete de cigarrillos. Fumando relajadamente, cerró los ojos. El cansancio lo iba venciendo de a poco.
Tenía que ordenar departamento. Más tarde. Si, más tarde. Ahora, necesitaba un poco de paz. Solo los domingos podía estar así. Tirado. Sin hacer absolutamente nada. Solo descansar.
Pensaba en su niñez. En aquellos domingos en familia. ¿Cuántos eran para comer? Más de treinta, seguro. Se juntaban en la casa de sus abuelos maternos. Al tano le gustaba eso. Ver a toda su familia reunida. Disfrutaba de ese acontecimiento. Cada loco con su tema. Ahora todo cambió. La familia no significa lo mismo.
Un ruido que llegaba del departamento de al lado, lo sobresaltó. Abrió los ojos. Como estaba recostado en la silla, su cabeza miraba hacia el techo.
Ahora sus ojos se fijaron en el cielo raso. Se quedaron unos minutos contemplando una mancha gris con forma romboidal que decoraba el centro del techo. Cerró los ojos. El sueño lo iba ganando nuevamente.
Pensó en recostarse en la cama, pero el solo hecho de saber que tenía que levantarse de la silla, le hizo descartar esa posibilidad. Estaba cómodo allí. Su cuerpo se aflojaba de a poco. Su cara se relajaba. Su abdomen se descomprimía. Sus piernas se estiraban.
Caminaba por la calle. Era de noche. Un viento helado le congelaba la cara. Llegaba tarde al cumpleaños de su hija. Miró el reloj. Media hora de atraso. Ahora caminaba más rápido. Sus pies apenas rozaban el cemento. Dobló en una calle oscura. Era una cortada. Necesitaba cortar camino. No había un alma en la calle. Las hojas de los árboles flotaban en el aire. Un ovejero alemán se asomó intempestivamente en la reja de un chalet y le hizo dar un brinco hacia el costado. Siguió por la vereda. Al mirar hacia arriba, advirtió la compañía de la luna, redonda y brillante como nunca. Caminaba más rápido. Casi corría.
Escuchó un grito. Dos gritos. Tres gritos. Su corazón se aceleró. De repente, lo inesperado. Dando vuelta la esquina, un hombre arrodillado. Pedía que no lo mataran. Suplicaba. Dos hombres lo pateaban. Lo insultaban. No podía creer lo que veía. Pensó en irse corriendo, pero no lo hizo. Sus pies estaban estancados en el suelo. Los músculos del cuerpo, adormecidos.
El hombre que unos segundos atrás rogaba que no lo matasen, ahora lloraba. Desconsoladamente. Uno de los tipos que lo pateaban, alto, de tez blanca y de cara recia, sacó un revólver y disparó tres tiros.
El, que venía siguiendo la escena escondido detrás de un árbol, oyó un ruido mojado, delatador. Ese ruido provenía de su boca. Había estornudado. Si, justo en ese momento.
El tipo que había asesinado al otro hombre, miró hacia donde estaba él. ¿Quién anda ahí? La voz retumbó de manera implacable en sus oídos. ¿Qué hago? ¿Salgo corriendo? ¿O espero?
Empezó a correr con todas sus fuerzas. Corrió una cuadra, dos, tres. Sin parar. Sin dar vuelta la cabeza hacia atrás. En todo el trayecto imaginó un balazo entrándole por la nuca y saliéndole por la boca. En la cuarta cuadra miró hacia atrás. No había nadie. Sin darse cuenta, tropezó con un escalón. El pavimento golpeó su cabeza. Se desvaneció.
Un estampido seco lo despertó. Otra vez, el ruido llegaba del departamento de al lado. Estaba recostado en la silla, con las manos en sus rodillas y las piernas sobre la mesa del living. Se frotó los ojos con la yema de los dedos. ¿Cómo terminaría el sueño? Lo habían despertado en la mejor parte. Ahora tengo que inventar el final, pensó.
Escuchó otro golpe. Llegaba del mismo lugar que los anteriores. Ni un poquito de paz se puede tener.
Entró al dormitorio. Desde allí podía escuchar mejor las voces del departamento de al lado.
Hablaba ella; le recriminaba algo a su marido; ah!, que siempre estaba trabajando, que no tenía tiempo para ella. Todas con la misma historia. Que se le va a hacer. Siempre se quejan; nunca están conformes; no hay pito que les venga bien, por no decir una mala palabra; si, poronga; poronga no es una mala palabra.
El marido le respondía: -Si yo no trabajo, ¿con que plata te vas a comprar todos los vestidos que tenés en el ropero? Cuando usás la tarjeta no te importa que trabaje mucho.
La mujer no se achicaba: -Lo único que te importa es la guita. Sos un miserable. ¿Sabes donde podes metértela?
- Ehh, que boquita corazón! Tené cuidado con lo que decís. A ver si un día de estos tenés que salir a trabajar.
El, con la oreja pegada en la pared, disfrutaba del espectáculo. Le recordaba a cuando estaba casado. Las mismas discusiones. Los mismos planteos. Pero, bueno. No era él quien estaba del otro lado de la pared. Así que podía entretenerse un rato.
Fue hacia la cocina. Se hizo un café. Puro. Como le gustaba a su padre. Si viviera el viejo y viera en lo que se ha convertido mi vida…Sacó el tarro de azúcar de la alacena. Echó cuatro cucharadas en la taza. ¡Al carajo la diabetes! Buscó alguna galletita dulce para acompañar el café. Ni una. Definitivamente tenía que ir al supermercado.
Parado en el centro de la cocina, tomaba un sorbo caliente, mientras observaba salir una cucaracha de entre los diarios. Caminó hacia su encuentro y la pisó. El insecto quedó adherido a la suela de su zapato derecho. Una vez en el baño, tomó un pedazo de papel higiénico para limpiar su calzado. Después de tirar a la cucaracha por el inodoro, se acordó de la discusión del departamento de al lado. ¿Seguiría en pie?
Volvió a su cuarto. Seguían los reproches. De uno y otro lado. Ella le decía que no la amenazara. Que si ella se iba, se quedaría solo como un perro.
