1
Cuando el mundo lo mira siente cierta repulsión interior, inseguridades que me
frenan, me amarran, retienen, sus pasos a seguir examinados, con lupa ejemplar, extrema, que todo lo ve y todo lo juzga, mis pasos en falso criticados (con la feroz vara del que no hace ni deja hacer), y un presente deambulando entre un pasado inmodificable, definitivamente clausurado, y un futuro ininteligible, que no asoma la cara.
A veces ese mismo mundo me escruta con el rabillo del ojo, apenas con el rabillo, aunque solo eso baste para que su andar caiga preso frente a esa vigilancia eterna, vigilancia del afuera que se empeña en ingresar en los más profundos rincones de seres indefensos, minúsculos, avasallados.
Sus ojos no permanecen inocentes, se unen, se fusionan, se amalgaman con otros ojos; y es ese Gran Ojo entonces, resultado absoluto de aquellas combinaciones, que persigue a quien quiere a donde sea que vaya, aún en el caso de que decida ir a ningún lugar.
Sus cavilaciones se deshilachan poco a poco, pierden fuerza, atrapadas en encrucijadas sin escapatoria, en dilemas paralizantes. La frenada del colectivo devolviéndolo al mundo real, toca el timbre y se pierde en las calles de la ciudad.
Camino sin prisa, sin rumbo definido, tratando de localizar un lugarcito donde el aire huela un tanto más a aire y no a aquello a lo que se ha acostumbrado a oler. Y si tal asunto lo destina a la categoría de tipo exigente, ¿qué?
Hojeo libros, comparo precios, eso si lo entretiene, puedo pasar horas compenetrado en títulos, prólogos, novedades, clásicos, en fin, se decide por un tomo de cuentos para luego continuar con su rutina. Antes, compro un cuaderno en blanco que viene a reemplazar a otro exactamente igual salvo por estar escrito hasta en los márgenes. Esa mañana sus pensamientos han pedido ser depositados en algún sitio, y el cuaderno de tapas verdes, una vez más convirtiéndose en mi aliado, prestándole sus hojas para oxigenar de momento su cerebro.
Llego a mi casa ya caída la noche, la luna posada detrás de las ramas de un árbol, la cuadra más encendida que de costumbre, quizás una gota de esa luz entra en mi cuerpo y mi vida da un vuelco, quizás, si los astros se alinean.
La película arranca, él recostado en el sillón, quitando el corcho de la botella de vino, la primera copa vaciándose en su estómago, la segunda, la tercera, el timbre y su melodía lo hipnotizan durante unos segundos.
Releo la nota, pienso, barajo posibilidades, trato de descifrar algún mensaje oculto, abandono el intento, regreso al living, observo la letra, doblo el papel, lo coloco sobre la mesa, al lado del control remoto, vuelvo a este último, a la pantalla, a la escena del tren, me imagino allí, alejándome de la ciudad, de ella, de todos.
La pregunta aparecida en el papel es simple en apariencia, no porque la interrogación: ¿SOS FELIZ?, así en letras mayúsculas, sea realmente banal, todo lo contrario, más bien porque admite acaso solo dos contestaciones posibles: si, soy feliz; no, no lo soy; tal vez una tercera, en la que la duda gana terreno, y en ese caso: no lo se, o nunca me formulé tal cuestión, parecería suficiente. Aunque si bien esas palabras colocadas entre aquellos signos reúnen una complejidad infinita, aún resulta mayor hazaña decidirse por una de las respuestas clasificadas anteriormente.
Imagina entonces la siguiente situación: camina por la calle cuando un hombre frena su paso y le arroja en la cara, sin anestesia, la misma pregunta de la nota. Entre aturdido y descolocado, atino a pronunciar un ¿perdón? pero al instante reacciono y devuelvo la pelota del otro lado del campo con un si, ¿por? El hecho no concluye allí, el hombre cruza la calle, como si no hubiese existido diálogo alguno, y él, envalentonado por la huida de su contrincante grita de vereda a vereda: ¿a usted que carajo le importa mi felicidad?, si le digo que soy un pobre diablo, ¿va a solucionar mis problemas?
Se sirve otra copa de vino mientras saborea el gusto del triunfo, efímero, escurridizo, ya que al terminar de llenarla la victoria se transforma en derrota, acechado por sus demonios interiores. Tomo ahora el cuaderno-anotador y escribo a modo de título “LOS DEMONIOS INTERIORES Y YO”, cerrándolo luego para reconcentrarse en el análisis previo.
