Mostrando las entradas con la etiqueta Epístola. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Epístola. Mostrar todas las entradas

sábado, 19 de septiembre de 2009

Carta a un amigo en Capilla del Monte

Buenos Aires, 19 de Septiembre de 2009
*


"… I like too many things and get all confused and hung-up running from
one falling star to another till I drop. This is the night, what it does to you.
I had nothing to offer anybody except my own confusion."
Jack Kerouac
*
¿Qué hacés, hermano? Acá las cosas están más que bien. Vos me entendés, así se estila decir en las grandes ciudades cuando todo está para la mierda. Sólo que esa expresión alude, en guisa un tanto oscura, a la constancia. Sería, más o menos, como decir “está todo como siempre, está todo como el orto”; pero también sabrás comprender que, viviendo en este agujero, uno no puede –o no quiere- desarraigarse de ciertas costumbres por más estúpidas que resulten. Podría ahorrarme el paso de hacer una vaga traducción de las muletillas que empleo, valiéndome de determinadas aclaraciones a continuación de éstas, pero de esa manera estas líneas no serían más que eso: sólo líneas. Las muletillas le dan el “aire” argentino (que debe permanecer intacto), aunque las aclaraciones se lo quitan… se las quedan mirando como diciendo “no pueden ser más que lo que son”. Qué paradoja hablar de “aire argentino”… ¿alguna vez nos sentimos argentinos?
Si dejo de ser facilista, conformista y extravagante, pierdo ese olor a puerto que despiden mis fauces. Si empiezo a ser oblicuo, contestatario y sencillo, gano en amor. De todas formas, no voy a dejar ni empezar a ser, porque ya soy… esto es lo que piden, esto es lo que les doy: mi persona y mi sombra. Mi persona, a todo el mundo. Mi sombra... a unos pocos.
*
Lanús quedó como la dejaste: ese pozo infecundo, ese turbio escenario donde se desplaza la masa inerte sin dejar huella. Hace poco que te fuiste, pero ya deben haber levantado unos diez o quince edificios más… ¡esos hijos de puta están sepultando los barrios con sus torres! Antes no se sentía la transición entre Valentín Alsina y la Estación, hoy salgo de casa en remera pero con un pulóver en mano, porque se que cuando baje del bondi me voy a cagar tanto de frío como si estuviera en Balvanera. Iberlucea fue calle de quinceañeras, pero ahora se la denomina “Las Lanusitas” (obviamente, pretenden emular a la zona más paquete de Lomas). Creéme, más que asco, da bronca. No se puede estar tranquilo… ¡hasta el sentido de pertenencia nos quitaron!
Ruego al universo que te hayas llevado la fotografía del Viejo Lanús. A este paso, no me sorprendería que encierren en jaulas a los personajes autóctonos –tales como Hugo, Puchito, Travolta, el Hombre-huevo y otros tantos más- para exhibirlos en esas ferias berreta que brinda cada tanto la Municipalidad. El Jefe es para mí lo que un oso panda es para los japoneses. Me da gusto verlo, cuando lo cruzo, porque es una excelente persona, pero a la vez me produce una angustia tremenda porque lleva consigo la insignia del barrio (barrio que ya no existe).
Y si, me cansé de escuchar tantas boludeces: “es impresionante como está creciendo Lanús”. Pero ¿de qué crecimiento hablan? Lanús creció en número, pero por lo demás cada vez está peor. Me contentaría con que no vengan más “extranjeros” y que el crecimiento sea cosa individual. En definitiva, otra de mis utopías…
*
Estoy comiendo un cigarrillo tras otro, mientras escucho a Tom Waits (que va a hacer que reviente mi corazón), el moco es que en el breve intervalo entre tema y tema se alza el rumor de una música colombiana que se siente como un dedo en el culo ¡Tom Waits! Creo que te hablé de él hasta el hartazgo… es mi nuevo Jesús. Me recuerda a esas noches en “el bar de Beba” -el último bar- donde jugábamos a analizar (casi con rigor científico) el cuadro y la droga en particular bajo la que estaban sumidos los clientes. Eramos unos enfermos encantadores cuando prestábamos nuestra oreja a esos enternecedores cocainómanos que mangueaban puchos a mansalva, como si se hubieran escapado de un neuropsiquiátrico ¡Cómo reíamos cuando se rascaban la nariz y miraban a los costados como comadrejas! Los porreros eran todos “rollingas” que hacían señas extrañas, danzas rituales y patéticas teatralizaciones de las canciones vacías que escupía la rocola. Las mujeres, la mayor parte a mediohacer, eran como un collage de resacas de domingo a la espera de un poco de diversión... Todo un acontecimiento era encontrar una mujer entera en esa cervecería ¡Por todos los santos! ¿Qué mierda hacíamos en ese antro? Era un barsucho de mala muerte, atestado de amanecidos, minas servidas en bandeja y, ahí detrás, la misteriosa simpatía de Beba y su eterna sonrisa. Creo que nos gustaba ver la otras caras de la noche, lo que no conocíamos, ser parte por momentos de lo ajeno. Supongo que, inconscientemente, nos encerrábamos en las muertes de las noches porque era (el bar de Beba) escenario de magníficas charlas filosóficas: crecimos mucho ahí dentro.
*
Me estoy yendo de mi centro, te escribía para saber cómo estabas y terminé haciendo un terrible tango con todo lo que se perdió. Me resulta gracioso el hecho de que cuando estabas a diez minutos de mi casa, quizá pasábamos meses sin siquiera telefonearnos. Ahora, que hace sólo un par de semanas que te fuiste, estamos como unas "carmelitas descalzas" recordándonos cuánto nos queremos y las tantas ganas que tenemos de vernos. Pero, bueno, es un escollo de la distancia: los medios de comunicación cada vez son menos humanos (de paso, te recomiendo que leas “El asesino” de Ray Bradbury, está en "Las doradas manzanas del sol", te va a encantar). Cara a cara –o como se dice ahora por estos pagos: Face to face- podemos valernos de otras demostraciones, no intencionales, implícitas accidentalmente.
*
Ya te conté como anda mi vida personal: estoy siguiendo una rutina que aterra; no por ser rutina, sino porque sea justo yo el que la siga. Sólo me quedó atragantado esto de ilustrarte el nuevo paisaje con mis armas (las palabras). Lo hago para darte fuerzas desde acá, para que te quedes tranquilo, para que te convenzas sobre tu elección de vida. Fue la decisión más acertada que podrías haber tomado. Como ya te dije, podría ser egoísta y garabatear un dibujo para que sigamos yirando por ahí, pero es un capítulo que cerró: cumplió su ciclo. Vos estás bien en tu nuevo lugar, que no importa sí es permanente o de paso. Me llena de orgullo que hayas tenido los huevos para tomarte el palo solo a hacer vida de montañés... ¡ni por capricho lo haría! Tenés que disfrutarlo.
Me voy despidiendo, porque tengo otras cosas que hacer y, además, no va a faltar oportunidad de volver a escribirnos. Este verano nos estaremos viendo, seguramente voy con el Jefe para allá.
*
Un fuerte abrazo,
*