- ¿Te vas a ir de acá? Haceme reír. No sobrevivís un día sin mí. Aparte, si te vas, atenete a las consecuencias.
Fueron las últimas palabras que alcanzó a escuchar. Alguien había encendido la música del otro lado. Probablemente ella, en un ataque de histeria típico de mujer. Se quedó con la oreja apoyada en la pared. Y nada. Solo la voz de Freddy Mercuri; esa que siempre sonaba como un sedante para sus oídos. De golpe, un estruendo. Un tiro, se dijo para si mismo. Eso fue un tiro. A los pocos segundos estaba riéndose de su extravagante ocurrencia. Estoy leyendo demasiados policiales.
Revisó en su biblioteca. ¿Qué podía leer? Había comprado cuatro libros la semana pasada: uno de historia internacional, de Eric Hobsbawn, una biografía del anarquista Bakunin y dos novelas de Kafka. No se decidía. Finalmente, se tiró en la cama sin escoger ningún libro. Se levantó, puso la radio y se volvió a acostar. Tapándose con la frazada, boca abajo, cerró los ojos.
Despertó en el cuerpo de un perro. No sabía como había ido a parar allí. Pero no podía salir. Dos nenitos jugaban con él. Le lanzaban una pelota. Y él iba, la agarraba con la boca y se la entregaba nuevamente a los nenes. Así, repetidas veces. Hasta que se cansó. Se tiró panza para arriba en el pasto, esperando que alguien le alcanzara un pote con agua. Pero nada. Los nenes habían entrado en la casa. Lo habían hecho agitar y ahora se iban. ¡Que injusticia! Rascándose impacientemente el lomo, observó a su hocico lanzar unos mocos verdes y pegajosos. Se apoyó en sus cuatro patas y se metió en la cucha. La luz del parque se iba apagando poco a poco.
Se despertó en su cama. Palpándose el cuerpo, se dirigió hacia el baño. Al ver que el espejo le devolvía un rostro humano, se sintió aliviado. No estaría tan mal vivir como perro, balbuceó, mientras se mojaba los párpados con una toalla húmeda.
Pensó en afeitarse, pero la sola idea de mojarse la cara le provocó pereza.
Hojeaba el periódico, concentrándose solo en las noticias de asesinatos. “Un hombre mata a su mujer de cuarenta puñaladas” ¿No era suficiente con cinco o seis?
No había nada interesante en el periódico. Lo de siempre. Política, economía, espectáculo y crímenes, muchos crímenes.
Tomó un cigarrillo, lo prendió con un fósforo y se sentó cerca de la ventana que daba al pulmón del edificio. En el departamento de enfrente, dos ancianos tomando mate. Mientras el viejo cebaba, la vieja le hablaba. Y el viejo contestaba. Como estaba aburrido, comenzó a imaginar el diálogo de los ancianos. Y si. Cuando uno esta solo, se tiene que entretener con lo que tiene a mano.
La vieja estaba preocupada por su hijo menor. No encontraba trabajo el pobre.
-Si no se mueve, no lo va a encontrar, arremetía el viejo.
-No tiene suerte, Roberto. No seas tan duro con el nene.
- No es un nene, Estela. Tiene treinta cinco años. Ya tiene los huevos bien grandes.
- Siempre tan cerrado. No seas así con Enriquito. No ha tenido suerte. Encima la turra esa lo dejó.
- Se cansó, vieja. Lo tenía que mantener. ¿Cómo una mujer va a mantener a un hombre? ¿En qué cabeza cabe? En mi época no pasaba eso. El hombre llevaba los pantalones de la casa.
- Bueno, viejito, son otras épocas. Hay que adaptarse.
- Hay que resistir, Estela. Ahora los hombres usan cremas, tardan una hora para bañarse,; pasan más tiempo frente al espejo que las mujeres. ¡Eso no puede ser! ¿Qué clase de machos son? ¡Manga de afeminados!
Le resultó interesante la charla entre los ancianos. Como si hubiese sido real. Como si no hubiese nacido de su imaginación.
Sin embargo, al minuto sintió una tristeza desoladora. De esas que oprimen el pecho, cortando la respiración. Tenía que vivir la vida de otra gente porque su vida carecía de sentido. Y esa certeza lo hundía en una profundidad subterránea. Le mostraba su infelicidad. No había nacido para ser feliz.
Alguien tocó la puerta. Que raro. Un domingo, alguien por acá. Se paró y dejó el cigarrillo en el cenicero.
- ¿Quién es?
- La policía. Abra, por favor.
Sin saber por qué, dio un paso atrás, temblando. Después de unos segundos, volvió en sí. Yo no hice nada. ¿Por qué voy a tener miedo?
- Ya va, contestó.
Luego de ponerse el pantalón que estaba colgado en la manija de la puerta, hizo pasar a los policías.
Dos hombres daban vueltas alrededor de su casa y él, ahí, sin conocer el motivo de la visita. No quiso interrumpirlos. Uno de ellos, revisaba el dormitorio. El otro, había entrado al baño. Su intriga aumentaba a medida que pasaba el tiempo. Eran segundos pero parecían horas.
Por fin uno de los oficiales se dignó a hablarle. Rubén Gorostiza decía en su placa.
- ¿Usted sabe qué hacemos acá?
- No, oficial, ni la más remota idea.
- En el departamento de al lado hay una persona muerta. Aparentemente, la mataron.
Las palabras sonaron como un látigo.
- ¿Murió la mujer?
- No, un hombre, de unos 35 años aproximadamente. Lo encontramos con un balazo en medio de la frente.
Entonces fue un tiro el que escuché, se dijo sorprendido.
El otro oficial, con cara de perro buldog y cuerpo de duende, agregó:
- Queríamos saber si usted había escuchado algo; una discusión, un grito, un disparo.
Dudó un segundo. Ya tengo bastantes problemas con mi vida, pensó.
- No, no escuché nada. Estuve durmiendo todo el día. Y cuando duermo, no escucho nada. Tengo el sueño muy pesado, vio. En eso salgo a mi vieja. Le ponías un taladro y nada. Seguía durmiendo lo más pancha.
Los oficiales se miraron. Luego, lo miraron.