Sus pensamientos tienden a ser así: desordenados, en superficie inconexos, ligados por pasillos laberínticos, por vasos comunicantes apenas visibles. Vuelvo a la cuestión verdadera, a la respuesta: NO, NO SOY FELIZ, en mayúsculas también, sentencia que ha intentado ser sorteada, gambeteada, afirmación que se repite semana a semana, mes a mes, año tras año, y nada, las horas pasan y la angustia cada vez es mayor, la angustia, el vacío, la certeza de su inutilidad, sobre todo esto último.
Es como si alguien hubiese estado espiando mi vida, cada momento, sus miserias, sus debilidades, mis fobias, mis obsesiones, concluyendo lo mismo que él: EXISTENCIA SIN SENTIDO. Por ello es posible que esas tres palabras sean una definición perfecta de su vida; ¡que sentimiento de impotencia me surge al reconocer que mi vida puede ser expresada en tres palabras!, o quizás en otras tres: SOY UNA MIERDA (¿qué necesidad hay de escarbar en las entrañas de un pobre tipo, de revolver en los sinsabores de una vida insípida? Que él se repita aquella pregunta, condenándose a profundidades subterráneas, vaya y pase, pero que no respeten mi derecho a la intimidad, su derecho (aunque le cueste aceptarlo) a ser un infeliz…).
2
La ciudad había enmudecido. Algunas personas cantaban, saltaban, la quietud de la ciudad permanecía inalterable. El tiempo real se había ido despegando lentamente de aquel otro, suspendiéndose en el espacio. Sensación rara y primeriza, tal vez similar a la experimentada por otros tantos que, como él, habían decidido marchar hacia el corazón de la capital.
Las calles repletas de gente dejando de rugir un instante. Al menos, si rugían, eran ruidos que no ingresaban dentro de su registro de percepciones. El desfile de público le hubiese resultado abrumador cualquier otro día, sin embargo representaba casi menos que un detalle.
Los rayos de sol rebotando en uno de los perfiles de su cara, fue allí mismo que pensó (mirando hacia arriba) que por más que intentara luego, un tiempo después (días, meses, años después), transmitir los sucesos de aquel día, toda aproximación sería insuficiente, inexacta, incompleta.
El advertir sentirse dueño de una certeza, él, hombre inquieto que busca someter todo a pruebas de validez, sí lo desarmó, obligando a su cuerpo a retomar el aliento sentado en el cordón de la vereda. De a poco la tarde iba cediendo ante la tozudez de la noche, el sol escondiendo sus alas, su respiración controlada, sus emociones a flor de piel.
Evalué como posibilidad hallarme dentro de un sueño, pero no, los pellizcos en los sueños no duelen así, por ahí ni siquiera duelen, no se, habría que hacer la prueba durante alguna tarde somnolienta, o noche de lluvia, o cualquier otro intervalo propicio para soñar (siempre despertó en mí curiosidad el hecho de recordar algún sueño reciente y caer en la cuenta de que alguna pieza singular no encaja armoniosamente dentro de él; mi casa con cocina ajena, amigos que no se conocen simulando una relación añeja, una cama que no es mi cama, mas si mi habitación; claro que esa chispa de lucidez toma cuerpo una vez despierto, cayendo en la misma trampa en reiteradas ocasiones).
Pero no, no me hallaba en estado de ensoñación, la realidad palpable, tangible me lo aseguraba. Miles de personas movilizadas por una causa común (yo saliendo de a poco del letargo, recobrándome del impacto). Y no se trataba de una movilización más, porque confluían distintos sectores sociales, rutas de vida disímiles, frustraciones, mentalidades, sueños variados, también una embrionaria seguridad: sentirse parte de la historia de un país (entremezclada constantemente con las historias, con cada historia).
Es más (y aquí lo novedoso), era una movilización política. Claro que ello no resultaría destacable o sorpresivo en el caso de que no existieran agoreros que desde alturas santificadas e impunes, comodidades de sillón y desprecio popular, hayan logrado penetrar tan hondamente con sus infamias hasta convertirlas casi en sentido común. Mas la realidad es dinámica, me dije, me digo, ¿me diré? Creo que ni ellos (subestimadores eternos) ni nadie (se corrige, alguien seguro que si) pensaron que llegaría un día como hoy, donde la contundencia de los hechos desacredita sus más urdidos montajes.
