martes, 24 de noviembre de 2009

Sin Título

Definitivamente nos persigue. Mierda por aquí, mierda por allá. Mierda de seres humanos. Seres humanos de mierda. Y aunque podría seguir así infinitamente, ya mi querido Sanrod se ha encargado con su aguda pluma de zambullirnos en ella. La pregunta que le formularía respetuosamente a mi camarada sería, en todo caso: ¿es posible escapar de ella?; o en su defecto: ¿cabe soñar con un entorno un poco más puro, mas limpio, quizás? Entonces aquí abrirían sus compuertas algunas reflexiones un tanto molestas, persecutorias, que desnudan unos centímetros de lo que somos.
En la Argentina todos se quejan de la mierda alrededor. Mierda con olor a inseguridad, mierda con olor a pobreza, mierda con olor a desigualdad, mierda con olor a corrupción. La lista es larga. Ahora, ¿qué hacemos por extirparla? Es verdad, extirparla es un imposible. Digámoslo de esta manera: ¿qué ponemos de nosotros para aromatizarla? No me convence tampoco, suena a reformismo de cotillón. A ver así: ¿qué mierda hacemos por no estar hasta el cogote de mierda? (no muy refinado aunque con mayor llegada tal vez). Hagamos un simple ejercicio: comencemos por nosotros mismos. ¿Realizamos algo de lo que está a nuestro alcance por el bien común? ¿O aquello funciona solo como una entelequia retórica?
Nuestro querido país se encuentra en las vísperas del Bicentario. Sería estimulante preguntarse qué es lo que festejaremos el año que sigue. ¿200 años de qué? Algunos me dirán (casi creyendo que han descubierto el fuego): 200 años de la Revolución de Mayo, ignorante. Me río mientras escribo esto. Si, es cierto, no deberían ser motivo de risas estas líneas, pero me estoy riendo, ¿qué le voy a hacer? Perdón, retomo: ¿qué modelo de país ha triunfado el 25 de mayo de 1810, o en 1852, si se quiere?
La República Argentina se forjó, desde un comienzo, sin una pata, renga. Porque el proyecto de país triunfante en el siglo XIX (ese que vemos consagrado en los manuales escolares como historia oficial) ha decidido marginar de la historia a los más humildes. ¿Qué tendrá que ver esto con lo anterior? Mucho o quizás solo un poco (no me hago cargo de mi complejo de asociaciones libres).
Para redondear: solo pensando en un modelo de país inclusivo podremos dejar de nadar en la mierda. Desconfiemos de las construcciones que nos imponen desde los medios de comunicación. Tratemos de buscar nuestras verdades (parciales, hace tiempo se murieron las absolutas). Persigamos nuestra voz, única, intransferible. La solución a nuestros males está en nosotros. Desconfiemos de las ideas de importación, de lo que nos quieren ofrecer desinteresadamente las grandes potencias. Sin una Argentina unida no hay futuro esperanzador. Y para conseguir esto hay que destapar la mierda, sin temor a mancharse en el camino.


BARRETO

lunes, 23 de noviembre de 2009

Caca

Todo se reduce al bolo fecal. Esta gran hez es lo que llamamos vida y acá el consuelo es “no queda otra”… ¿Qué hacer con esta bigconfusionpodredumbre? No te preocupes, nunca falta el idóneo que está unos cuantos pasos por delante tuyo, y el que está más apretado es el que mejor la pasa ¿Por qué? No te preguntes más, es así y no puede ser de otra manera. Tenemos que ser unos estupendos idiotas que respeten la mierda tal y como se nos presenta: con etiqueta, sin etiqueta, ya agiornada o a mediohacer. No hay que criticar ni estar disconforme, hay que amoldar el inodoro para el culo mayor.
Odiaba a Antonin Artaud porque habla de mierda y de huesos y a ese Mayakovski con su flautaespinadorsal y al Gran Marqués que escribe mierda con mierda, pero ahora los amo porque se hicieron mierda y porque, además, todos estamos hechos de mierda y tenemos que comer mierda para ser más mierda y poder pertenecer a la gran hez (Tomá aire. Los paréntesis sirven para tomar aire y para segregar multiplicaciones y divisiones de sumas y restas) ¡Imagináte lo que sería! A modo de ilustración, figuráte una isla rebosando de peronistas con remeras del "Che" Guevara. Lo que no sale por el culo, fagocita millones de neuronas que laburan a dendrita y axón pelado para devolver en espejos circulares un jardín atestado de bestias multicolores. Joan me dice que soy elitista y Castillo Del Toro Jones Harrison Ford Del Toledo no me dice nada (lo cual es peor).