- Acá le dejo el número de la estación de policía. Por si acaso recuerda algo.
- Cómo no, oficial. Lamento no poder ayudarlos.
Le dio la mano a ambos policías y cerró la puerta.
Con una mano en la manija y con la otra en el bolsillo del pantalón, se quedó inmóvil. Lo mató nomás. Y yo que pensé que era ella la del balazo. Que se arregle la policía. Para eso están. Ya bastantes problemas tengo en mi vida para sumarle otro más.
BARRETO
miércoles, 1 de julio de 2009
El camino del absurdo
Buscaba el interruptor que desenchufase su cerebro. Al menos, por un rato. Pero era imposible.
La velocidad a la que viajaban sus neuronas era demasiado para su diminuto cuerpo.
La situación lo encontraba sobrepasado.
Creía haber perdido la brújula de su vida.
Y tratando de identificar el momento preciso en el que su existencia había dejado de tener todo sentido, se hundía más y más en su angustia.
Si tuviese que describir su mundo interior, él pensaría en un cuarto oscuro, sin muebles, completamente vacío, en el centro de una casa en tinieblas.
En los últimos meses, su crisis se había agudizado. Mientras algunos llamaban a ese estado interno depresión, el prefería otro nombre: crisis existencial.
Dicho cambio de palabras, en apariencia meramente formal, lo hacía sentir mejor. Más vivo. Lo elevaba por sobre la media de los hombres.
Porque él, se encontraba en una búsqueda más profunda, luchando incansablemente para encontrarse con su verdadero ser, con su esencia.
Sabía que debajo de su cuerpo, de su pálida piel, aguardaba por salir a la luz otra criatura. Que no se parecía en casi nada a él.
Esa ilusión latente, le daba por momentos una esperanza parecida a la felicidad. Pero cuando esa chispa se apagaba, la frustración aumentaba, convirtiéndose en una carga terrible de soportar, acechándolo bruscamente.
Sin embargo, sus penas no lograban vencerlo. Aunque iban ganando la partida, no lo habían derrotado.
El, no era de esos que se encogían de hombros ante las imposiciones del destino. Resistía. Como podían sus fuerzas, pero resistía.
Y esa sensación de estar luchando contra una abstracción, contra algo predeterminado vaya a saber uno por quién, exaltaba su carácter.
En ciertas ocasiones, la angustia le comprimía el pecho de tal forma que su respiración se entrecortaba y los latidos del corazón se debilitaban gradualmente.
Era esa misma angustia la que se empeñaba en separarlo de los otros.
Entre él y el resto había una distancia fulminante, un bosque impenetrable. Estaba él y, por el otro lado, los demás. Nunca iba a pertenecer al mismo grupo que ellos.
¿Incomprendido o loco? ¿Marginado o antisocial?
Se lo preguntaba con frecuencia.
Prefería considerarse un loco o un antisocial, ya que habría arribado a ambas condiciones desde su propia libertad, desde sus propias elecciones.
Si fuera un incomprendido o un marginado, los demás serían los responsables de sus desgracias, de sus fracasos, de sus desdichas.
Serían, en definitiva, los dueños de su vida. No era así.
El se hacía cargo de su libertad; por ende, era el único responsable de las consecuencias que generaban sus actos.
Esta certeza no lo privaba de pensar que muchas de las decisiones tomadas por el ser humano producen resultados ajenos a su voluntad.
No importaba eso ahora. Debía concentrarse en su objetivo más urgente: dar con la fórmula exacta para salir de su calvario. Para escaparse de ese espectáculo agotador en el que veía convertida su vida. Ser su propio espectador resultaba asfixiante.
Claro que de encontrar la manera de salir de ese camino de desdichas, la vida sería diferente. Tendría otra cara. Angelical, con una sonrisa amplia, con ojos brillosos, aquellos que anuncian un futuro mejor, donde los sueños son posibles de realizar y la felicidad pasa a ser algo tangible, que con solo desearla puede ser alcanzada.
Estaba tirado en la cama. Algo parecido a una idea venía dándole vueltas en la cabeza desde hacía unos días atrás.
A la vez que cerraba sus ojos y apoyaba sus manos debajo de su nuca, intentaba descubrir que era lo que tramaba su mente.
El reloj de su mesa de luz marcaba las tres de la tarde.
A las tres y cuarenta y cinco, se dirigió hacia la cocina. Miró el reloj de su muñeca.
Acaso he podido resolver en cuarenta y cinco minutos lo que no pude hacer en toda una vida, se dijo.
Su plan estaba en marcha. Según él, el inevitable éxito del mismo radicaba en su simpleza.
Su razonamiento era el siguiente: para poder romper con ese tipo de vida que lo estaba matando de a poco, debía encontrar el origen de sus males.
¿Quién otro más que su conciencia lo había sumergido en ese pozo sin salida? Nadie.
¿Quién se encargaba constantemente de juzgar cada uno de sus actos, hasta llevarlo a él, pobre tipo, a dudar de cada una de sus decisiones? Ella.
¿Quién se disponía con obstinación a humillarlo de manera implacable? Ella.
La conclusión era sencilla: solo eliminando su conciencia, podría convertirse en otro hombre, en ese otro ser que pedía a gritos tener un cuerpo propio.
He aquí la clave del plan: como resultaba imposible destruir de una vez para siempre su conciencia, la única manera de subordinarla a él era derrotándola. Pero, ¿cómo?
El día había llegado. Podía ser el principio de un nuevo rumbo en su vida. Su ansiedad y nerviosismo reflejaban la importancia del acontecimiento.
El pensaba: Si yo soy la tesis y mi conciencia es la antítesis, de una lucha dialéctica entre ambas debería surgir una síntesis superadora, es decir, el otro ser que hay dentro mío.
La cita estaba prevista para las 9 de la noche de ese día. ¿Los invitados? El y su conciencia.
¿En que parte de la casa se iba a dar la cita?, se preguntaba.
Concluyendo que la habitación era el sector de la casa donde sus ideas fluían con mayor naturalidad, a la hora señalada, ingresó en ella.
Sentándose en la punta de la cama, aguardó con algún signo de impaciencia la aparición de su invitada de honor.