Retomó el rumbo hacia su hogar luego de pasar varias horas intercambiando pareceres, energías, manifestaciones, escuchando todo aquello que trasciende su mundo interior, sobre todo escuchando. Pienso en mi viejo, en su generación, en la clase intermedia de este país; ¡cómo la han venido jodiendo!; al instante se rectifica: ¡como se ha dejado joder!, apoyando causas que no son las suyas, mirando altaneramente, como por debajo de la nariz, buscando desesperadamente diferenciarse de aquellos a los que debería unirse (al menos intentar comprender) sin percatarse que han estado siendo utilizados, y que les han ofrecido a cambio (a modo de retribución) buzones decorados con vainilla y frutos del bosque que una vez abiertos (destapados) expulsan un tremendo olor a mierda.
Acaso hoy comience a tejerse algo cualitativamente superior, hago lo posible por no ilusionarme, no hay remedio, ya estoy convencido de ese algo nuevo que viene gestándose. Llegaré a mi casa, me daré una ducha y me sentaré a escribir. Las ganas de vaciarme lentamente me desbordan. Ha sido un gran día, será una gran noche, lo presiento.
3
¿Te consuela creer que el mundo conspira en tu contra?; ¿te hace sentir más liviano, te quita peso de encima?, te convierte en víctima, ¿disfrutas de es papel, no? Lo que no llegas a comprender es que se ingresa a ese lugar casi sin percatarse uno de haber cruzado la raya, mas salir implica otro tipo de esfuerzo.
Acaso no estás preparado para ese desafío, acaso nunca lo estés, tal vez tu vida no sea más que eso, refugiarse en universos vacíos, insulsos, leves. Tu voz repitiendo siempre las mismas historias, ya te cansaste de esa misma voz, lo se, aunque (hastiado hasta la manija) seguís ocupando el mismo rincón, porque cansarse y seguir con el verso es lo mismo que nada, o peor, es como un río que te arrastra a la desesperación. Te volviste un tipo huraño, escapás de la gente, inventas enemigos que apenas registran tu existencia, ¡frená con tanto rollo!, tenés el foco roto, mandalo a arreglar, carajo.
Salí de esa cueva intrascendente, fumigá esos bichos que merodean en tu sopa, equilibrá energías y a rodar, que la muerte pide la cuenta fuera de horario. Me das pena viejo, no se que hacer para que te levantes y andes, si tuviese ese poder, no, no esperes ayudas extraordinarias, no esquives el bulto, me exaspera tu pasividad, tu desgano, hasta los que te rodean maldicen el día en que se cruzaron en tu camino.
Mostrando las entradas con la etiqueta Microrrelato. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Microrrelato. Mostrar todas las entradas
sábado, 18 de diciembre de 2010
domingo, 21 de febrero de 2010
DE UN CORAZÓN
La serpiente crecía en su interior, aguardando. El corazón de Jack era un pequeño redoblante aumentando la cadencia de su ritmo, parecía como si quisiera decirle que algo andaba mal en su interior, algo que no debía estaba gestándose, devorándole.
Jack vivía como cualquier pobre diablo; de casa al trabajo, del trabajo a casa. Tal vez la mujer ocasional agitara sus noches de tedio implacable como una lluvia en verano.
El reptil crecía.
Las palpitaciones de su corazón, ya intolerables, lo convencieron de que algo no andaba bien y se propuso reencontrarse con él: fue al campo y pensó, fue al mar y grito, fue a las montañas y perdió algo; su cordura había desaparecido y en su lugar un retorcido sentimiento lo habitaba.
Soñó con imposibles, rezó a dioses antiguos, sacrificó ideas, maldijo a su suerte: La ciudad lo reclamaba.
El asfalto ya tenía otro sabor, un dejo de tristeza y muerte se regodeaba en el suelo hirviente de Buenos Aires, de personas sin alma (pero, eso si, con camisas Christian Dior) que lo observaban como a un animal, asustados de sus ojos.
Arrastrándose por Bolívar, lo interceptaron. Los gritos, ya meros susurros, y su cuerpo retorciéndose fueron lastimeros esfuerzos que sus captores ignoraron. Lo habían atrapado.
Ya nunca más vería las montañas, ya nunca más el mar, el campo. Estaría solo.
Y las personas sin alma lo verían.
Soñó Rabbit.
Jack vivía como cualquier pobre diablo; de casa al trabajo, del trabajo a casa. Tal vez la mujer ocasional agitara sus noches de tedio implacable como una lluvia en verano.
El reptil crecía.
Las palpitaciones de su corazón, ya intolerables, lo convencieron de que algo no andaba bien y se propuso reencontrarse con él: fue al campo y pensó, fue al mar y grito, fue a las montañas y perdió algo; su cordura había desaparecido y en su lugar un retorcido sentimiento lo habitaba.