Sanrod.

*
PD: Abro la carta con un fragmento del libro “On the road” (En el camino) que no puede describir de mejor manera el estado en el que me encuentro. Pertenece al capítulo cuarto de la segunda parte. Se que te llevás como el culo con el inglés, así que me atrevo a traducirlo: “Me gustan demasiadas cosas y me confundo y altero corriendo detrás de una estrella fugaz a otra hasta que caigo. Así es la noche, lo que te produce. No tengo nada que ofrecer a nadie excepto mi propia confusión.”

martes, 4 de agosto de 2009

Carta a un hermano en el exterior

¿Cómo andas hermano querido? Si, es verdad, hace mucho que no te mando una carta. ¿Cuál fue la ultima? Mínimo un ano atrás, o dos, ya se me olvidó.
Si, ya se que ahora nos hablamos por e mail, pero tenia ganas de sentir esto otra vez: esto de agarrar una lapicera, el papel y dejar que las palabras fluyan. Vos sabés mejor que nadie que cuando escribo me siento otro. Me relajo, el cuerpo deja de estar tenso, las ideas brotan con mayor claridad; en síntesis, me siento vivo, si, creo que es esa la palabra.
Aunque tengo que confesarte que no escribo con frecuencia. Y si, la vida es así. A medida que pasan los años queda menos tiempo para hacer las cosas que a uno le gustan.
Cada vez más obligaciones, más responsabilidades. Siempre apurado, corriendo de aquí para allá.
Quisiera jubilarme ahora. Si, a los 38. Bueno, por ahí estoy exagerando un poco. Siempre fui un poco exagerado, ¿no? Que se le va hacer, viene en los genes; pero si vos no sos así; el viejo si; todavía no es momento de hablar del viejo; más adelante, si; primero quiero contarte otras cosas.