A las nueve y diez, diez minutos más tarde de la hora pactada, percibió que no estaba solo.
Aunque su huésped fuera invisible, él sabía que estaba allí, en algún lugar del cuarto, observándolo meticulosamente, atravesándolo con la mirada.
Sus manos estaban empapadas. Su cuerpo, rígido. El semblante, pálido.
A las ocho de la mañana sonó el despertador. El, abriendo lentamente los ojos, no comprendía lo que estaba sucediendo. La cabeza estaba a punto de explotarle.
Se levantó de la cama. Una vez en el baño, se miró al espejo.
Echándose a reír estruendosamente, abrió las canillas de la ducha, pensando que la locura de sus sueños superaba en forma rotunda a su locura real.
Se quitó la ropa e ingresó a la ducha, imaginando las posibles caras de su conciencia.
BARRETO
martes, 30 de junio de 2009
Memorias
Mi hermana, con sus ínfimos 10 años, no entendía lo que sucedía. Yo, cinco años mayor, imaginaba cual sería el tema del que nos hablaría mamá: papá.
Ese hombre que siempre lucía elegante, de hablar pausado y voz grave, no había aparecido por casa en esa semana. Según mamá, estaba de viaje, en el norte del país.
No queriendo dudar de las palabras de mi madre, decidí creerle, casi obstinadamente, aunque por dentro me carcomiera una rara incertidumbre.
Quizás, eso que sentía mi cuerpo no era otra cosa más que el anuncio de lo que vendría.
Mamá, ahora intentando juntar coraje para hablarnos con firmeza, me miró con ternura, como si estuviese pidiéndome perdón con sus ojos.
¡Pobre mamá! Debió haber pensado que sus hijos la culparían por lo que había ocurrido. ¡De ninguna manera! Ni la culpé en ese momento ni la culpo ahora. Tampoco Victoria. Pero ella debió sentirse así: culpable.
Al advertir que le costaba hablar (su voz era débil y sus palabras entrecortadas), le alcancé un vaso de agua para que se recuperara.
Luego de darle un beso en la mejilla y de abrazarla, me senté a su lado. Mi madre, recobrando la fuerza de a poco, se dirigió hacia nosotros.
Mientras escuchaba atentamente sus palabras, mi corazón latía cada vez con mayor fuerza.
Ella decía que papá se había ido de la casa. Que las cosas no estaban bien entre ellos. Que se tomarían un tiempo. Que no era algo definitivo.
Victoria lloraba y mamá (¡pobre vieja! ¡Cómo la extraño!) se levantaba de su silla para consolarla.
Yo, inmóvil como una estatua, sentía el alma resquebrajarse. Mi cuerpo pesaba demasiado, como si tuviera kilos y kilos de ropa mojada sobre él.
El llanto de mi hermana se fundía ahora con el de mi madre, cargando la atmósfera con un aire pesado, irrespirable.
Deseaba llorar, para sacar toda la angustia que tenía contenida, pero era imposible. El llanto se había atorado en mi pecho y, aunque luchaba por salir, no lograba su cometido.
Creí en ese instante que no podía llorar porque la situación me había sobrepasado.
Con el correr de los años me di cuenta de que no era eso lo que me impedía derramar mis lágrimas.
Era mi personalidad la que se encargaba de ahogar mi llanto, una y otra vez. Es más, creo que algunas personas nacen para llorar y otras no. Bueno, yo soy de las que no. No porque no quiera sino porque no puedo.
Acaso a través de estas memorias busque la manera de exteriorizar aquello que guardo en lo más hondo de mi ser.
Tenía quince años. Pero me había transformado en un hombre.
Si, aunque a muchos le parezca una locura, a mis quince años ya era un hombre maduro, a pesar de que mi cuerpo de niño se encargara de disimularlo.
Ese día marcó mi vida para siempre. No lo podía percibir en ese momento, pero así fue.
Ya nada volvería a ser igual.
A mi padre nunca más lo volvimos a ver. Si bien nos mandaba mensualmente dinero para cubrir los gastos de la casa (llegaba en un sobre negro, con los bordes blancos), lo hacía por medio de un primo suyo que vivía en nuestra manzana.
Al cumplir 20 años, me enteré que tenía una nueva familia y que se había mudado al interior del país.
Me fue imposible no guardarle rencor.
Aunque ahora, después de largos años de vida transcurrida, no distingo con exactitud lo que siento por él.
No lo odio. Tampoco lo extraño. Tal vez, trato de comprenderlo.
Porque es bien cierto que la comprensión que tuve con mi madre no la tuve con él. Quizás no se merezca ni eso. Que se yo. Es tan compleja la vida.
¿Cómo puede una persona con quince años convertirse en un hombre? ¿No tiene el derecho de vivir las mismas experiencias que los chicos de su edad?
Más allá de estas reflexiones, decidí a esa corta edad aceptar sumiso lo que el destino ponía delante de mí.
La plata que mandaba mi padre no alcanzaba para llegar a fin de mes; mamá nunca había trabajado en toda su vida (¡perdón! en realidad había trabajado y mucho como ama de casa, criándonos a mi hermana y a mi con todo su amor); Vicky era muy chiquita.
La conclusión era inevitable: debía buscar un trabajo para poder mantener a la familia. Aunque mamá no se animara a decírmelo, yo sabía que ese era mi deber.
No podría haber actuado de otra manera. Si no laburaba, nos comían los piojos.
Sintiendo el peso de la familia sobre mis espaldas, me postulé para todos los trabajos disponibles que encontraba. Pero era difícil conseguir algo.
No tenía experiencia y, como era chico, la gente consideraba que no iba a estar capacitado para rendir en forma satisfactoria.
Una de las cosas que más lamento de mi juventud es haber abandonado mis estudios tan tempranamente. Mis sueños de convertirme en alguien importante, reconocido por los demás, se acercaban cada vez más a una utopía.
Desde los quince años hasta los veinte anduve deambulando por distintos empleos. Me pagaban poco, me trataban desconsideradamente, me hacían sentir como un animal.
Pero yo sabía que con ese dinero podía llevar tranquilidad a mi casa. Y eso me reconfortaba.