Soñó con imposibles, rezó a dioses antiguos, sacrificó ideas, maldijo a su suerte: La ciudad lo reclamaba.
El asfalto ya tenía otro sabor, un dejo de tristeza y muerte se regodeaba en el suelo hirviente de Buenos Aires, de personas sin alma (pero, eso si, con camisas Christian Dior) que lo observaban como a un animal, asustados de sus ojos.
Arrastrándose por Bolívar, lo interceptaron. Los gritos, ya meros susurros, y su cuerpo retorciéndose fueron lastimeros esfuerzos que sus captores ignoraron. Lo habían atrapado.
Ya nunca más vería las montañas, ya nunca más el mar, el campo. Estaría solo.
Y las personas sin alma lo verían.
Soñó Rabbit.
miércoles, 6 de mayo de 2009
Ayer, hoy y pasado mañana
Ella tropezó en una canción y cayó en este relato. Ama y señora de una singular habilidad para deshojar margaritas en afán de comprender su futuro -aunque un tanto alborotada: siempre perdía la cuenta.La conocí en un sueño de ninfas y no pude con mis instintos. Monté, con escarbadientes, un patíbulo para la ejecución; de otra manera, no podía tocarla. Cedió, fue mía.
Fue el 19 de diciembre de 2004 que nos hundimos en la memoria. Un día agitado que encontró su cenit en un cruce de caminos.
Por la tarde, nos perdimos en el bosque y fue así que, en el cambalache de las almas, nos fuimos quedando solos. No tan solos, nos teníamos a nosotros: con un equipo de mate, cenando la luna, pereciendo, con pocas fuerzas para un manotazo de ahogado. El frío entumecía nuestros cuerpos y de sexo, mejor no hablar.
Estábamos solos, pero nos teníamos a nosotros, acompañándonos en la soledad: nuestra intrínseca manera de velar por los ausentes. Hablar de soledad en compañía es distinguir a los ausentes, o mutilar a los presentes; aunque de eso se trate el asilo, el olvido.
Pasamos la noche enredados, como serpientes (desarraigados de las supersticiones), hasta amanecer en forma de uróboros. Estábamos acompañados, nos teníamos a nosotros. Hablar de compañía en soledad es distinguir a los presentes, o mutilar a los ausentes; aunque de eso se trate la vida, el amor.
Al día siguiente, no sabíamos –o no sabía- sí estábamos solos –o estaba sólo- o acompañados –o acompañado-.
**************
Desempolvó Sanrod.
domingo, 19 de abril de 2009
El valor de la vida
Fernando yacía en su cama. Mientras se desperezaba, envuelto en las sábanas, comenzó a pensar lo que le depararía su día. Llevar a los chicos al colegio, trabajar hasta las 8 de la noche, ir a visitar a su padre, juntarse a comer con los muchachos. La rutina me está agobiando, pensó.
La habitación se encontraba repleta de cuadros con los rostros de jugadores de Independiente de todas las épocas. Un póster de Bochini abarcaba buena parte de una de las paredes del cuarto.
Fernando se levantó de la cama silenciosamente para no despertar a su mujer. Entró al dormitorio de sus dos hijos y les avisó que el desayuno iba a estar listo en 10 minutos. Le dio un beso a cada uno, y se dirigió hacia la cocina.
Luego de preparar las tostadas, el jugo y el café con leche, decidió pegarse una ducha.
Al ingresar a la bañadera y abrir las canillas, notó que el agua salía fría. ¿Se habrá apagado el calefón?
Salió al patiecito lindero con el baño y comprobó que el calefón no estaba funcionando. Allí mismo recordó los fuertes vientos que se desataron a la madrugada. Debe haber sido eso, balbuceó, consciente de que era necesario cubrir el calefón con nylon para que no volviese a ocurrir lo mismo.
Al observar la hora en su reloj pulsera, advirtió que si esperaba que el agua de la ducha se calentara, sus hijos llegarían con retraso al colegio. Suspendió su higienización temporariamente.
Al dejar a sus hijos en el Instituto Moderno de Educación Integral, emprendió camino hacia su trabajo.
Cuando llegó a la remisería, su jefe lo aguardaba para conversar con él.
-Fernando, necesito un favor.
- Decime, en que te puedo ayudar?
- Uno de los choferes de la noche no puede venir y necesito que lo cubras.
- Si, no hay problema. Tenía que hacer un par de cosas pero las dejo para mañana.
- Muchas gracias, me salvaste.
Mientras su jefe se retiraba, Fernando imaginó lo arduo que iba ser su día. Debía avisarle a su padre que no pasaría por su casa esa noche y a sus amigos que no lo esperaran para el asado.