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Yo no se por qué y para quién escribo, pero se para qué y eso es lo que importa. Si no saco la mierda voy a cazar una úlcera bárbara. Hablando de mierda, me gusta ver televisión… sobre todo cuando está apagada ¿no da la sensación de estar siendo monitoreados por un cíclope daltónico acromático? No escupe ni proyecta sombras, solo refleja y enaltece mi teoría de que somos mierda y hacia ella vamos. Yo te lo digo a vos que me leés, un poquito te quiero, quiero más a Gala y al dinero, pero no soy Dalí. Perdón, perdón. Te decía… la próxima vez que vayas al baño, tené mucho cuidado, quizá cagás a un Tinelli o a un Kirchner y no hay Grupo Clarín ni Ley de Medios que valga. Acá en la comunidad blogger la cosa es diferente, todos nos leemos pero en verdad no nos entendemos, nos acariciamos el alma cada vez que comentamos y respiramos ensayos, cuentos y poesía para saber con qué gente tratamos. Hay dos tipos de gente: los que usan el bidet y los que le dan al papel higiénico. Eso habla mucho de una persona. Dicen que “somos lo que comemos”, yo pienso que somos lo que cagamos.

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Me acuerdo cuando el Árabe le tapó el ñoba a Xarxe. Yo le pregunté si alguna vez fue pedicado y largó una carcajada tenebrosa. Seguramente Paul habrá visto una cosa semejante cuando compusieron “Yellow submarine” ¡Por Hendrix, Lennon y Harrison! El santo sorete del Árabe, la octava maravilla. Y bueno, hay millones de historias que competen al sistema excretor, de las cuales fui testigo y protagonista, pero eso es otra historia (de mierda). Lo importante es que caguen sano y que no confundan aceite de ricino con pastillas de carbón vegetal.

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Ahh… no me puedo olvidar de esto, fue una de las experiencias más traumáticas de mi vida. Freud dice que todos estamos enamorados de nuestras mamás; para mi es un perverso, podés estar enamorado de la mamá de otro pero no de tu propia madre, la que te engendró durante nueve meses (si estuviste siete, andáte dos meses a la concha de tu madre) para que luego te revuelques entre fauna y flora. Cuando me enteré que Papa Noel no existía y que Rachmanioff nunca grabó un disco, la pasé muy mal. Pero peor fue cuando la vida me puso ante una de sus grandes verdades: las mujeres también cagan. Situación inexplicable. Es como… no se… enterarte que Bambi escucha AC/DC o que Mickey es trisexual. No va. Indignado con la naturaleza misma. Más adentrado en años, se agravó mi cuadro de rechazo: algunas tapan baños como el Arabe y hasta se constipan. De todas maneras, las queremos como son, pero traten de no cagar delante de especímenes del género masculino.

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Hay mierda gráfica, mierda sonora, mierda literal (literalmente hablando y en sentido figurado), mierda simbólica y mierda que está implícita en la mirada de muchos hijos de puta. Te das cuenta porque sus ojos son como dos lagunas de Lobos.
Biquerful.

¡Hasta la próxima y no se olviden de tirar la cadena!

Uy, me cagué.



Defecó Sanrod.

sábado, 21 de noviembre de 2009

El observador

Cada vez que proyecta un sueño viste de azul las mañanas y cede al claroscuro la más dulce de las manzanas. Se trata de apuntalar el cemento frío hasta que se petrifiquen las piernas, hasta que se arboricen las manos y se dibuje en el intenso verde un carrusel de golondrinas que acongojen a los desamparados al canto de “And I love her”. Se trata de sumergirse, sin escafandra, por los mohosos ríos del no tiempo y figurar en una estampita la imagen de Gardel (voz que adquiere el tinte del buen vino y aroma a mueble).
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Él es el observador. Es quien se quemó con el sol, quien se engolosinó bañado de luna mientras los años pasaban. No obstante, jamás envejeció. Puso un nombre a todas las estrellas (inclusive las extintas), pero, como faro de puerto, solo vio donde quiso ver: fue testigo, nunca protagonista.
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La vida cobra sentido cuando se despeja de confusión: esa mujer baila por goce y esta otra, se está meando…
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garabateó Sanrod.

Buscando la salida

Recuerdo que aparecí casi de la nada en ese cuarto. Mi memoria confusa, invadida por imágenes borrosas, indefinidas, por sonidos indeterminados, ajenos. Mis sienes con martillazos de cada lado. Mis pensamientos escurridizos, inaccesibles, amurallados. La oscuridad del lugar sin infundir temor. Quizás incertidumbre, desconcierto, pero no temor. Mi cuerpo yaciendo de espaldas, con una especie de almohadón sosteniendo mi cabeza. Atinando a ponerme de pie pero no consiguiéndolo en el primer intento. Tampoco en el segundo ni el tercero. Una debilidad extrema parecía haberse apoderado de mis huesos. Llevando una de mis manos a mi frente, luego de evaluar la posibilidad de estar hirviendo de fiebre. Descartando esa conjetura al instante, ahora sí parándome con esfuerzo, concentrándome en mis piernas para no perder el equilibrio.