A partir de los quince años la realidad se me mostró tal cual era. Dura. Ingrata. Miserable. Injusta. Tal cual eran los seres humanos.
A pesar de todo, ese contacto desde muy chico con la cruel realidad me hizo más humano, más solidario con las penurias del prójimo, aprendiendo a valorar las cosas esenciales de la vida.
A los veinte años encontré mi primer trabajo estable. Trabajaría en una empresa de construcción junto con mi primo Sebastián.
Luego de releer este fragmento de mis memorias, repaso velozmente mi vida. Y, la verdad, es que no me ha ido tan mal.
A los 25 años me casé con Romina, una mujer con todas las letras; tuvimos 3 hijos, de los cuales estoy profundamente orgulloso. A fin de de cuentas, no me fue nada mal. Al contrario, creo que me ha ido bastante bien.
BARRETO
martes, 26 de mayo de 2009
La complejidad de lo real
Al ingresar al bar, advirtió la presencia de un rostro conocido en una de las mesas contiguas a la ventana.
Es él?, pensó. Si es él, está arruinado.
Se dirigió hacia el sujeto y clavó su mirada en la suya. Ahora no tenía dudas de que era él.
El hombre sentado enfrente suyo no parecía reconocerlo.
-Soy yo, Mario.
Esperando una respuesta que nunca llegaba, agregó:
-Marito Perdía. Te acordás?
Desapareció de la cara del hombre ese gesto de incertidumbre que lo había acompañado hasta hacía un segundo atrás.
-Cómo andas Mario? Cómo no me voy a acordar? Tanto tiempo pasó, che. No te reconocí, viejo. Disculpá.
-Yo si, enseguida. Entré al bar y me dije: este tiene que ser Ernesto.
- Vení, sentate así tomamos algo y hablamos un poco.
Mientras se sentaba, Ernesto sacó una rápida radiografía de su antiguo compañero de militancia política.
Quién lo diría? Mario, el del eterno uniforme verde oliva, vestido de saco y corbata, usando un perfume caro. Debe ser por eso que no me di cuenta que era él.
- Qué es de tu vida, Mario?
- Estoy viviendo en Madrid. Vengo acá solamente para ver a algunos amigos y familiares. Y de paso, para ver como anda el país. Cuándo empezó a irse todo al carajo? Es lo que siempre me pregunto.
Ernesto ya sabía que Mario vivía en España. Leía, esporádicamente, los artículos que aquel escribía en el diario El País.
No lograba entender cómo podían cambiar tan radicalmente las ideas de una persona a lo largo de los años.
En su concepción de la vida, eso solo podía recibir un nombre: TRAICION.
-Contame cómo van tus cosas, Ernesto. Seguís ligado a la política?
- Si, a la política voy a estar ligado hasta que me muera, pero no estoy militando en ningún partido. Estoy dirigiendo un centro de formación política.
- Siempre tuviste capacidad para enseñar.
Me acuerdo hace cuarenta años, cuando estábamos en la universidad y nos hablabas de los textos de Marx, de Lenin, de Trotsky, de Martí, de Guevara.
Que épocas aquellas!
Crees realmente que todo pasado fue mejor?
- No se si mejor. De lo que estoy seguro es que existían otros valores, por los cuales mucha gente estaba dispuesta a entregar su vida.
- Yo no estoy tan seguro de eso.
Si bien es cierto que los valores fueron cambiando, creo que la historia cambia permanentemente y si no te adaptas a esas transformaciones, corres el riesgo de vivir siempre en el pasado, en lo que fue o pudo haber sido.
- Te soy sincero. Para vivir en este presente que se cae a pedazos prefiero refugiarme en el pasado.
- Mirá, yo a veces me pongo a pensar en aquellos años de militancia y tengo sentimientos encontrados.
¿Éramos felices? Lo éramos.
Pero estábamos persiguiendo una utopía, algo inalcanzable.
Teníamos ideales puros que la realidad terminó destruyendo.
- Son esos ideales los que en el mundo de hoy están ausentes.
Y esa es una de las razones por las que el mundo se encamina en un proceso de autodestrucción.
Para alcanzar la liberación del hombre, es imprescindible colocarlo nuevamente en el centro.
Mario comprendió que el Ernesto de hacía 40 años no había cambiado mucho.
Demasiado idealista para este mundo, se dijo para sus adentros.
-Ernesto, la pureza no existe ni en la política ni en la vida.
Aquello que vivimos no fue más que una aventura.
Hermosa, por cierto, pero no dejó de ser una aventura.
-Puede ser que sea un aventurero.
Solo que de un tipo diferente.
De aquel que pone su pellejo para demostrar sus verdades.
Ernesto sintió, que a medida que pasaban los minutos, sus diferencias con su ex amigo aumentaban.
Los años se habían encargado de distanciarlos.
No solo físicamente.
Sabiendo que su pregunta podía causar algún malestar en Mario, no se detuvo y dijo:
-Disculpa que sea tan directo, pero…
¿Cómo puede ser que hayas cambiado tanto, que tus ideas actuales contradigan completamente las que sostenías en el pasado?
-Quedate tranquilo, Ernesto.
No me enoja para nada tu pregunta.
Me la han hecho muchas veces en los últimos años y en cada ocasión he repetido lo mismo.
La coherencia, en mi opinión, tiene que ver con actuar como uno piensa.
En eso, por lo visto, nos seguimos pareciendo.
Los dos actuamos como pensamos.
Hay muchos que consideran que no soy consecuente con las ideas que sostenía cuando joven. Y es verdad.
Porque soy consecuente con mis creencias actuales.
Soy de los que entienden que el ser humano va mutando con el correr de los años.
Por lo tanto, me resulta natural que los pensamientos evolucionen.
Mario percibía que Ernesto veía como una claudicación lo que él consideraba una adaptación realista al mundo de hoy.
-No me queda otra opción que respetarte.
Aunque dejame aclararte que no te comprendo.
Que ciertos canallas se empeñen en destruir a nuestros pueblos no me asombra en absoluto.
Pero que un tipo como vos, de tu nobleza, contribuya a la perpetuación de este sistema rapaz, salvaje, que todo se lo devora, me resulta indescifrable.