Tomó el celular y realizó dos llamadas para suspender ambos compromisos. Acto seguido, la recepcionista le encomendó su primer viaje del día: Hipólito Irigoyen 1984.
Luego de trabajar 24 horas seguidas, su cuerpo lucía extenuado. Eran las 7 de la mañana del día siguiente. El maratón de viajes, pasajeros, lomas de burro y semáforos parecía haber concluido.
Mientras la recepcionista le pagaba lo que le correspondía por su jornada laboral, dos jóvenes ingresaron a la remisería.
-Tendrías un auto? Vamos hasta el Shopping, dijo uno de ellos.
Automáticamente, Fernando despachó su mirada hacia a la recepcionista, dándole a entender que él los llevaría.
-Llevo a los muchachos y me voy a casa a descansar Mónica, le dijo, y se retiró al automóvil.
Los dos jóvenes siguieron sus pasos. El más gordo, subió adelante, mientras el otro se ubicó en la parte trasera.
Unas cuadras antes de llegar al Shopping, Fernando tuvo un presentimiento. No logró descifrarlo del todo. A los pocos segundos, el pasajero sentado al lado suyo, sacó un revólver de la cintura.
El otro sujeto, le gritó:
- Quedate piola y hace lo que te decimos porque te bajamos.
- Llevate todo lo que tengo flaco, pero no me hagas nada.
- Doblá acá y dale todo derecho.
Fernando notó rápidamente que quien estaba detrás suyo, con la cabeza rapada y unos lentes de sol, era quien llevaba la voz cantante. Intentó advertir si los pasajeros estaban drogados o borrachos. No, no lo estaban. Al menos, no lo notó.
-Escuchá, te doy todo, pero dejame ir.
Ni bien termino de hablar, recibió un culatazo en la cabeza.
-La concha de tu madre. Yo soy el que digo lo que hay que hacer.
El gordito que iba adelante, permanecía callado. Exhibía un tatuaje con una serpiente en uno de sus brazos. Fernando no olvidaría ese tatuaje más tarde.
Durante 20 minutos, recibió reiteradamente en su cabeza violentos culatazos por parte del delincuente pelado.
-Flaco, no me pegues más. Sos enfermo? Te dije que te doy todo.
-Encima te haces el gato? Puto, te voy matar.
Fernando les avisó a los sujetos que debía parar en una estación de servicio a cargar gas, mientras ideaba su intento de escape. Se llegan a bajar del auto, y me voy a la mierda, con surtidor y todo, repetía para sus adentros.
-Te haces el loco y te bajo, dijo el pelado.
Al acercarse el muchacho de la estación de servicio para llenar el tanque, el gordo le apuntó con el arma. La cara del joven se transformó, palideciendo súbitamente.
Los delincuentes se quedaron en el automóvil. El plan de fuga, abortado.
Salieron de la estación de servicio.
El pelado le pegó nuevamente con el revólver en la nuca. Fernando no aguantaba más. Se sintió resignado, ultrajado, sin ganas de nada.
-Matame de una vez hijo de puta. Me estás pegando desde hace media hora. Me tenés las pelotas llenas. Sos un enfermo de mierda. Matame y dejame en paz.
Su rostro lucía desencajado. Estaba fuera de sí. Chorreaba sangre de su cabeza.
-Pará el auto acá maricón, le gritó el que estaba atrás.
El automóvil se detuvo. Lo único que falta que estos forros me metan adentro de la villa.
- Mira que yo del auto no me bajo ni en pedo, dijo.
A los pocos segundos, Fernando era arrastrado por el suelo. Lo tenían tomado de los pelos. Lo llevaban hacia una loma. Fernando no podía imaginar con lo que se iba a encontrar del otro lado de ella.
Era como un muro, como una especie de barrera natural que dividía el paisaje social.
Su mente estaba demasiado averiada. La lucidez escaseaba.
Al pararse en la cima de la loma, sus huesos se helaron.
Dejó de sentir su cuerpo.
No pudo dilucidar con precisión lo que sentía en ese instante. Miedo? Impotencia? Bronca? Odio?
Fernando tuvo ante sus ojos un conglomerado de gente hacinada, amontonada una al lado de la otra. La pasta base, el poxi-ran, la cerveza, invadían el lugar, robándose el papel de actores principales.
- Yo ahí no me meto ni loco, les gritó, mientras forcejeaba con el pelado.
A lo que este le replicó:
- No mires a la cara pedazo de puto.