Caminé unos pasos, no podría decir con exactitud cuantos. Los martillazos eran cada vez más espaciados aunque no menos intensos. Algo sólido detuvo mi andar, cual si estuviera anticipándome que hasta allí llegaría mi avance. Las palmas de mis manos recorrieron aquella estructura rugosa, arribando mi razonamiento unos segundos después a la respuesta más lógica: se trataba de una pared, de una habitación rectangular, para ser más preciso. Había una puerta también. Claro que al tratar de abrirla advertí que no tenía picaporte. Sin embargo, no era aquello lo más extraño. Más bien, mi pasividad, mi desgano, la falta de reacción de mis músculos. Fue en ese momento que barajé como probable el hecho de estar bajo los efectos de alguna droga. La pregunta era en ese caso cuándo había ingerido dicha sustancia. Apelé a mi memoria, esperando encontrar en ella alguna explicación sensata. Mis recuerdos continuaban difusos, y aunque comenzaban a aclararse lentamente no cobraban la forma indispensable para hacerse inteligibles ante mí. Un sueño profundo iba filtrándose en mi cuerpo, de manera sigilosa, casi imperceptible. No podía darme el lujo de perecer ante aquel intruso, pues debía averiguar primero al menos algo de lo que estaba ocurriendo. Escuché unas voces del otro lado de la puerta, corrí para colocar mí oído sobre ella, aunque ya era tarde; otra vez el silencio más absoluto se adueñaba del lugar. A pesar de no saber donde estaba, tampoco cómo había llegado allí, ni siquiera por qué me encontraba encerrado entre esas paredes con olor a humedad, me sentía un tanto más aliviado al descubrir que mi presencia no era la única en ese sitio. Tal vez porque toda mi vida me ha perseguido la misma pesadilla: yo, prisionero en una pieza sin luz, sin más compañía que mis pensamientos y mi conciencia. Lo más absurdo era que no sintiese terror, al menos una pizca de él indicándome que estaba vivo. Mi boca seca, mi estómago crujiendo del hambre, y ese cansancio incontrolable que no me permitía pensar con claridad. Acomodaba los fragmentos de recuerdos que mi memoria no se había dispuesto a eliminar, con tanta dedicación como si estuviese armando un rompecabezas de infinitas piezas. Algunas de ellas encajaban, se unían entre si, entonces me veía saliendo de mi casa, dirigiéndome a aquel bar de mala muerte, ya casi llegando, faltaban solo unas cuadras. Me detenía a comprar unos cigarrillos, seguía camino, estaba a una cuadra del bar ahora, se abrió violentamente la puerta. Instintivamente retrocedí y me ubiqué en una de las esquinas de la habitación, aguardando con respiración leve, con los pulsos del corazón disparados. La puerta entreabierta daba entrada a unos pocos rayos de luz, suficientes para distinguir la cara de aquel sujeto. Y desde aquel momento en que pude reconocer su cara, los sucesos se fueron tornando más cristalinos, más cercanos a mi entendimiento. Porque podía recuperar pedazos de mi pasado reciente, pasado que lo tenía como partícipe a ese hombre, justo en la esquina del bar, disparando aquel revólver, alojando sus balas en la cabeza de aquella mujer. El sujeto me observaba fijamente, desprendiendo de su mirada un brillo de brutalidad intimidante para cualquiera. Yo me retorcía para sostener aquellos ojos, mas era en vano, ya que los míos se llenaban rápidamente de lágrimas, así que pestañeaba con resignación y bajaba la vista. Luego de unos segundos, la puerta volvía a cerrarse y todo retornaba a esa extraña normalidad interrumpida por aquel hombre. Las piezas del rompecabezas debían ser colocadas con cuidado, de modo tal que no se pasara por alto algún detalle que pudiera resultar crucial para mi supervivencia. Y el desafío de resolver aquel enigma despabilaba mi espíritu, no obstante un cansancio demoledor se mantenía alrededor mío como una sombra. La cara de aquel hombre estaba de nuevo conmigo, no ya en ese cuarto, pero si en mi mente. Revisaba su pelo, sus cejas, su desprolija barba. Yo quedaba paralizado ante aquella situación. Mis piernas no respondían. Quería correr hacia el bar, comenzaba a hacerlo aunque no alcanzaba mi cometido final, porque un auto se subía a la vereda impidiéndome el paso, y si bien intentaba escaparme en la dirección contraria, el sujeto de barba me interceptaba, empujándome dentro del vehículo. Me quedé dormido y, al despertar había perdido la noción del tiempo. En realidad, desde el primer instante en que encontré mi cuerpo dentro de esa cárcel rectangular, el tiempo se había diluido de manera misteriosa. No sabía en que día vivía, mucho menos si era de día o de noche. Tampoco si mi sueño había durado largas horas, quizás días o tan solo algunos minutos, quizás segundos. Definitivamente el hambre y la sed se habían convertido en un obstáculo imprescindible de sortear. Para mi sorpresa, a la altura de mis pies una botella de agua y un paquete de galletitas. Si bien tardé en reconocer aquellos víveres (la oscuridad del lugar seguía siendo absoluta), el azar decidió que tropezara con ellos al quererme levantar del piso. Comí y tragué con desesperación, casi sin masticar, restándole importancia al gusto de aquellas galletas. Después recogí el agua y bebí un sorbo interminable. Y al tiempo que realizaba estas acciones mi boca y mi estómago enteros parecían reanimarse, llenarse de vida.