Un joven sentado en la mesa de al lado venía siguiendo la conversación desde su inicio.
Pese a sus intentos para concentrarse en sus apuntes universitarios, el diálogo mantenido por aquellos señores lo tenía atrapado.
Luego de cuarenta minutos de charla, los había contado con su reloj, los hombres se saludaron y se retiraron del bar.
Ahí fue cuando el joven, recordó unas palabras que le repetía a menudo uno de sus profesores del colegio:
“Chicos, los que están interesados en escribir algún día, traten de utilizar las historias que les brinda la realidad con el objetivo de traducirlas en ficción, buscando mantener la complejidad de lo real en lo ficcional para que el texto se enriquezca. “
Sacó su libreta de apuntes y una lapicera.
Sabía que deseaba escribir algo relacionado con la conversación llevada a cabo hacía unos minutos por esos dos hombres.
Sin embargo, no encontraba como hacerlo.
Puedo contarlo en forma de cuento, expresó en voz alta.
En el desenlace transcribiría el diálogo escuchado, o aquella parte de él recordada por su memoria.
Faltaba el principio y el nudo.
El principio ya está.
Voy a hablar acerca de aquellos años de militancia política.
La historia va a ser lineal.
Luego de comenzar a escribir la introducción de su cuento, desistió.
No le convencía del todo la manera de narrarlo.
Hizo un bollo con la hoja y se quedó pensando.
Resolviendo que lo más aconsejable en ese momento era escribir un ensayo, que posteriormente podía ser transformado en un cuento, se dispuso a poner sus ideas en el papel.
“La historia, en variadas oportunidades, se encarga de situar en veredas opuestas a personas que tiempo atrás parecían inseparables. Ideas diferentes y formas de actuar en consonancia con ellas, pueden ser la causa de dicha separación.
¿Es ético que una persona vaya modificando sus ideas a medida que pasan los años o la coherencia está dada en el mantenimiento eterno de aquello que pensamos?”
Miró su reloj.
Tenía estar en la clase de portugués en 15 minutos.
Guardó sus papeles en la mochila y salió del bar, imaginando cómo podía continuar su ensayo.
BARRETO
miércoles, 6 de mayo de 2009
Dos generaciones, ¿dos mundos?
Una vez absorbido por el caos vehicular de la ciudad, colocó el estéreo del automóvil.
Pensando que sería más relajante escuchar un poco de música antes que alguno de esos programas de periodismo político que inundan las tardes radiales, sintonizó FM.
Un punteo de guitarra se manifestaba en toda su dimensión. El, tratando de descifrar al autor de tal magnífica creación musical, subió el volumen.
Después de unos segundos, exclamó en voz alta: “Ya me parecía que era Pappo”.
Dejándose arrastrar inconscientemente por la letra de la canción, su fastidio por la congestión de autos en las Av. 9 de Julio, quedó en un segundo plano.
La prosa era simple pero profunda.
A pesar de que no advertía con exactitud lo que le ocurría, su cuerpo comenzó a tensarse. Sus manos comenzaron a sudar. Una estrechez en forma de nudo se apropió de su garganta.
Imaginando que la canción en cuestión podría ser la causa de su repentino desequilibrio emocional, optó por cambiar el dial.
Sin embargo, su esfuerzo por escaparse de algo que hasta ese momento no tenia cuerpo ni forma, resultó en vano. Algo flotaba en su cabeza. Cada vez con mayor intensidad.
En todo el trayecto hacia su casa, se sintió raro, incómodo, tratando de poner en blanco su mente, de vaciarla.
Guardó el auto en el garage.
No había nadie en su casa. Sus hijos estaban en el cumpleaños de un amigo. Su mujer, en una conferencia de la OMS.
Se tendió en la cama y prendió la televisión.
Por más que pretendiera olvidar lo ocurrido unos minutos atrás, ahora conocía el motivo de su comportamiento. Entendía su reacción.
Esa canción, en apariencia inofensiva, lo había conectado con una parte de su pasado que había elegido amputar.
Con un pasado con el cual creía haber roto de manera definitiva mucho tiempo atrás.
En ese instante, descubrió que ese pasado estaba vivo. Que no había sido superado. Que volvía una y otra vez para martirizarlo.
Su memoria se activó para dar un salto retrospectivo y se detuvo en uno de esos días que se empeñan en marcar la vida de un ser humano.
18 de Marzo de 1984. Recordaba ese día como si hubiese sido ayer.
25 años de vida transcurridos no lograron borrarlo.
Carlos había cumplido un mes antes 20 años.
Vivía con sus padres y con su hermano.
Si bien la relación con su madre y con su hermano había sido siempre muy cercana, el vínculo con su progenitor era frágil, conflictivo.
Aquel día del año 1984 acabó por romperse, se deshilachó.
Carlos arribó a su casa a eso de las 10 de la noche. Venía de cursar una materia de la carrera de filosofía en la UBA.
Después de saludar a sus padres, se encerró en su habitación a leer.
Mientras devoraba un libro de Sartre, dos golpes en la puerta interrumpieron su lectura.
Abrió la puerta. La figura del padre, del otro lado de la misma.
Nunca se puede estar tranquilo en esta casa, pensó.
Advirtiendo una mueca de fastidio en la cara de su padre, preguntó:
- Qué pasa papá?
- La comida ya está lista.
- Ya comí algo en la facultad. Gracias igual.
- Cómo que ya comiste? Hace una hora que te estamos esperando con tu madre.
Carlos percibió que una nueva discusión estaba en camino y trató de evitar el mal trago.
- Te pido disculpas. La próxima vez no me esperen, así no se genera ningún problema.
Cuando se dispuso a volver a su lectura, se dio cuenta que su padre seguía parado en el mismo lugar.
Carlos levantó la mirada del libro y pudo apreciar una ira mortífera haciéndose carne en su padre, poseyéndolo.
- Acá el único y verdadero problema sos vos.
Carlos intuyó que se aproximaba un monólogo cargado de reproches, acusaciones y reprimendas.