- Vos si que sos gracioso. Hace 40 minutos que me estas pegando y ahora no queres que te mire.
Paralelamente, el gordo se iba alejando. Se metía tranquilamente dentro de la villa. Algunos lo recibían como a un héroe.
- Date la vuelta y raja de acá pancho, le señaló el otro sujeto, apuntándolo.
Si me voy de espaldas, este me tira un a quemarropas, pensó Fernando.
- De espaldas no me voy flaco. Andate vos primero.
- Querés que te mate gil? Hace lo que te digo.
Desobedeciendo las órdenes del pelado, Fernando entró a caminar, con sus ojos fijos en el sujeto.
Cuando lo tuvo lejos de su alcance, empezó a correr. Con desesperación. No sentía las piernas. Su mente estaba en blanco. La sangre desprendida de su nuca formaba un camino en el suelo.
De repente, escuchó la voz de una señora:
- Te acaban de robar, no?
No, no me mires. Acá me conocen todos. Seguí caminando.
El gol que está a dos cuadras es tuyo, no?
Fernando asintió con la cabeza.
- Camina unos pasos más que ahora te tiro las llaves del auto. Estaban tiradas en la vereda.
Siguió caminando. Luego de dar unos diez pasos, algo cayó delante de su cuerpo, en plena calle. Eran las llaves.
Corrió hasta el auto, encendió el motor y arrancó a toda velocidad.
Le habían robado 200 pesos, un pulóver y una cadenita de oro que le habían regalado sus hijos.
Todo el trayecto hacia su casa fue monopolizado por un solo pensamiento: que poco que vale la vida, carajo.
La habitación se encontraba repleta de cuadros con los rostros de jugadores de Independiente de todas las épocas. Un póster de Bochini abarcaba buena parte de una de las paredes del cuarto.
Fernando se levantó de la cama silenciosamente para no despertar a su mujer. Entró al dormitorio de sus dos hijos y les avisó que el desayuno iba a estar listo en 10 minutos. Le dio un beso a cada uno, y se dirigió hacia la cocina.
Luego de preparar las tostadas, el jugo y el café con leche, decidió pegarse una ducha.
Al ingresar a la bañadera y abrir las canillas, notó que el agua salía fría. ¿Se habrá apagado el calefón?
Salió al patiecito lindero con el baño y comprobó que el calefón no estaba funcionando. Allí mismo recordó los fuertes vientos que se desataron a la madrugada. Debe haber sido eso, balbuceó, consciente de que era necesario cubrir el calefón con nylon para que no volviese a ocurrir lo mismo.
Al observar la hora en su reloj pulsera, advirtió que si esperaba que el agua de la ducha se calentara, sus hijos llegarían con retraso al colegio. Suspendió su higienización temporariamente.
Al dejar a sus hijos en el Instituto Moderno de Educación Integral, emprendió camino hacia su trabajo.
Cuando llegó a la remisería, su jefe lo aguardaba para conversar con él.
-Fernando, necesito un favor.
- Decime, en que te puedo ayudar?
- Uno de los choferes de la noche no puede venir y necesito que lo cubras.
- Si, no hay problema. Tenía que hacer un par de cosas pero las dejo para mañana.
- Muchas gracias, me salvaste.
Mientras su jefe se retiraba, Fernando imaginó lo arduo que iba ser su día. Debía avisarle a su padre que no pasaría por su casa esa noche y a sus amigos que no lo esperaran para el asado.
Tomó el celular y realizó dos llamadas para suspender ambos compromisos. Acto seguido, la recepcionista le encomendó su primer viaje del día: Hipólito Irigoyen 1984.
Luego de trabajar 24 horas seguidas, su cuerpo lucía extenuado. Eran las 7 de la mañana del día siguiente. El maratón de viajes, pasajeros, lomas de burro y semáforos parecía haber concluido.
Mientras la recepcionista le pagaba lo que le correspondía por su jornada laboral, dos jóvenes ingresaron a la remisería.
-Tendrías un auto? Vamos hasta el Shopping, dijo uno de ellos.
Automáticamente, Fernando despachó su mirada hacia a la recepcionista, dándole a entender que él los llevaría.
-Llevo a los muchachos y me voy a casa a descansar Mónica, le dijo, y se retiró al automóvil.
Los dos jóvenes siguieron sus pasos. El más gordo, subió adelante, mientras el otro se ubicó en la parte trasera.
Unas cuadras antes de llegar al Shopping, Fernando tuvo un presentimiento. No logró descifrarlo del todo. A los pocos segundos, el pasajero sentado al lado suyo, sacó un revólver de la cintura.