La gorda esta gigante; ya tiene dos años; quiero que la conozcas negro, salió linda como la madre; Maxi ya pasó a primer grado; ¡la pucha, como pasa el tiempo! ¿Te acordas cuando éramos pibes, yendo a la casa de los abuelos y revoleándonos limonazos en medio del cuerpo?; ¡como picaban!, vos tenias más fuerza que yo, por eso terminaba siempre llorando en un rincón
¿Las mellizas? ¿Siguen tan bravas como antes o ya pasaron esa etapa de rebeldía? Sacaron el carácter de la madre
¿Cómo anda mi cuñada preferida? Ya se que es la única cuñada que tengo, pero si tuviese otras, seguiría siendo mi preferida.
Espero que bien; se los extraña por acá. El otro día lo hablaba con Cristina; comentábamos que desde que se fueron a Barcelona, las cosas no son iguales; nos falta algo; ustedes son nuestra única familia; me entendes, ¿no?; pienso que a vos te debe pasar lo mismo.

En realidad, doy vueltas para no ir directo al grano. Claro que me interesa saber como anda la familia, pero para eso no hace falta que te escriba una carta; basta con los contactos que tenemos por email cada tanto; y respecto de mi placer por la escritura, sabes que es cierto; sin embargo, en este caso ha servido de excusa, de introducción para llegar a lo importante: el viejo.

Vos te preguntarás qué pasa con el viejo. Es lo mismo que yo me pregunté ese día. Hace tres meses de esto negro; no me animaba a decírtelo, pensé que me ibas a dar por loco; no, que voy a estar loco; todo lo que te cuento a continuación no tiene ni un pelo de mentira. Al principio, ni yo lo podía creer; con el paso de los días lo tuve que aceptar, no me quedó más remedio.

20 de abril del 2009

Eran las ocho PM. Cristina y los chicos no estaban en casa, habían ido a un cumpleaños, y yo estaba con antojo de ñoquis caseros. Hacía ya unos meses que no los preparaba. Como estaba aburrido, limpié la cocina y me puse a amasar. Hay veces que la cocina puede funcionar como una terapia. Por lo menos, a mi me sucede eso. Lo mismo que con la escritura.

Eran las diez PM. La salsa estaba lista; a los ñoquis les faltaban unos minutos de cocción. Abrí un vino, de esos que guardo para las ocasiones especiales; me serví una copa; hice la degustación correspondiente; estaba delicioso, el acompañante ideal para una buena pasta casera. No lo sabía aún, sin embargo, presentía que esa noche iba a ser especial.

Pasadas las diez y treinta comencé a comer. La verdad, tengo buena mano para la cocina. El desorden que dejo en la mesada y la poca frecuencia con que cocino, son otra cosa. Lo dejo para mis detractores.
Comía en silencio. Me agrada hacerlo así. Sin el sonido de la televisión o incluso de la radio. Solo escuchando el chasquido de mi lengua cuando tomo el vino o el glup glup de mi garganta al tragar.

Recuerdo con precisión ese momento. Pensaba en tomarme unos días de vacaciones en el trabajo. Tal vez, viajar a algún lado, aprovechando el feriado. Fue en ese instante cuando sentí que no estaba solo en la casa. Flotaba en el aire una presencia extraña. Imaginé que era el vino quien estaba provocándome efectos alucinógenos, pero no, no era el vino. Notaba que había algo o alguien detrás mío.
Con el rabillo del ojo, traté de identificar lo que había a mis espaldas; solo pude ver el microondas encima de la mesada. No me animaba a darme vuelta. Aunque sabía que eso seguía allí, aguardando silenciosamente a que yo tomara coraje; trataba de juntar fuerzas para enfrentar lo que el destino había puesto en mi camino; ahora lo lograba y giraba la cabeza y el cuerpo entero, solamente que mis ojos no podían creer lo que tenían enfrente.
Me froté la cara con las manos; no había caso, continuaba ahí.