Buscando sortear la inminente pelea, atinó a decir:
- Tenés razón. Soy yo el problema. No tengo ganas de discutir.
Sintió que la cara de su padre se transformaba, enfureciéndose a medida que los segundos corrían.
Efectivamente, el monólogo esperado por Carlos había dado inicio.
Roberto estaba indignado con su hijo.
Su visión de la vida distaba en demasía de la de su primogénito.
En primer lugar, nunca había asimilado que su hijo optara por una carrera tan liviana como filosofía. Siempre vislumbró que Carlos seguiría sus pasos, convirtiéndose en un abogado prestigioso y de renombre.
En cambio, no solo estudiaba una carrera de vagos, que no tenía utilidad alguna, sino que llevaba un estilo de vida bohemio, sin horarios, sin una organización, sin un orden férreo, como el que le había inculcado él desde chico.
No podía comprender como dos hermanos criados de la misma manera, por los mismos padres, resultaban ser tan distintos.
Su segundo hijo había finalizado la secundaria con un promedio cuasi perfecto, ganándose un lugar en el cuadro de honor del colegio.
Carlos, no. Siempre le había traído dolores de cabeza. Alumno regular durante toda su estadía en la escuela, con problemas constantes de inconducta, de rebeldía ante la autoridad.
Sentía que las diferencias con su hijo eran insalvables. Por mucho que lo amara, aunque rara vez lo demostrara, un muro lo separaba de él.
Barrera invisible que no permitía la mutua comprensión.
Dos mundos opuestos que se insertaban en el mismo tiempo y espacio. En el mismo seno familiar. Atravesando por completo una relación humana: padre- hijo.
Carlos, luego de escuchar a su padre sin emitir ni vocal ni consonante, pensó que era necesario tomar esa decisión que había venido madurando en su cabeza, que había sido alimentada con el correr de los meses.
Al día siguiente, guardó su ropa en un bolso y se fue del que había sido durante 20 años su hogar.
El miedo y la incertidumbre no eran ajenos a Carlos. Pero más fuerte que ellos eran sus profundas disputas con su padre.
Visiones de la vida irreconciliables, según creía él.
Tirado en su cama, luego de repasar mentalmente aquel día, no estaba tan seguro de que fuera así.
La distancia puede permitir analizar ciertos sucesos o etapas de la vida desde una perspectiva más amplia.
A esto se le sumaba su condición de padre, la cual le brindaba una mirada adicional, de la cual carecía en esos años de juventud.
Carlos parecía haber encontrado la verdadera causa de su particular relación con su padre: una brecha generacional que se había entrometido entre ellos para arruinarlo todo.
25 años habían transcurrido.
En todo ese tiempo el contacto con Roberto fue nulo.
El orgullo de ambos le había ganado la partida a su mutuo afecto.
Carlos tomó el teléfono y llamó a su antiguo hogar.
Al escuchar la voz de su padre, se le congelaron parte de sus cuerdas vocales, quedándole solo un hilito, ese que dijo:
- Hola papá, soy Carlos, tu hijo.
BARRETO
lunes, 27 de abril de 2009
Cuestión de Fé
Encendió un cigarrillo.
Podría estar haciendome la paja en este momento y estaría aprovechando más mi tiempo. Tan acertada le pareció su observación que no pudo evitar eyacular una desolada sonrisa, y con la desesperación de los que se ríen sólos buscó la salida más próxima.
El viento azotaba con furiosa intensidad el triste paraje que lo circundaba, árboles deshojados al borde del abismo mortal aferrados al suelo gris sin vida y el cielo nocturno con una luna oculta tras una masa de negras nubes. Debería haber traído el gamulán. Se dispuso a caminar en 4/4 para calentarse un poco (de ninguna manera subiría por su abrigo, cuestión de orgullo). Sus pies lo guiaron por una senda poco transitada con adoquines de antaño y recuerdo de putas viejas pero su concentración estaba depositada en sus pasos. Pasos de jazz, de rock, de cumbia, de etcéteras. Walk down, walk along, walk away.
Away. ¿Hasta dónde lo guiaría el viento? La seguridad en cada uno de sus pasos lo sorprendía, lo excitaba. Lógicamente sabía con exactitud dónde terminaría, El Bar del Ahorcado (nombre real, desconocido). Más tarde, como cada noche, habría contado (whiskey-talk) sus visiones, sueños proféticos en donde vio a charly, el dueño del bar, morir a la Michael Hutchence.
Pidió un whiskey sin hielo y se acomodó en su asiento, ansioso por sentir el fuego del alcohol en su garganta extenuada. Una mueca bastante similar a una sonrisa se asomó en su boca; dos atados en dos horas, esta vez me fui a la mierda . Descubrió una figura extraña, no habitual de su antro favorito, de aspecto sombrío. No sombrío, desesperado. De aspecto desesperado, aquella mujer bebía de su copa como si se tratase del antídoto para sus tormentos. Y en cierta manera, este brebaje entre maldito y divino exime de problemas terrenales, de los quilombos, de los imbéciles. En otras palabras, deja que ardamos tranquilamente en el infierno del olvido.
Sus ojos se encontraron como dos toros al choque. Ninguno de los dos se atrevió a bajar la mirada. ¿Qué carajo le pasa a esta mina? Sus ojos le recordaron a un felino a punto de ser cazado. La mujer ojos de gato fue acercándose -blandiendo su copa; una daga de cristal, tan frágil como quien la empuñaba- precavida y confiada. Su boca se abrió y de ella brotó un sonido, más parecido a una melodía que a las mundanas palabras que la gente habitualmente vomita:
- Osvaldo Ferreyra.- Una mueca adivinó la pregunta que Ferreyra estaba a punto de formular. -Yo no soy lo que aparento, como tampoco vos aparentas lo que sos.
- ¿Quién sos? - Temor era lo que recorría su cuerpo en forma de un sudor frío, el mismo que lo acompañó otra noche de blues por Constitucion en las fauces un .38.
- Yo soy vos. Así de simple -sentenció - Ya sé, esperabas algo más extravagante pero esto no es un cuento de Dickens - agregó al notar, casi previendo, su rostro rebosante de incredulidad.