El otro sujeto, le gritó:
- Quedate piola y hace lo que te decimos porque te bajamos.
- Llevate todo lo que tengo flaco, pero no me hagas nada.
- Doblá acá y dale todo derecho.
Fernando notó rápidamente que quien estaba detrás suyo, con la cabeza rapada y unos lentes de sol, era quien llevaba la voz cantante. Intentó advertir si los pasajeros estaban drogados o borrachos. No, no lo estaban. Al menos, no lo notó.
-Escuchá, te doy todo, pero dejame ir.
Ni bien termino de hablar, recibió un culatazo en la cabeza.
-La concha de tu madre. Yo soy el que digo lo que hay que hacer.
El gordito que iba adelante, permanecía callado. Exhibía un tatuaje con una serpiente en uno de sus brazos. Fernando no olvidaría ese tatuaje más tarde.
Durante 20 minutos, recibió reiteradamente en su cabeza violentos culatazos por parte del delincuente pelado.
-Flaco, no me pegues más. Sos enfermo? Te dije que te doy todo.
-Encima te haces el gato? Puto, te voy matar.
Fernando les avisó a los sujetos que debía parar en una estación de servicio a cargar gas, mientras ideaba su intento de escape. Se llegan a bajar del auto, y me voy a la mierda, con surtidor y todo, repetía para sus adentros.
-Te haces el loco y te bajo, dijo el pelado.
Al acercarse el muchacho de la estación de servicio para llenar el tanque, el gordo le apuntó con el arma. La cara del joven se transformó, palideciendo súbitamente.
Los delincuentes se quedaron en el automóvil. El plan de fuga, abortado.
Salieron de la estación de servicio.
El pelado le pegó nuevamente con el revólver en la nuca. Fernando no aguantaba más. Se sintió resignado, ultrajado, sin ganas de nada.
-Matame de una vez hijo de puta. Me estás pegando desde hace media hora. Me tenés las pelotas llenas. Sos un enfermo de mierda. Matame y dejame en paz.
Su rostro lucía desencajado. Estaba fuera de sí. Chorreaba sangre de su cabeza.
-Pará el auto acá maricón, le gritó el que estaba atrás.
El automóvil se detuvo. Lo único que falta que estos forros me metan adentro de la villa.
- Mira que yo del auto no me bajo ni en pedo, dijo.
A los pocos segundos, Fernando era arrastrado por el suelo. Lo tenían tomado de los pelos. Lo llevaban hacia una loma. Fernando no podía imaginar con lo que se iba a encontrar del otro lado de ella.
Era como un muro, como una especie de barrera natural que dividía el paisaje social.
Su mente estaba demasiado averiada. La lucidez escaseaba.
Al pararse en la cima de la loma, sus huesos se helaron.
Dejó de sentir su cuerpo.
No pudo dilucidar con precisión lo que sentía en ese instante. Miedo? Impotencia? Bronca? Odio?
Fernando tuvo ante sus ojos un conglomerado de gente hacinada, amontonada una al lado de la otra. La pasta base, el poxi-ran, la cerveza, invadían el lugar, robándose el papel de actores principales.
- Yo ahí no me meto ni loco, les gritó, mientras forcejeaba con el pelado.
A lo que este le replicó:
- No mires a la cara pedazo de puto.
- Vos si que sos gracioso. Hace 40 minutos que me estas pegando y ahora no queres que te mire.
Paralelamente, el gordo se iba alejando. Se metía tranquilamente dentro de la villa. Algunos lo recibían como a un héroe.
- Date la vuelta y raja de acá pancho, le señaló el otro sujeto, apuntándolo.
Si me voy de espaldas, este me tira un a quemarropas, pensó Fernando.
- De espaldas no me voy flaco. Andate vos primero.
- Querés que te mate gil? Hace lo que te digo.
Desobedeciendo las órdenes del pelado, Fernando entró a caminar, con sus ojos fijos en el sujeto.
Cuando lo tuvo lejos de su alcance, empezó a correr. Con desesperación. No sentía las piernas. Su mente estaba en blanco. La sangre desprendida de su nuca formaba un camino en el suelo.
De repente, escuchó la voz de una señora:
- Te acaban de robar, no?
No, no me mires. Acá me conocen todos. Seguí caminando.
El gol que está a dos cuadras es tuyo, no?
Fernando asintió con la cabeza.
- Camina unos pasos más que ahora te tiro las llaves del auto. Estaban tiradas en la vereda.
Siguió caminando. Luego de dar unos diez pasos, algo cayó delante de su cuerpo, en plena calle. Eran las llaves.