Esta resurrección de mi cuerpo parecía haber oxigenado mi memoria, porque allí estaba otra vez el auto criminal, su puerta trasera, abriéndose desde dentro para que yo fuera metido a los golpes, cerrándose bruscamente para ser recibido por esos hombres con cara de pocos amigos. Un culatazo en la cabeza me daba la bienvenida, reduciendo mi lucidez a la nada misma.
La estadía en esa habitación debía ser utilizada para descubrir la manera de escapar de allí. Cierto era que si aquellos sujetos me habían encerrado en aquel lugar, tarde o temprano acabarían matándome. Porque, como había leído en las novelas policiales que devoraba de niño, ningún cabo podía quedar suelto. Y la prolongación de mi vida no era otra cosa más que un cabo suelto. Pero, ¿cuál era la razón por la que no me habían liquidado aún? ¿Acaso estarían deliberando quién sería el encargado de realizar el trámite en cuestión? No eran de mi incumbencia aquellas respuestas. Solo focalizándome en el plan de fuga lograría salir vivo de ese cuarto.

Una pequeña luz ingresaba por alguna hendija de la puerta, y aunque resultaba demasiado débil para iluminar el lugar, bastaba para que yo reconociera ciertos detalles vedados hasta el momento. Por ejemplo, la claraboya ubicada en un rincón del techo, tapada con unas cintas de modo que no se filtrara la luz; o esos ladrillos colocados unos encima de otros formando esas cuatro paredes dentro de las que me encontraba preso. Desde aquel preciso instante, la idea fue conformándose en mi cabeza; una vez decidido el plan, la puesta en práctica del mismo se daría automáticamente. Pensé entonces en trepar por una de las esquinas, apoyando la punta de mi calzado en los huecos escondidos entre ladrillo y ladrillo. Subiría lentamente hasta llegar al techo, deslizándome luego hacia la ubicación de la claraboya. Una vez frente a ella, quitaría aquellas cintas y con una de mis zapatillas rompería el vidrio mediante un golpe seco y certero. Correría por el tejado buscando la manera de bajar hasta la calle. La vereda me recibió a los tropezones, más con esa mueca de felicidad en los labios a causa de mi recuperada libertad. Mis piernas volaban de la adrenalina, se desesperaban por no chocarse, por no trastabillar tontamente. Un taxi pasaba por al lado mío y yo palpaba mis bolsillos ilusamente, ya que solo un poco de sentido común era suficiente para saber que aquellos sujetos se habían apoderado de mis pertenencias, incluyendo dentro de ellas mi flaca billetera. Conservaba unas monedas, sin embargo, en la parte trasera de mi pantalón, y esos metales circulares que en otra circunstancia hubiesen sido despreciados por su ínfimo valor mercantil, representaban aquel día, a aquella hora, mi pasaporte a la vida. Me detenía en la primera parada de colectivo que alcanzaba a distinguir mi vista y como si el destino me guiñara un ojo, hacía su aparición el 122, con ese humo maravilloso expulsado del caño de escape, con esa gente amigable amontonada dentro de él. Tomado del pasamano, decidí poner en blanco mi mente, anular todo intento de pensamiento que pudiese alterar mi paz interior. No sabía donde me encontraba, tampoco donde me dirigía; apenas importaba ahora ello.

La puerta abriéndose de repente hizo que volviera en si. Los rayos de luz acumulándose en mi cara, yo cubriéndome los ojos con las manos, los oficiales recorriendo con sus linternas la habitación. Preguntándome si me encontraba bien, yo respondiendo que si con la cabeza, advirtiéndoles que tuviesen cuidado, que aquellos bandidos podrían presentarse en cualquier momento. Los policías me hicieron un gesto que no logré entender del todo, quizás no quise, no se, más era como si me dijeran sin palabras que esos hombres de los que yo hablaba nunca habían existido. Me acompañaron hasta el auto de policía, mientras me explicaban que un vecino los había llamado luego de escuchar algunos gritos durante las últimas horas. Y era lógico que se preocupara; la casa había estado abandonada desde hacía unos años. Les di a los oficiales la dirección de mi casa, y al segundo me quedé dormido en la parte trasera del patrullero.





BARRETO

jueves, 29 de octubre de 2009

Hasta luego

¿Y si de una vez por todas somos quienes deseamos ser? ¿Y si de una vez por todas luchamos por sacar algo de lo que llevamos dentro? No te escribo para lavarte el cerebro con discursos vacíos, con palabras desconectadas de la realidad, con letras muertas. Tampoco pretendo convencerte de nada, me conformo con que leas esto, con que quede flotando en tu cabeza algo de lo que siento como verdadero en este momento. Quizás te parezca estúpido el hecho de perder tiempo en esta tarea un tanto pura, utópica dirías. Más si es lo que sale naturalmente de adentro mío, ¿por qué reprimirlo? ¿Por qué negar eso que contienen mis tripas? ¿Por miedo? ¿A la incomprensión, a las reglas establecidas, a qué?