-¿Y cómo es eso? - Algo aburrido, Ferreyra instó a que se explicara.
-Fácil; vos estás muerto y yo soy vos.
Al momento de pronunciar estas palabras Ferreyra se levantó y se dirigió a la puerta, sin creer una palabra de lo que decía tan extraña mujer. Seré muchas cosas pero boludo, no. La mujer lo interceptó en la fachada del bar antes que él pudiera tomarse un taxi.
-Sé que parece raro, pero estás en una especie de dimensión desconocida. Parece que interactuás con los demás pero en realidad ellos te ignoran... a que vos también lo sentiste, ¿o no?
La mujer hablaba y Ferreyra empezaba a creer, comenzaba a dudar de su existencia. Es verdad que hacía tiempo que no entablaba una conversación con nadie. y si lo hacía sentía que lo ignoraban -o estaba tan borracho que no recordaba haber hablado con nadie- era desesperante. Tanto que la posibilidad de la inexistencia terrenal le parecía una idea bastante apetitosa.
-Ponele que te creo - dijo bruscamente tratando, inútilmente, de ocultar un hilo de emoción en su voz- ¿Qué pasaría ahora?
-Fácil - dijo sonriendo la mujer - me acompañás y lo solucionamos, es un trámite muy simple. Nos pasa más seguido de lo que te podés imaginar.
-parápará ¿Vos no eras yo?- dijo confundido, rindiéndose a la merced de la mujer espíritu.
-Sí... y no - respondió, confundiendolo aún más- vos sos yo, como yo soy vos y nosotros somos ellos. Somos Esperit, Spirit, Espiritu - dijo, sobreactuando la solemnidad de sus palabras - no importa eso ahora, seguíme.
Comenzaron a caminar por calles oscuras que Ferreyra no reconocia, sin embargo no dudó de la veracidad ni de la mujer que contó esa historia un tanto absurda, un tanto tonta. Entre los árboles deshojados y veredas destruidas por el tiempo, se hicieron paso hacia un destino (incierto para uno, familiar para otra). Ferreyra sintió, como los animales perciben, el peligro inminente pero decidió no hacerle caso. Algo que salga de lo ordinario, del tedio que significaba su vida en toda su inmensidad era más que bien recibido.
En un segundo la mujer se da vuelta y se sonríe; dolor punzante, grito ahogado, oscuridad, olvido, letargo.
¿La muerte ha llegado?
sábado, 25 de abril de 2009
Vistiendo el traje de espectador
Vestidos con saco y corbata, el sudor recorría sus frentes. Sus camisas estaban empapadas. El aire acondicionado se encontraba fuera de funcionamiento.
Yo, ubicado en la mesa de enfrente, podía escuchar su conversación. Hablaban ahora de los votos que debían obtener para hacer pasar la ley. De que las cosas se estaban complicando más de la cuenta.
“Clarín intenta monopolizar la palabra y la expresión del pueblo argentino”, coreaban ambos senadores a dúo, repitiendo los dichos de la Presidenta.
Pasados unos 20 minutos, cuando el mozo llegaba con los dos platos de pollo con champiñones en sus manos, se sumó al debate un diputado del mismo partido que los senadores.
“Con esta ley, a Clarín lo ponemos contra la espada y la pared”, deslizó. “Ahora van a ver con quienes se metieron”, le respondió uno de los senadores, mientras se quitaba la corbata.
El diputado, sacó el proyecto de ley de su portafolio y comenzó a realizar algunas anotaciones. No pude distinguir que era lo que escribía.
Los senadores le hicieron un chiste acerca de su hermana, la cual era modelo y había posado el día anterior para una tapa de playboy. La cara del diputado se transformó.
Los senadores se descostillaban de la risa, golpeando la mesa con las palmas de las manos.
El diputado preguntó si era conveniente el adelantamiento de las elecciones.
“A ustedes les conviene”, le contestó un político de la oposición que estaba en una mesa contigua. “Se les venia la noche. Es un manotazo de ahogados”, agregó.
“Eso es lo que pretenden ustedes”, disparó el diputado oficialista. “Son una bolsa de gatos que como no tienen un proyecto político se encargan de desestabilizar”.
Los dos senadores miraban entretenidos la discusión que se había gestado, mientras dilucidaban el postre a pedir.
En la mesa que estaba pegada al baño de hombres, el presidente de la Cámara de Diputados parecía abstraído del mundo. Leía un libro de Antonio Gramsci, “Los intelectuales y la organización de la cultura”.
Levantó por un segundo la mirada del libro y se le apareció la silueta del jefe de bancada de su partido. “Tenía razón Gramsci”, dijo este último, al reconocer el libro que leía su colega.
“Para hacer la revolución, hay que penetrar primero en el aparato cultural del Estado burgués”.
A lo que el otro le contestó: “En el siglo XXI la lucha hay que librarla contra los medios de comunicación. Tienen tanto poder, que te pueden tirar un gobierno abajo”.
Al salir del bar, me topé con una manifestación de ruralistas frente al Congreso. Algunos, amenazaban con acampar en Plaza De Mayo si no conseguían lo que querían.
Habían pancartas también: “Abajo las retenciones”, “La soja es el yuyo que alimenta a los argentinos”, “No al empobrecimiento del Interior”.
En la otra esquina de la Plaza, integrantes de organizaciones sociales, inventaban cantitos a favor del gobierno.
“Tomala vos, dámela a mi, el que no salta es de Clarín”, resonaba ahora en Plaza de Mayo.
Unos minutos después, estos dos grupos opuestos se enfrentaron. La intervención de la policía frenó un disturbio mayor. En medio de la trifulca, un periodista de un noticiero, recibió un puñetazo en el ojo.
Al aquietarse las aguas, emprendí regreso para mi casa.
BARRETO
martes, 21 de abril de 2009
Cor-ti-to.
¿Por qué no hiciste nada, Fernandito? Viste venir tú muerte, fría y despiadada, tan tibio y lleno de resignación sabiendo quíen era tu victimario... ¿Es que tanto amabas a tu asesino?
Siempre lo supo y nunca hizo nada, nada.
Y este fuego, magma ardiente, implacable e inexorable me consume...