Corrió hasta el auto, encendió el motor y arrancó a toda velocidad.
Le habían robado 200 pesos, un pulóver y una cadenita de oro que le habían regalado sus hijos.
Todo el trayecto hacia su casa fue monopolizado por un solo pensamiento: que poco que vale la vida, carajo.
Por Barreto.
sábado, 18 de abril de 2009
Séptico y Sentimental.
En el lugar más austral de mi departamento, empapado de oscuridad, me arrojo al despojo de la duda y ,así, al encuentro con la cruel realidad. El mate está frío y yo sin querer levantarme.
sin muchas fuerzas me reincorporo en mis pies descalzos, ágiles para evadir los deshechos que en el suelo se ciernen agazapados, inertes expectadores de estrellas que no existen más que para mí. Con una mano tomo la pava, pavita, con el agua helada, con el agua tan fría. Pienso; camino, agua, -glup, glup-, fuego, pava, hervor.
Vuelvo a tirarme entre los desperdicios que tan deliveradamente dejo descansando en mi suelo... ¿Qué es eso que suena? PJ Harvey es un sedante para mi cabeza. Decido salir, despejarme un poco.
solo tomando las llaves, abriendo la puerta, crossing over, just like that. tomá un en-vi-on-ci-to querido, todo va a salir bien, te prometo que nada raro va a salir de atrás de esa puerta.
Wrong.
Tiene nombre de mujer.
Detrás de todo hay un nombre de mujer, detrás del nombre; un rostro... eso hay que temer.
-------------------------------------------------------------------------------------------------
look around, tell me what you see. Even though we are close, the distance between us is so vast..
and our souls beg for peace, but is too late. we depend so much on pain that we forget about beauty. a plain, a forest, a sunset, a face, a laugh. every little thing in life has it's piece of light.
this warm, tender light... I'd give everything I have for it.
sin muchas fuerzas me reincorporo en mis pies descalzos, ágiles para evadir los deshechos que en el suelo se ciernen agazapados, inertes expectadores de estrellas que no existen más que para mí. Con una mano tomo la pava, pavita, con el agua helada, con el agua tan fría. Pienso; camino, agua, -glup, glup-, fuego, pava, hervor.
Vuelvo a tirarme entre los desperdicios que tan deliveradamente dejo descansando en mi suelo... ¿Qué es eso que suena? PJ Harvey es un sedante para mi cabeza. Decido salir, despejarme un poco.
solo tomando las llaves, abriendo la puerta, crossing over, just like that. tomá un en-vi-on-ci-to querido, todo va a salir bien, te prometo que nada raro va a salir de atrás de esa puerta.
Wrong.
Tiene nombre de mujer.
Detrás de todo hay un nombre de mujer, detrás del nombre; un rostro... eso hay que temer.
-------------------------------------------------------------------------------------------------
look around, tell me what you see. Even though we are close, the distance between us is so vast..
and our souls beg for peace, but is too late. we depend so much on pain that we forget about beauty. a plain, a forest, a sunset, a face, a laugh. every little thing in life has it's piece of light.
this warm, tender light... I'd give everything I have for it.
by da Rabbit.
Retrato de la Estación Lanús
*
A contramano por Pavón, se hacen carne mis fantasmas (un reloj, dos muñecas jujú y un falso pergamino atiborrado por indescifrables jeroglíficos), en tanto entono “el payaso plin plin” en jeringoso. Siento que pesan mis piernas, cuando en verdad es el suelo que está muy liviano. Sigo el paso y noto que aun conservo el sueño de cagar a palazos a un caddie disfrazado de Superhijitus; aunque la idea de hacer que ella bese la tierra mojada pese tanto como jugar a la ruleta rusa con el tambor repleto. Sonrío por mis paisajes imaginarios y recibo a cambio una muralla de frescos del medioevo.
Tal es el camino que, en las sinuosas danzas del caminante en las multitudes, se graban plutónicas figuras en el aire peligrando mi estabilidad. La pictórica marquesina semestral ofusca y corona al horizonte con una criatura del averno. Las quinientas setenta y tres cabezas manando como fango de los trenes, muriendo, dentro de sus zapatos, por vivir los cinco minutos venideros. Las quinceañeras, eternas, infinitamente estúpidas haciendo del paseo una carrera de obstáculos.
Cuatro columnas más y, al menos por hoy, no voy a ser más parte de esto.
Cuatro columnas más y, al menos por hoy, no voy a ser más parte de esto.
Antigua Estación Lanús (Año 1910)
***
Soliloquió Sanrod.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)