Me voy para nunca volver. Aún no tengo decidido el destino. Lo más lejos posible de todo. De todos. No creas que es resentimiento lo que me mueve a tomar esta decisión. No le llamaría así. Más bien impotencia, inconformismo, búsqueda. Acaso sea una actitud evasiva, porque escapar no significa resolver, porque huir no es enfrentar. Es probable. También hay otra posibilidad: que este sea mi camino, el que yo elijo, no el que me imponen (voy a ser claro en esta ocasión: estoy agobiado por las imposiciones del resto, me asfixian, me sacan el aire, me acorralan, no me dejan ser).

Me pregunto que intento conseguir con estas líneas y dudo. Tal vez no persiga otro fin que el de reafirmar mis convicciones. Cierto es que en un mundo así hablar de convicciones es hablar de algo difuso, extraño, insignificante.

¿Servirá de algo mi viaje? ¿Qué me propongo encontrar durante esta marcha? Por lo pronto, espero conectar con lo más íntimo de mi ser, indagarme, ponerme a prueba, proyectarme hacia el futuro. Porque si todos somos proyectos, todos estamos en condiciones de transformarnos, de acertar, de equivocarnos, de tachar y arrancar de nuevo.

No estoy seguro de llegar a dar con aquello que tengo como meta, mas la sola oportunidad de atravesar ese proceso justifica mi decisión. Puede resultar raro que hable de procesos cuando todo en este mundo está regido por resultados.

Si lograras entenderme quizás este viaje no me encontrase solo. Si te esforzaras por captar mi mensaje, quizás algo nuevo comenzaría a gestarse alrededor nuestro. No puedo ofrecerte la fórmula del éxito; no puedo prometerte el manual para ser feliz. No solo porque no los tengo; también (pequeño detalle) porque odio la palabra éxito, todo lo que lo rodea, esa cáscara sin contenido. En cuanto a la felicidad, cada cual tiene la libertad de elegir el boleto para arrimarse a ella. Sería más fácil decir que yo tengo la llave; sería falso; aunque si puedo poner esto sobre la mesa: respondo con todas mis armas a lo que soy, a lo que intento ser.

Evalúo la forma de ser otro sin negar a aquel que fui, que está siendo. Trato de construir ese hombre futuro aprendiendo de ese otro que estuvo en mí, que está aún, que me ha dado satisfacciones, momentos inolvidables, también dolores de cabeza, situaciones incómodas.
Estoy harto de este estilo de vida, de esta sociedad, de las presiones, de los mandatos familiares, de vivir como dicen, como se debe. Me produce náuseas tanta falsedad disfrazada, tanto lujo vulgar, tanto humano robotizado. Demasiado intelectual de pacotilla, solo algunos hombres de acción. Y cuando hablo de estos últimos hago alusión a los que se juegan lo que no tienen por cambiar aquello que detestan.

Quizás me vaya para diferenciarme del resto, quizás sea solo un acto de protesta burgués, quizás yo represente solo un engranaje de esta horrible máquina que funciona mecánicamente todos los días sin importar cuanta gente muere en cada pestañeo, sin detenerse en cuanta otra disfruta a costa de los demás.

Claro que me voy. No obstante muchos digan que soy apenas un joven iluso, que dentro de unos años la mirada acerca de las cosas va a presentarse diferente, que con los años las ilusiones se van al carajo, que corresponde al proceso natural de todo ser humano transar sueños por experiencia. Dejame soñar al menos. Permitime dudar de lo natural, de lo establecido. De aquello que nos vienen repitiendo desde hace miles de años para encadenarnos más y más. No me siento yo mismo dentro de esta caverna. Sigo mi propia luz, esa única luz que puede iluminarme solo a mí, que seguramente no encienda al posarse sobre otros. O tal vez si. Tal vez esa luz pueda prender en alguien más. No lo se. No depende de mi decisión. Sería maravilloso, claro. Porque ya ahí estaríamos hablando de otra cuestión. De una empresa colectiva. De un proyecto común. Palabras que suenan anticuadas en el presente, que han caído en desuso. Si, leíste bien. Hago referencia al conjunto. Y como ya se lo que me vas a decir, me permito anticiparme a tu respuesta. Mi plan contiene en su origen una falla fatal: ¿de qué me sirve tanta búsqueda, tanto replanteamiento de mi vida, si en definitiva, vaya donde vaya, el entorno me succionará, me atrapará en sus redes hasta que un día negro y lluvioso como el de hoy, diga para mis adentros que ya no es posible ir contra la corriente, grite con angustia que la batalla está perdida, que todo aquel bello sueño había pertenecido a la imaginación, no pudiendo salir nunca de allí? Claro está que sería más cómodo ese tipo de razonamiento; me permitiría llevar una vida monótona, tranquila, sin grandes alteraciones, sin inconvenientes mayores. Prefiero desandar otros senderos. Aunque nunca alcance lo anhelado. Con perseguirlo me basta.