Me levanté de un salto de la silla y corrí hasta mi dormitorio. Cerré la puerta con llaves y esperé. Me senté en la cama, mirando fijamente la puerta de la habitación. Pasaron cinco minutos, diez, quince, y nada. La casa permanecía silenciosa y vacía. Dándome ánimo en voz baja, caminé con pasos firmes y lentos hasta el living. Ahí estaba de nuevo, cruzado de piernas, sentado en uno de los sillones. Temblaba, no me quedaba quieto, y una fuerza casi sobrenatural me atraía hacia él. El viejo, nuestro viejo, me miraba con ternura, con esos ojos protectores de siempre. Yo me sentaba a su lado, aunque no salía del asombro. Creía haberlo visto todo en mi vida; estaba equivocado.



Es probable que este espacio en blanco no signifique nada para vos. En cambio, para mí, lo significa todo. Desde aquel día en que el viejo se me presentó en casa sin avisar, las cosas se han puesto un tanto difíciles. Adivino lo que pensás al leer esto: ¿cómo es posible que se me haya aparecido el viejo si murió hace diez años? No creas que no me hice la misma pregunta; no encontré ni una sola respuesta mínimamente sensata. El me decía que había venido a ayudarme; que necesitaba de sus consejos, de su experiencia; en fin, la explicación no me convencía.
Es verdad que los primeros días estaba feliz de tenerlo ahí, conmigo, otra vez. Con el correr de las semanas todo cambió. Su presencia comenzó a incomodarme; tenía que esconderlo en el altillo para que no lo vieran, pasarle comida, acomodar lo que desordenaba; hacía malabares para que nadie sospechara nada.

El viejo parecía estar disfrutando con esa situación. Como si no se diera cuenta de que mi mal humor iba creciendo a medida que pasaban los días. En realidad, lo que más me molestaba del viejo era esa manía de aconsejarme, de decirme como tenía que manejar mi vida. Ya no era un adolescente; debía aceptarlo de una buena vez.

Una noche Maxi subió al altillo a buscar un juego de mesa; yo, recién salido de la ducha, escuché unos ruidos en la parte de arriba de la casa. Imaginando que era el viejo quien hacía semejante alboroto, entré corriendo al altillo, con la bata de baño todavía puesta. Maxi, parado encima de una escalera, revolvía uno de los estantes. Mi repentina entrada hizo que gritara del susto, casi cayéndose al suelo. Aunque me sentía aliviado, esa escena no podía repetirse. El viejo ya no seguiría viviendo en la casa.

A regañadientes, y luego de un par de horas dedicadas para convencerlo, aceptó mudarse al departamento de la calle Suipacha. No lo estábamos alquilando en ese momento, por lo tanto, parecía la solución perfecta.

El viejo comenzó a comportarse de manera extraña. Lo había llevado al departamento una madrugada para que no fuera visto por nadie. Le llevaba comida todos los días, pasaba a saludarlo un rato a la tarde; sin embargo, no se conformaba; pretendía vivir de la misma forma que el resto de la gente; ir a comprar el diario a la mañana temprano, reencontrarse con algunos viejos amigos; no entraba en razones; decía que yo no era nadie para darle órdenes.
Un día llegué al departamento y me crucé con la señora que vive justo arriba del viejo. Se quejaba; me reclamaba que la música sonaba a todo volumen el día entero; yo le aseguraba que no volvería a pasar.

La decisión estaba tomada; debía matar al viejo. Por más que lo amara demasiado, era la única forma de seguir con mi vida. Su presencia me resultaba insoportable; como una carga que ya no lograba sostener. Entré al departamento cuando estaba durmiendo, tomé una almohada y la apreté contra su cara durante un minuto. Con los ojos empapados, fui hasta casa y le conté toda la verdad a Cristina. Ella no me creyó.

Ruben: esta carta te la escribió tu hermano hace unos días. No sabía si mandártela; no quería preocuparte. Hace una semana lo tuve que internar en un neuropsiquiátrico. Como lo habrás notado en estas líneas, su salud mental se deterioró durante el último mes. ¡Esa maldita enfermedad volvió para destruirnos a todos!
Comunicate conmigo cuando puedas. Realmente, los necesito mucho. Ya no puedo más luchar sola.
CRISTINA



BARRETO