Me despido de vos con alegría, con esperanza, sabiendo que en alguna estación nos podremos encontrar. Y si esto nunca pasara, aparecerán casi misteriosamente los recuerdos, encargados de entrelazarme nuevamente con vos, con mi pasado, con lo que fui.



BARRETO

lunes, 5 de octubre de 2009

En el camino

Camino por las calles de Potosí, un poco abrumado por la altura (los 4100 mts de la ciudad no me han dejado dormir de corrido la última noche), mascando coca y con la mochila de mano sobre mis hombros. Mientras entro a una agencia de turismo (en realidad, no se si le puedo llamar agencia pero es el único nombre que me viene a la mente en este momento), mis amigos se encargan de sacarle algunas fotos a la plaza central, muy pintoresca por cierto, manteniendo en su arquitectura la herencia de nuestros ancestros. Los llamo a los chicos para decidir que excursión haremos al otro día (el resto de ese jueves lo dedicaremos a recorrer museos), me pongo a hablar con dos argentinas que habíamos conocido en Uyuni, examino mi billetera, haciendo cálculos respecto del tipo de cambio. Como era de esperarse, debido a nuestro proclamado compromiso social, optamos por realizar la excursión a las minas del Cerro Rico. Ya estoy recuperado del dolor de cabeza, no necesito más de esas hierbas en mi boca, guardo la bolsa de coca en un bolsillo, miro detenidamente el paisaje que nos rodea. Nos llama la atención los buses importados que transitan las calles, nos subimos a uno de ellos, solo para averiguar que se siente, y claro, alguien puede decirnos que se siente lo mismo que en cualquier transporte público, pero estamos de vacaciones, lejos de casa, aunque en nuestra Latinoamérica querida, debe ser por eso que tiene otro sabor; debe ser por eso que dejamos atrás la compañía del reloj cárcel, esa sombra que nos acecha el resto del año y nos lleva a ser solo uno más dentro de esa vorágine que solemos denominar vida; debe ser por eso que nuestros celulares han dejado de ser una mercancía preciada, y como si quisiéramos darle una cachetada a la sociedad de consumo, habitan en algún lugar de nuestros bolsos, juramentándonos olvidarlos para siempre, al menos hasta que termine esta travesía. Mis viejos saben que los llamaré cada dos o tres días para ponerlos al tanto de las últimas novedades, de los próximos destinos, así que no hay nada de que preocuparse. Porque si uno elige hacer un viaje así, debe tener en cuenta que algunas comodidades burguesas deben ser resignadas, a tal punto de compartir un baño con 30 personas o dormir en el mismo cuarto que un tipo que desde varios días atrás realiza malabares para no ser alcanzado por el agua de la ducha. Es en esos momentos donde uno se pregunta (lo comentaba esta mañana con los chicos): de todas las necesidades que tiene el hombre del siglo XXI, ¿cuántas son verdaderamente suyas y cuántas impuestas desde fuera?

Es viernes ya. Nos espera la visita a las minas. Subimos a una combi con otros argentinos (nos cruzamos con compatriotas por todas partes, de nuestra edad fundamentalmente, entre 20 y 30 años, y nos parece que estamos en casa, no logro describir del todo este sentimiento mas es como si cuando uno está lejos le brotara un cierto patriotismo que lo empuja a una valorización de su país, a un amor por sus raíces, descubriendo un sentido de pertenencia antes escondido).
Escribo en los ratos que puedo. Por un lado, el tiempo dedicado a la escritura me priva de ciertos detalles o acontecimientos que merecen ser vividos, al menos observados. Por el otro, me permite registrar lo que pienso en ese instante, las sensaciones que emanan de mi cuerpo, esas cosas que solo pueden ser volcadas a la hoja en el tiempo presente, ya que en el futuro aparecerán en nuestra memoria fragmentadas, recortadas, indescifrables.

Detengo mi mano derecha, la cual empuñaba un segundo atrás la lapicera y pongo atención a las palabras del guía: habla acerca de la historia de Potosí, de su importancia en los siglos XV y XVI como centro económico y cultural del mundo. Es inevitable que me quede reflexionando, con la voz del guía escuchada desde lejos. Es razonable también que me acuerde de Galeano y sus venas abiertas, de su definición de Potosí, de esta Potosí, no de la vieja, no de esa que supo ser. Ciudad pobre de la pobre Bolivia, escribía Don Eduardo. Y esas letras que al estar adormecidas en un libro parecen perder algo de valor, de pronto se llenan de sentido, despiertan, tienen luz propia.

Llegamos al lugar donde debemos ponernos la vestimenta que usa diariamente el minero. Pantalón, botas, casco con linterna. Creo que no me olvido de nada. La combi no puede subir más; el terreno es muy empinado y la carga del vehículo considerable. Recorremos los últimos metros a pie, esforzándonos por mantener el equilibrio, ayudándonos con el peso del que tenemos al lado. La mina esta ahí, enfrente nuestro; es una cueva, más bien, lo cual infunde una pizca de temor a los futuros visitantes. Alguien huye a último momento, no animándose al reto. El resto seguimos camino (yo no tengo miedo, me da gracia estar pensando en este momento en la cara que pondrían mis viejos, un tanto claustrofóbicos, una vez dentro de esa oscuridad subterránea).

Todo parece andar de maravillas. Tengo que avanzar agachado, mi altura no encaja con el lugar, pero me adapto rápido, camino casi en cuatro patas, el olor a arsénico ingresa por la nariz, es allí el primer momento en que tomo relativa conciencia de los pobres mineros que aún trabajan allí, bajo esas condiciones; me distraigo con un amigo que luce pálido, le falta un poco el aire, y si, es espeso, hay que concentrar la cabeza en otro lado, porque si no te pones blanco como un papel. La psicología es fundamental, incluso en estas situaciones, hay que relajarse, respirar profundo. Mi amigo se recupera de a poco. Todo perfecto entonces. Pero no. Porque veo al minero trabajando y ya nada es lo mismo; mis ojos observan como algunos turistas le ofrendan cigarrillos y anís, la manera en que otros le sacan fotografías, y ya nada es lo mismo; la escena me impacta, me sacude. Llega a mi cerebro la imagen de un circo, de un espectáculo atroz, ya que esta vez no son animales los que animan la función, son los mismos seres humanos, humillados casi imperceptiblemente por otros seres semejantes. Ya nada es igual. Mis amigos me miran, y a pesar de que no dicen nada, me doy cuenta de que advierten lo mismo, menos mal, no estoy tan solo, me digo para mis adentros que no pertenezco a esta locura, me lo repito para convencerme, no lo logro, soy parte de este juego y no puedo escapar, soy parte del show y no hago nada por salirme, por pegar un portazo, no soy mejor que el resto, tan solo uno más, solo uno más.
Ahora estamos en el final del recorrido por las minas. El guía, un ex minero de nombre Roberto, nos habla acerca de la figura del Tío, una especie de diablo (para nosotros simplemente un muñeco) creado por los españoles en la época de la conquista para retener a los mineros dentro de las minas. Me quedo pensando entonces en la religión, en cómo ha sido utilizada a lo largo de la historia para oprimir al hombre, para dominarlo. Antes de salir de la cueva alguien pregunta (creo que es uno de mis amigos, no veo bien porque estoy un tanto relegado) cuál es la edad promedio de vida de un minero. Treinta y cinco años, contesta con naturalidad Roberto, casi como cierre de excursión. Se baja el telón y cada uno sigue con su normalidad cotidiana.

Ya son las nueve de la noche pero esa experiencia en la mina es difícil de olvidar. Me baño al tiempo que algo dentro mío me dice que ese espíritu crítico que parece estar cobrando forma, ese asomo de responsabilidad social, se diluirá en pocos horas. Me resisto a los dictados de mi conciencia, evaluando la posibilidad de que al término de ese viaje pueda surgir un hombre nuevo, que reemplace al viejo, convirtiéndose en algo menos superficial, privilegiando el contenido por sobre el envase, ya no quejándose de la realidad (en actitud pasiva, desesperanzada) sino poniendo lo que hay que poner para transformarla, para mejorarla.

Nos dirigimos hacia nuestro próximo destino: Vallegrande. Aunque nos dijeron que la excursión es bastante comercial (no dudamos de que así lo sea) tenemos como premisa pisar el mismo suelo que hace cuarenta años atrás pisó Ramón. Si bien es cierto que desde que pusimos el primer pie en este querido país nos preguntamos cómo pudo ser posible que alguien más o menos sensato creyera en la posibilidad de una revolución socialista aquí mismo, de nada sirven estos análisis si no tenemos en cuenta el contexto histórico (frase que le he escuchado a mi viejo en reiteradas ocasiones, muchas de las cuales la utiliza para ganar la discusión). La mayoría duerme dentro del colectivo; yo aprovecho para volcar algún contenido sobre el papel. En toda nuestra estadía en el país, hemos tratado de congeniar con el indígena, mas resulta una tarea al menos de prolongada duración en el tiempo. Surgen distintas hipótesis dentro del grupo de amigos, tratando de encontrar una explicación a esa falta de interacción, a esa impenetrabilidad. ¿No somos todos latinoamericanos acaso? Una respuesta probable está relacionada con el color de nuestra piel. Que se entienda bien. A nosotros (pongo solo las manos en el fuego por mí y por mis amigos) nos importan un bledo las diferencias raciales. Mas ellos, parecen ver en nuestras personas (de tez blanca, europeizadas) el color de la opresión. Y está más que justificada su desconfianza. Luego de siglos de explotación, decir blanco es decir opresor. Es tan solo una hipótesis, deslizada con un mate y unas galletitas dulces de por medio, mas si esto fuera así se derrumbaría quizás eso que ha dado por llamarse a lo largo de las décadas como unión latinoamericana (proclamada por todo tipo de políticos, llevada a cabo con convicción por muy pocos), convirtiéndose solo en una bella ficción. Un amigo lo plantea en estos términos: ¿cómo es posible que haya unión entre tipos que desconfían entre si? Hay que construir ese eslabón, responde un cordobés que para en el mismo hotel que nosotros, con los ojos brillosos, con esa chispa en la mirada que nos hace creer que eso es verdaderamente alcanzable. Y si. ¿Por qué no? Me pregunto eso al escribir estas líneas. Luego recuerdo una frase y la adapto un poco: El futuro encontrará a los latinoamericanos unidos o dominados. No queda otra alternativa.

Llegando a Vallegrande, pienso en Ramón. En su vida, en su lucha. No en el mito, sino en el hombre de carne y hueso, ese que murió como vivió, ese que predicó con el ejemplo. También pienso en Luis, aunque estoy seguro que la historia no le guardará el mismo lugar. Y es lógico que así sea, porque se quedó con el traje de político, poniéndose el de revolucionario solo para llegar a la meta. Ramón el idealista, Ramón el odiado por miles, Ramón el amado por otros tantos, Ramón el que nunca pasa desapercibido, Ramón el que despierta sentimientos contradictorios, Ramón el que le incomodaba la vestimenta de político (simplemente porque no lo era), Ramón el argentino. El chofer del micro grita que ya llegamos, yo sigo escribiendo, ganado por la emoción de dejar sentado en algún lado mis pensamientos. Ya bien lo decía Don Roberto: cuando se tiene algo que decir se escribe en cualquier parte. Luego pienso en el primer presidente indígena de la historia de este país; en su revolución, en esa utopía convertida en realidad. Coloco el anotador en la mochila y empiezo a recorrer Vallegrande.

El viaje está llegando a su fin. En la terminal de San salvador de Jujuy, aguardamos por el micro que nos llevará de regreso a Buenos Aires. Considerando que hemos pasado los últimos dos días viajando (micro, tren, ahora de nuevo micro), la ropa se nos pega al cuerpo, necesitando una ducha urgente (hay ciertos lujos burgueses que están tan arraigados en uno que resulta trabajoso despojarse de ellos). En todo el trayecto de vuelta mi cabeza retoma la idea del nacimiento de un hombre nuevo. Es cómico porque en un momento me duermo y de repente estoy soñando. Alrededor de una mesa redonda están sentados el hombre nuevo y el hombre viejo. Se miran como estudiándose, atentos a los movimientos del otro. El hombre viejo parece más seguro de sí mismo, cual si se sintiera protegido por una superestructura. Aunque el nuevo no se queda atrás, propone pelea, llevando en su pecho la llama de la esperanza, de la rebelión, de la transgresión. Su figura es un tanto borrosa, no se ha conformado del todo. Es allí mismo, sentado en esa silla de madera, que advierte que la convivencia entre ambos nunca será pacífica, que para poder soñar con un futuro propio, deberá vencer a su contrincante; solo así podrá empezar a cambiar la historia (al menos la suya).




BARRETO

jueves, 24 de septiembre de 2009

El jardín prolífico

No basta con entrelazar nubes y propinar caricias sin tiempo para comprenderlos: los segundos son años luz para ellos; la parsimonia con la que se desenvuelven les vale nuestra compasión y, a su vez, la admiración de los caracoles ¡Horribles hermafroditas! (travestis del amor, colonos de ideas). Van, de jardín en jardín, profiriendo visiones a los ojos irritados; aunque sea su languidez de exquisita antipatía. No los quiero acá. Prurito. Nimbada virgen de los fuegos, te figuro como pedo de vieja, como sexo sin orgasmo. Yo, que fui muchos, te figuro como sexo sin orgasmo, como brisa sin caricia, como prisa sin estulticia, como viento sin aliento. Te figuro como el prolífico jardín donde se funden los abrazos del no amor. Párpados en los oídos. Y en la ruina, el hilo de baba se aloja en una cápsula de grasa como árbol caído ¡Hermoso arce! Fecundas bacterias lo atiborraron de mariposas (esas polillas que resisten a toda moda) en espiralados dibujos de extraña procedencia. Desconfío del plomizo firmamento donde se abotonan esas pecas luminosas que llaman estrellas. Sed de piel en la caverna. Van, de jardín en jardín, profanando el candor de los huérfanos...

(Voz del interior)
Seressinalasnosabenserconalasnosabensersinprimaveralaprimaveraessuhogar

Prima la vida, la primavida, en los frondosos senderos de la luna gris
Aves de corral, a los cuatro vientos, se dan sus hazañas
Beban de los jugos, fúndanse en los pálidos claros del bosque
Él, que ya fue muchos, será guadaña

(Voz del exterior)
Seressconalasnosabensersinalasnosabensersinotoñoselotoñoessuocaso

Dejo una rosa, en el septiembre de las momias, para que el tiempo la corrompa…

Profecía: flor marchita.

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Parió Sanrod.